CELTA10

MADRUGADA DESNUDA

“La manía de amarte vida tras vida se me está haciendo cansancio”… D.

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 Nació noble, lo que no era un problema. Nació bello y poderoso como era de esperarse. Nació rebelde, dominante y exigente, lo que no le pareció nunca algo malo. Nació en la última etapa de una era porque así estaba escrito. Nació en un lugar destinado a desaparecer, pero jamás tomó en serio aquello, y nació cargando un sino distinto lo que si se transformó en un gran problema.

Fue el segundo hijo de uno de los señores del continente destinado a dormirse para siempre en el mar, pero siempre se comportó como si fuera el primogénito, porque su carácter vehemente lo impulsaba a ser el mejor, el más llamativo, el más poderoso.

Y como todos los grandes señores tienen su momento de debilidad, el suyo llegó en la forma de una jovencita que se le cruzó en el camino una madrugada en que la bruma habitual aún no abandonaba los bosques.

La chica jugueteaba con los jirones de neblina que perezosamente reptaban de vuelta al cielo. La forma como su cabello se movía tal como si fueran alas que se desplegaban para hacerla más sutil, más efímera incluso que la niebla, lo dejó sin habla. La vio y la deseó, la vio y se enamoró, la vio y quiso hacerla suya para la eternidad. Y como su palabra era ley, lo logró.

Conquistó su joven corazón acercándose a ella con el encanto que su porte y sus ojos le conferían. No fue necesario que le dijera nada, no fue necesario que la colmara de atenciones y joyas. No necesitó adularla ni llenarla de lujos, sólo precisó mirarla desde la profunda honestidad de sus ojos verdes y ella cedió al embrujo. Ella se enamoró de él tanto como él de ella.

Y la desposó una madrugada en que la luna llena aún no se despedía del cielo, cuando la niebla seguía vistiendo los bosques de tenue encanto.

La convirtió en su esposa por la ley de la segunda humanidad, con la aprobación de sus padres y de los suyos; con el beneplácito de los bosques, del agua, de la luna y del cielo, y sobre todo, con la bendición del amor verdadero.

Ella le confió a la jovencita que era para que él le devolviera a la mujer que debía ser. Con ternura y devoción la hizo su mujer, con amor y delicadeza ella lo hizo su hombre. Se amaron al abrigo de la pasión mientras la sensualidad y el ímpetu fueron sus guías y maestros. El amor los ungió y fueron uno desde el amanecer hasta el anochecer.

Él, como integrante de la nobleza, conocía la sabiduría de los cuerpos y como amante esposo la guió enseñándole a despertar a la magia que según las leyendas, residía en cada mujer que habitaba el continente.

Pasaron las tres primeras lunas de su unión conociéndose, amándose en la claridad de la noche y la oscuridad del amanecer. Sus cuerpos no guardaron secretos que sus manos no exploraron; y la magia se hizo fuerte y poderosa en ella, porque él la despertó como sólo podían hacerlo los nobles venidos de la primera humanidad.

 

Y una mañana en que la había poseído de forma lenta y tierna, adorando cada curva de su piel canela, lamiendo los pequeños pliegues que la creaban y delineaban de forma exquisita, amando con locura las carcajadas cristalinas que ella desperdigaba cuando el clímax la acechaba, idolatrando el aroma a hembra satisfecha que sus poros despedían cuando él explotaba en su interior. La realidad les cayó encima reventando su maravillosa burbuja de amor.

 

Los portales fueron aporreados con la urgencia que sólo podían usar los guardianes del templo.

 

Se la llevaron a pesar de sus protestas y amenazas, a pesar de su porte y su rango, a pesar de que convocó a su gente y a sus padres. No hubo poder que impidiera que su dama fuera sacada de su hogar y llevada con máxima custodia al templo primigenio.

Sólo los brazos de su padre y de su hermano mayor impidieron que se fuera en contra de los guardianes. Sólo la voz autoritaria de su padre y los ruegos de su madre lograron que se calmara lo suficiente para que oyera la explicación acongojada de lo que sucedía.

Su padre fue parco en las palabras, su madre le dio detalles más o menos precisos de la bendición que los hombres nobles llevaban en su simiente.

