DESVELADOS

DESVELADOS es un spin off de mi novela MIEDO. De más está decir que todos los personajes son ficticios y cualquier coincidencia es mera casualidad. El uso del nombre del asesino serial Emile Dubois es sólo como referencia.

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Damien se sentó con pereza, hacía rato que lidiaba consigo mismo sobre hacer o no hacer. Frente a él tenía el computador encendido y lo miraba sin leer.

Bostezó grande y largo, su curiosidad le ganó la mano y se rindió a las letras.

Llevaba una media hora de ávida lectura cuando a su lado llegó Gabriel, silencioso y somnoliento. Sin aviso se limitó a acariciarle los hombros.

Él se sobresaltó.

―¿Qué te pasa? Son las tres de la mañana y sigues en pie.

Damien se mordió los labios y medio sonrió. ―Quiero contarte algo… ―Lo miró con ojos de cachorro abandonado―. Sólo que…

―…Sólo que no sabes cómo hacerlo ―Gabriel ya conocía los resquemores de su esposo y sabía muy bien cómo manejarlos―. Vamos a la cama y me lo cuentas  ―enfiló de regreso a su alcoba.

Damien tomó el computador y dando grandes bostezos, lo siguió.

Cuando estuvieron cómodos en la cama, acurrucados y con el computador sobre la bandeja, Damien inspiró con fuerza y esperó.

Gabriel comenzó a preguntarle lentamente, mientras le acariciaba la cabeza. ―¿Algún problema de trabajo?

―No, es algo que pasó hace muchos años, cuando estuve castigado… ¿Recuerdas que te conté de mis vacaciones en la bodega de evidencias y armas?

―Sí, ¿qué pasó?

Su voz viajó cansada y profunda. ―Llevaba menos de un mes cuando se descrubrió un cadáver con ciertas marcas que lo hacían parecer un asesinato ritual. Me tocó ir a marcar evidencia y encontré una imagen.

―¿Una foto?

―No, como un “santito” de un famoso asesino chileno de principios del siglo XX.

―¿Dubois, el de 1907?

―Sí… ese mismo; pero a nadie le llamó la atención. Hasta que cinco meses después se encontró otro cadáver en condiciones muy parecidas, y de nuevo el dichoso “santito”.

―La marca de un asesino serial.

―Exacto; pero mis colegas astutos de la PDI ―ironizó―, se quedaron con que era coincidencia y lo archivaron como tonta creencia popular.

―Mucha gente visita la “animita” de ese tipo y hace años que lo quieren elevar a la categoría de santo. De hecho le dicen el Robin Hood Criollo. ―Gabriel bostezó.

―Robin Hood… cómo no… ―Damien acarició la mano de Gabo―. Mi parte en la historia comienza cuando me metí a husmear en los archivos de asesinatos sin solución. Aparecieron seis fiambres más en el mismo estilo, en un lapso de cinco años; y fue peor cuando encontré que sus nombres, de alguna retorcida manera coincidían con las víctimas originales de Emile Dubois.

―No entiendo…

―El primer cadáver era de Juan Sierra Lafontaine, notario.

Gabriel había desplegado la biografía de Emile Dubois. ―La primera víctima de Dubois fue Ernesto Lafontaine, comerciante francés y primer alcalde de Providencia. Mismo apellido.

―Sí. Sierra Lafontaine era un viejo solitario, amarrete, que vivía para trabajar y nada más. Se archivó el caso como robo a mano armada, sin sospechosos y menos culpables; como no hubo quien hiciera la demanda, el caso quedó en nada.

―¿Y el segundo?

―El que nosotros creíamos era la segunda víctima, era de Concepción y se llamaba Arnaldo Titius, taxista. Separado. Una hija que vivía en Arica y que no lo había visto en veinte años, algunos amigos y una pareja itinerante. Se archivó como robo con fuerza y ahí quedó todo.

―El de Dubois era Gustavo Titius, empresario alemán.

―Nuestra víctima número tres era de Copiapó y se llamaba Carlos Challe, veterinario. Él tampoco tenía familia, era huérfano, solitario, amante de los animales, que trabajaba en una clínica veterinaria y hacía voluntariado. Se creyó que lo asesinaron cuando drogadictos entraron a la clínica a robar medicamentos. Se suponía que no tenía que estar allí. Nuevamente el caso fue archivado y olvidado.

―Dubois mató a Isidoro Challe, un comerciante francés.

―El cuarto fue Segismundo Tillmans de La Cisterna, jubilado de noventa años que tenía un par de nietos poco interesados en su persona, y que fue encontrado muerto en la plaza donde solía quemar el tiempo. Se adjudicó el asesinato a una bala loca de ajuste de cuentas entre pandillas.

―Dubois mató a Reinaldo Tillmans, comerciante inglés.

