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MUNDO DE COLORES

Precioso, Perfecto, Mullido, Suave, Lindo, Encantador, Delicado, Blandito, Acogedor…

No nos alcanzan todas las palabras que existen para contarles como es este mundo donde viven los bellos colores de la creación.

Desde allí pintan y llenan de alegría el planeta y los cielos con sus adorables burbujas de vapor.

La señora Luz es la reina de este hermoso lugar.

En una sandia vacía vive Don Rojo, con su adorable esposa, Doña Escarlata y sus siete hijos: Carmesí, Bermellón, Granate, Carmín, Bermejo, Púrpura y Colorado.

Cerca de ellos, en un gran oso de peluche, viven Don Rosado y Doña Fucsia, con su pequeña hija: Magenta.

Don Anaranjado con Doña Sepia y sus hijos: Alazán, Coral y el pequeño Salmón. Viven en una calabaza hueca.

Al doblar la esquina está la linda casa hecha de piedrecillas de río, de Don Azul, su esposa Doña Aguamarina y sus hijos: Celeste, Índigo, Cian y Turquí.

En la plaza hay una casa hecha con la cáscara de muchos plátanos. En ese sitio oloroso y divertido, viven Don Amarillo y Doña Siena con sus retoños: Ocre, Cadmio, Caqui, Castaño y Marrón.

A su lado está la casa más hermosa de todo el reino. La casita hecha de hojas de mil árboles y pastito recién cortado. El hogar de Don Verde y Doña Esmeralda con sus niños: Turquesa y Cardenillo.

Aunque la casa más entretenida, bulliciosa y visitada, es la casa hecha con arándanos, frambuesas y pétalos de flores. El aromático refugio de Doña Violeta, Don Morado y sus preciosas hijas gemelas Lila y Lavanda, y el travieso Añil.

Los colores son burbujitas blandas y olorosas que van de aquí para allá tiñendo todo lo que Doña Luz toca.

Don Verde es el encargado de pintar todas las verduras al nacer, con besitos cariñosos pinta pimentones, manzanas y pepinitos. Una caricia le basta para que las hojas de los álamos brillen y se mezan. También tiene burbujas para los erizos y el pasto recién nacido; y con dulzura le da color a la menta fresca y a las algas del mar profundo.

Don Anaranjado envía todos los inviernos miles de burbujitas chispeantes directo al corazón de las naranjas, a las hojas del arce y a las patas de los gansos.

Don Azul es muy responsable y cada mañana junto a sus hijitos revisa el color del mundo. Doña Aguamarina le envía mil suspiros al océano para que permanezca hermoso como siempre. Cian vuela por todo el cielo y lo decora del color más hermoso que se puede imaginar.

Don Morado muy puntual, sopla su color sobre los arándanos, las moras y las plumas del guacamayo.

Doña Siena les da la mano a sus hijos y se van tiñendo las montañas, los troncos de árboles, la tierra y la arena, las piedras de las minas y las rocas de la playa. Tanto trabajo le toma pintar la greda y la arcilla, el barro, el lodo y el cieno. Don amarillo, su marido, le da color a los plátanos, a los limones, a las papas y a las plumas de los pollitos, y con solemne gentileza pinta al señor sol con una gran reverencia.

Una mañana de invierno, de esas que sólo tienen un color: el blanco; las cosas despertaron muy extrañas.

De un grito Doña Luz derramó su tesito recién servido, cuando vio que los melones eran azules, las alas de las palomas brillaban de rojo y la panza de la ballena estaba morada. Se levantó presurosa y descubrió con horror que las plumas del cóndor eran todas amarillas y la cresta del gallo esmeralda. Su espanto seguía y seguía. Los colores estaban cambiados de aquí para allá y de allá para acá. Lo que antes era turquí ahora era salmón, lo que ayer era lavanda hoy lucía bermellón. Se agarró la cabeza y se sentó en su sillita a llorar. Cual no sería su sorpresa al descubrir que sus lágrimas eran de distintos colores y que al llegar al piso, lo manchaban.

Se levanto furiosa, se paró en la escalinata de su gran mansión.  Se ordenó el vestido y se secó la cara; y de un silbido llamó a reunión a todos los colores, pero nadie llegó. Tocó la campana de reunión y nada pasó. Se puso sus zapatitos de ballet y corriendo bajó los peldaños de uno en uno. Llegó a la casa de Don Rojo y no se molestó en tocar a la puerta, simplemente la empujó, pero estaba vacía. Al igual que todas las casitas de los otros colores.

—¿Qué pasó aquí? —chilló y con un paso de danza africana llegó a la plaza donde se encontró con Carmín llorando miles lágrimas verdes.

—Todo está mal, muy mal… El corazón del tomate ya no es Carmín —se quejó la niña y más lágrimas le resbalaron por la cara.

De improviso llegó corriendo Turquesa. —¡¡No es justo, no es justo!! —gritó y se sentó en el pasto a gemir.

Doña Luz las miró con compasión. —¿Qué no es justo, pequeña?

—Las turquesas son amarillas. ¡A MA RI LLAS!

Doña Luz sintió que el estómago se le revolvía, se sentó a su lado y se secó una lágrima. —¿Dónde están todos?

—Mi papá fue a revisar las sandias y el pecho de la loica —sollozó Carmín y echo más lagrimitas que tiñeron el pasto de azul.

—Mi mamá se desmayó cuando vio que el mar ahora es lavanda —susurró Turquesa—. Mi papá no sabe como cambiarle el color al lapislázuli, que ahora es marrón.

—Niñas, necesito un respiro. ¿Acaso saben qué fue lo que pasó? —les preguntó llorando.