Fue así como supo que los sobrevivientes de la primera humanidad habían llegado al continente y que se habían convertido en sus colonizadores; que dentro de ese grupo de elegidos, venían los antiguos custodios de la sabiduría de los cuerpos y que de ellos nacieron los primeros nobles, los dirigentes, los encargados de guiar al resto.

Se enteró que una de aquellas familias poseía el gran don y que se fueron a los bosques más altos a vivir, la cercanía del agua les perturbaba la ejecución de sus poderes.

Y con el devenir de los siglos, la sabiduría de los cuerpos fue quedando relegada a las familias nobles. Ellos se pasaban de generación en generación los conocimientos; pero lo que se quedó olvidado en un pliegue del tiempo fue que junto al saber, iba unido el don de los hombres de despertar los poderes en sus mujeres.

Fue así durante milenios, hasta que sólo quedó la leyenda de que al yacer con un noble algunas mujeres despertaban los dones de antaño que seguían dormidos en su interior.

Eso había pasado con su esposa, heredera de la sangre más pura de la primera humanidad, al convertirla en su mujer, él había despertado su magía, los poderes que el templo esperaba, las habilidades que salvarían a la segunda humanidad de perecer bajo las aguas.

 

Gritó, dio golpes y alaridos, destruyó más de un mueble y se jaló los cabellos, pero no pudo sacarse el dolor que se instaló en su corazón.

A pesar de que su hermano mayor y los esposos de sus cuatro hermanas menores lo contuvieron, no se detuvo. Fue a las escalinatas del gran templo y allí la esperó. La luna vino a susurrarle recuerdos candentes de sus noches de amor con su dama. La mañana brumosa llegó y se marchó, y él siguió allí, esperando, ansiando refugiarse en su piel ardiente, anhelando poseerla y rescatarla de un futuro que le anticipaba mucho dolor.

Sólo cuando la luna volvió, la dejaron salir. Pálida y trémula, tan frágil que parecía pronta a desvanecerse. La escolta se la entregó en brazos y él la levantó como si fuera una pluma de cristal. Ella se aferró a su pecho y allí guardó los gemidos bajitos que se deslizaron por sus mejillas de canela joven.

La llevó a su hogar en temeroso silencio. Quería saber, necesitaba saber qué le habían hecho los demonios del templo como se le dio en llamarlos, pero ella no hablaba, sólo gemía y lloraba suavemente.

Pasó la peor noche de su vida velando el sueño inquieto de su amada. Ella lo llamaba entre sollozos, clamaba su ayuda y suspiraba. Y cuando la mañana desnuda llegó, los ojos de noche sin luna de su dama le contaron una historia triste.

En el templo primigenio la habían sometido a pruebas drásticas tan complejas que a ratos no sabía que querían esas mujeres de ojos penetrantes. No había ingerido más alimento que agua miel y no le habían permitido dormir; no lo necesitaba, eso le habían dicho junto a mil cosas más que no logró entender en su inocencia de hija de los bosques altos.

Por último, fue llevada al espejo de agua que dormía en el corazón del templo y allí tuvo que convocar al espíritu de las aguas y doblegarlo a su orden.

Su dama lloró aferrada a él antes de contarle los detalles de lo que había sucedido, de lo que había sentido y de lo que le habían dicho. Y él maldijo mil veces el don que descansaba en su simiente.

 

Antes de que sus padres vinieran, él volvió a tomarla, la amó con toda la ira que le tenía al templo y sus creencias en antiguas doctrinas que de nada servirían. La amó con pasión y la ató a su cuerpo como si con ello pudiera evitar que los ojos de las mujeres del templo se posaran en su frágil dama. Ella se hizo suya una y mil veces, amó su cuerpo e idolatró su alma, se aferró a él como si fuera el único poder capaz de salvarla, porque dentro de su inocencia y su temor, ya sabía que el destino estaba escrito y no era bondadoso para ninguno de los dos.

Pasó una semana de paz para ambos, una semana en que sus cuerpos se enroscaban en el otro buscando asilo y salvación. Buscando aquello que el templo les había robado y anhelando la conciliación que nunca más tendrían.