―El quinto fue Alejandro Davies, peluquero y gay. Asesinado en su casa-peluquería. Se supuso que era por asuntos rosa y ahí quedó, además era portador de VIH y su familia no quería saber nada de él desde hacía diez años.

Gabriel se restregó los ojos. ―Charles Davies, dentista. Pero él no murió, sólo fue herido por Dubois…

―Pues hasta allí llegaban sus víctimas; pero cuando hice la cruza de datos aparecieron varios más a favor del asesino del siglo XX. Román Díaz, comerciante, mujeriego, soltero, adicto a la cocaína, que según el informe murió por sobredosis.

―El mismo nombre del regidor y amigo personal de Lafontaine, que encontró su cadáver.

―Y hay más… Santiago Santa Cruz, médico abortista; su muerte fue la más extraña, era alérgico al maní y sufrió un shock anafiláctico, el informe no decía cómo se había producido.

―El juez que sentenció a Dubois era… Santiago Santa Cruz. ―Gabriel sintió un estremecimiento, era rídiculo pero la narración de Damien lo estaba afectando―. ¿Hay más?

―Sí,  encontré nueve difuntos “especiales”, sin culpables o sospechosos. Jorge Dubois, Bernardo Morales Murraley, Fabián Murraley, todos alias del inmigrante francés Louis Amadeo Brihier Lacroix.

―Ese era el nombre real de Dubois.

―Sí. Los otros muertos eran: Juan Brihier, Jean Lacroix. Úrsula Morales y Amadeo Duprez.

Gabriel puso atención a las fotografías. ―¿Y todos tenían en común el “santito”?

―Los informes de evidencia lo tenían catalogado pero a nadie le había llamado la atención.

―Excepto a ti.

Damien sonrió y se acomodó en el costado de Gabriel. ―Sí. Como no tenía mucha vida social en ese tiempo, me dediqué a indagar. Al cabo de un mes tenía un perfil, un detective tutor y un caso. Nos tomó siete meses dar con el asesino… la asesina en realidad.

―¿Relacionada con Dubois?

Damien amplió su sonrisa. ―Veo que el señor psicólogo ya desentrañó el misterio.

Gabriel sonrió con cinismo. ―Bueno, los apellidos coinciden con los  involucrados en el caso original de Emile Dubois. Supongo que pasado tanto tiempo y sin que fuera un asesino especialmente “destacado”, salvo porque fue uno de los primeros en Chile, algún descendiente o un loco aburrido que se cree la reencarnación del original se dedicó a matar.

―Exacto. Resultó ser una bisnieta de Emile Dubois, que sentía que debía terminar la obra de su “abuelito”. Lo que no esperábamos, era que hubiese superado en crueldad y sadismo a su “tatita”. Las muertes que yo descubrí sólo eran la punta del iceberg. Cuando la encontramos, nos topamos con un archivo macabro.

―¿Por qué yo no supe nada de esto? Un caso así es para los libros de historia, programas de televisión y clases en la universidad.

Damien hizo un guiño. ―Porque lamentablemente, la señorita en cuestión estaba muy bien relacionada a niveles muy altos, porque, salvo evidencias circunstanciales no pudimos probar nada, porque estaba en Bolivia, y en ese tiempo no podiamos extraditarla ni cambiándola por mar y porque se nos escapó a última hora, dejándonos como estúpidos.

―¿Me estás diciendo que nunca cumplió condena por sus crímenes? ―Gabriel se estremeció nuevamente.

Damien no le contestó, pulsó una tecla del computador y se desplegó una página de un matutino chileno. Se anunciaba a grandes titulares la muerte de la esposa de un conocido y muy bien relacionado médico, alcalde y prohombre de una ciudad del norte de Chile.

―Ese diario es de ayer.

―Sí, recién ayer la asesina serial más macabra de Chile partió al infierno. Desde que la descubrí, le llevo veintisiete muertes. Ninguna comprobable, y todas de personas que no tenían quién reclamara por ellas. Algunos no eran grandes aportes pero había un par que no merecían ese destino.

―¿Cómo sabes que era ella?

―El “santito” como su marca, y no cualquiera, uno que ella había mandado imprimir, donde la imagen de Dubois está en la posición que encontraron a la víctima. Además a todos les cortó algo. El prepucio en muchos de los casos.

―Arghh…

―Pero nada de eso importa, hace tres años que no aparece ningún cadáver atribuible a su estilo. Y ahora que es fiambre, es de otros el asunto. ―Damien miró hacia arriba y Gabriel medio sonrió.

―Eso, si no aparece ningún muertito proximamente… ―Sus palabras quedaron flotando en el aire y antes de que Damien le contestara, le robó un beso―. Olvídate de todo eso, ya no eres un PDI. Que ellos se encarguen.

Damien apagó la luz y lo abrazó. ―Claro, ya no soy un PDI.

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