—No… —gimieron las niñas y siguieron soltando lagrimitas cambiadas, las de Carmín eran azules y las de Turquesa eran escarlata.

Doña Luz respiró profundo y se arregló el pelo, dio un saltito y se elevó por los aires. Se paró sobre el arco iris, que ahora lucia marrón, carmesí, turquesa y añil y gritó lo más fuerte que pudo. —¡¡A REUNIRSE LOS COLORES!!

Unos segundos después, miles de burbujitas salían de todas partes, corriendo tan apresuradas que ni los pies se les veían. En cuanto llegaban a la base del arco iris, hacían una reverencia y se quedaban quietecitas mirando con enormes ojitos brillantes a Doña Luz, que echaba chispas de pura rabia.

Cuando la última burbuja apareció, ella respiró profundo, hizo una reverencia, sacó su varita mágica y como una directora de orquesta le dio tres toquecitos al arco iris. Los siete colores encargados flotaron hacia ella y se pararon muy solemnes a su lado.

—Arréglenlo ahora mismo, por favor —dijo muy rapidito y los colores soltaron soplidos que dejaron al arco iris como todos lo conocemos.

—Y ahora… ¿Quién fue el gracioso que armó tal desbarajuste? —preguntó con sus ojitos bien enojados.

Hubo un profundo silencio, seguido de un bufido y un chillido. Todos se dieron vuelta a mirar y se encontraron con cuatro nubes gordas y grises que los miraban con las cejas tan juntas que daba miedo.

—Fuimos nosotras… —gruñó la más gorda—. Es muy injusto lo que nos pasa y quisimos divertirnos un poco.

Doña Luz abrió la boca y los ojos pero nada dijo. Respiró profundo y arqueó las cejas, pero nada dijo. Agitó su varita y se rascó la cabeza y por fin habló, o más bien gritó. —¡¿Cómo se les ocurre hacer tamaña barbaridad?!

—Fue muy divertido, si me lo pregunta —contestó la más oscura de las cuatro.

—¡Es una afrenta! —bufó Doña Luz y casi se cae del arco iris.

—No, es una broma cargada de carcajadas —añadió la más pequeña de las nubes.

—A nosotras no nos dan color. Es más, tenemos la peor de las misiones, quitarle el brillo al sol. Es una verdadera pena vivir en blanco, negro y algo de gris —aulló la que no era blanca, si no algo plomiza.

—¡Nosotras exigimos color, yo quiero ser púrpura! —gritó la más grande.

—¡Y yo siena!

—¡Y yo celeste!

—¡Y yo roja!

—Pe-pero…pero —balbuceó Doña Luz, pero no se le ocurrió nada más que decir.

—Está decidido, —dijeron las cuatro nubes—. Si no tenemos color, las patas del gato mañana serán verdes y la panza del lagarto, azul.

Doña Luz se sentó en el borde del arco iris y se largó a llorar, sus lágrimas eran de todos los colores conocidos y manchaban todo lo que tocaban.

—Se nos olvidaba decirle que el agua ahora será amarilla por al mañana, celeste al mediodía y roja por la tarde —agregó la más gorda de las nubes.

—¡Qué alguien me ayude, por favor! —chilló Doña Luz al tiempo que veía que su lindo vestidito estaba manchado como la paleta de un pintor.

Una vocecita y una manito pequeña se levantaron y subió flotando una burbujita adorable. Era Salmón, el hijito de Don Anaranjado. Doña Luz parpadeó rapidito y le dio la mano al pequeñín, lo sentó a su lado y lo miró fijo. —Se te ocurre que hacer, niño mío —le preguntó.

El niño le habló al oído haciéndole cosquillas en la oreja. —Hagamos nubes de colores.

Mientras Salmón hablaba, las enormes nubes se acercaban a curiosear, amenazando descargar una tormenta de tan apretadas que estaban.

—Mi niño hermoso, eso no se puede hacer —le explicó con ternura de madre, Doña Luz.

—Si se puede, sólo que tienen que esconderse —contestó con la más linda de las sonrisas que existen.

—¿Esconderse? ¡¡¿ESCONDERSE?!! —gritó Doña Luz y todos comenzaron a murmurar.

—Sí —Sonrió Salmón—, las pintamos por arriba y por abajo las dejamos blancas y si quieren estar de un solo color, bajan a la tierra y se esconden.

—¿Y dónde se escondería una nube azul? —preguntó Doña Luz tratando de contener una risita cruel.

—En el bostezo de un bebé —le contestó el niño con delicadeza.

—¿Y una verde? ¿Una rosada? ¿Una violeta? —Se apresuró a preguntarle.

—En los campos, en el algodón de dulce, en las moras maduras —dijo con carcajaditas—. Las nubes rojas se esconden en los árboles de manzanas o en los corazones enamorados. Las de color amarillo en las plumas de los patitos y pollitos recién nacidos, y las de color salmón se esconden en las chispitas que salen de las cáscaras de las naranjas.

Doña Luz abrió mucho la boca al igual que todos los colores. Trató de buscar una cosa mala a tan sencillo plan, miró a las nubes y se encogió de hombros.

—Pequeño Salmón, eres muy inteligente, te agradezco tu ayuda y te nombro el color de la Alegría.

El niño hizo una reverencia y sonrió con miles de carcajaditas de bebé y voló a los brazos de sus orgullos padres. Las nubes sonrieron y aplaudieron, incluso bailaron el baile de las nubes. Entonces, Doña Luz agitó su varita muchas veces y sonrió satisfecha.

 

Desde ese día las nubes que quieren tener color, son teñidas y se esconden en las cosas más hermosas y sencillas que nos rodean.

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