 

Una mañana de lluvia y truenos, cuando el gran canal parecía un mar pequeño y la sentencia de muerte del continente era más cercana que nunca, vinieron su padre, su suegro, su hermano, los esposos de sus hermanas y sus tíos.

La solemnidad se agitaba en sus capas, la pena iluminaba los ojos de sus rostros nobles y serenos, pero no era suficiente su adusto andar para ocultar la zozobra que los consumía.

Se sentaron a charlar, a explicarle, a contarle, pero no quiso oír. Negó, volvió a gritar y al final, cuando la pena lo ahogaba, por fin escuchó y supo.

La voz de su hermano mayor tembló cuando le contó que ella había sido categorizada como “Sacerdotisa D”. Su padre y su suegro fueron los encargados de explicarle que hacía doscientos años que no había una como ella; que el templo la esperaba, que su poder era tal que era la última esperanza de su pueblo.

Y cuando le dijeron que en sus ojos de dama de los bosques recaía la responsabilidad de salvar a los que huirían, la tristeza lo desbordó. La fuerza con que rompió todo lo que tenía por delante no se comparaba a lo lastimero de los gemidos que emitía. Eran desgarradoras las  lágrimas que le quemaban las mejillas y el corazón al salir, y que encontraban eco en los ojos de sus familiares. Ninguno de ellos fue capaz de contenerlo, a todos se les encogió el corazón al oírlo clamar su nombre, al escuchar las maldiciones contra el templo, contra el agua que devoraba su patria y contra el destino que la había puesto en su camino y ahora se la arrebataba como si fuera sólo una cosa y no la dueña de su amor.

Cómo detenerlo, cómo convencerlo de calmarse si a todos se les partía el alma con su destino. Si todos la amaban, si a todos les gustaba la forma como danzaba entre sus brazos, si la alegría que traían sus carcajadas de cristal a todos les aliviaba el alma. No sería fácil lo que venía, para nadie sería sencillo perder un trozo fundamental de la razón para vivir y para él, el futuro era un infierno teñido de soledad.

 

Llegó hasta su dama y guardó silencio, le parecía tan frágil, tan irreal que guardara ese poder en su interior. Ella no podía ser eso que el templo decía, era imposible que su niña de piel canela pudiera detener el agua, si ni siquiera la gran sacerdotisa podía, ni los ingenieros y sus barreras de piedra habían podido. Nada detenía a la poderosa agua, ella estaba engulléndose al continente, se lo tragaba rápidamente sin pedirle permiso a nadie, sin importarle que allí estuviera la segunda humanidad.

Pero de su boca de frambuesa madura salió una verdad mucho más violenta y maravillosa a la vez. Con la delicadeza que la caracterizaba le tomó la mano y la llevó a su vientre, allí palpitaba la vida, su vida. Él la había embarazado, nadie podría quitársela. Era suya, no del templo ni del agua y que el continente se fuera a los abismos endemoniados que a él no le importaba en lo más mínimo.

 

Y pasaron tres meses cálidos, tres meses de calma endeble en que nadie dijo nada. Nadie osó mencionar su condición de “Sacerdotisa D” porque las miradas incendiarias que él desperdigaba aterraban al más gallardo entre gallardos. Fueron tres meses de recuperarla y cuidarla, de mimos por doquier y de amarse a todas horas en todos los lugares. Pero también fueron meses apremiantes para el continente, la sentencia ya se había dictado, su ejecución estaba en marcha y la tierra se hundía bajo las aguas a pasos agigantados.

 

Los habitantes del este se iban en manadas, colonizarían las tierras de las selvas ardientes, caminaban hacía el levante sin mirar atrás.

Los del norte también habían empezado a partir, vivirían en la isla eterna y sus hermanas de hielo donde los acantilados eran majestuosas muestras del poder divino.

Y el sur, el sur pronto marcharía hacía las pequeñas islas meridionales y a los macizos desconocidos.

Por último se iría su gente, los habitantes del poniente. Se irían a las llamadas tierras del sol y lo harían por el gran túnel que reptaba por cientos de kilómetros sin ver la luz del día. Pero eso tampoco le importaba, su padre y su hermano estaban encargados de los preparativos. Ya tenían la docena de carros tirados por caballos enanos que los llevarían a su nuevo hogar. Tenían lo víveres y lo urgente, lo importante y lo radical, todo estaba listo, sólo esperaban el momento en que el templo diera la orden para decir adiós.

A él sólo le importaba ella, ella y su precioso vientre, ella y el hijo que traerían, ella y sus ojos de noche oscura, ella y esa piel canela que le infundía paz y que amaba más que a nada en el mundo.

Seis meses después de su unión, un mediodía de calor agobiante y cruel humedad. Un día en que ella deseaba manzanas y él había ido a los sembradíos por la más hermosa de todas. La tierra enfurecida se movió con tal ira que las columnas del templo se partieron, los escalones de todas las construcciones se trizaron y el gran canal se desbordó como nunca antes.

Y ella que lo esperaba junto al portal cayó por las escalinatas y rodó hasta que la vida que su vientre protegía, se desperdigó como manchones rojos que él casi pisó.

Vinieron sus padres y sus suegros, y trajeron una sanadora, la mejor de todas, la de ojos como la miel que sanaba con sólo sonreír. Y ella tocó su vientre y lloró a su lado, la vida la había dejado para que se cumpliera su destino. Ahora el templo podría reclamarla, ahora ella tendría que ir y él no podría conservarla para fundirse en su piel de canela.

Lloraron juntos la pérdida de su mayor tesoro, lloró ella por su vientre vacío y él porque algo en su corazón se rompió; pero si bien las lágrimas de los ojos oscuros fueron abundantes y espesas, las de los ojos verdes se acabaron de pronto y en su mente el rencor anidó para empezar a gestar el error.

 

Y llegó la mañana más fría y triste de ese año. Llegó y ella desnuda entre sus brazos le contó que en sus sueños, las mujeres del templo la estaban llamando, que le rogaban que hiciera lo correcto, que detuviera el agua para que los últimos pudieran huir.

La ira ensombreció para siempre al dueño de su amor, la rabia marcó surcos tan profundos que por un momento ella no supo a quien miraba. Él se levantó desnudo y furioso, vehemente y herido. En el clímax de su orgullo ofendido la increpó, la acusó de traicionarlo, de desobedecerlo, de preferir al templo que a su amor.

Ella sollozó y clamó, lloró y rogó, fueron palabras rotas las que pudo balbucear explicándole lo que en el templo había oído. Que si no detenían el agua todo estaría perdido. Que la segunda humanidad debía pisar las tierras del sol y allí establecerse, que la simiente sagrada de los grandes señores debía fructificar al amparo de las colinas nuevas. Que de nada servían los habitantes del norte, del este y del sur, si los elegidos del oeste morían, que allí estaban los sagrados conocimientos que debían salvarse. Que el mundo y todas sus épocas dependería de que los portadores de la semilla de la primera humanidad se pusiera a salvo en ese mundo de sabores y aromas nuevos, de pieles cobrizas y de calendarios mágicos. Que sólo ellos tenían el sagrado conocimiento de las palabras de las estrellas y que lo llevarían a salvo a la tercera humanidad.

Y cuando oyó sus palabras supo que hablaba de él y de su familia porque eran ellos y no otros los guardianes del canto de las estrellas y la música de los cielos.

La dejó sola con sus gimoteos de mujer desconsolada sin importarle lo frágil que siguiera siendo. Su orgullo se sentía desafiado y no podía con eso. Salió y vagó por las calles rotas, caminó y masculló, maldijo una y mil veces su destino, y cuando el sol ya no era más que un reflejo rojizo en las nubes del occidente volvió a su hogar decidido a arreglar las cosas a su modo.

La encontró de pie en medio del jardín de naranjos, pálida y triste con los ojos llorosos y la mirada opaca. Se le acercó amenazador y desafiante, un señor en todo su poderío. Ya no la miraba como su amante enamorado, ahora se comportaba como su amo y señor. Era su dueño y le exigiría una prueba de su lealtad, no de su amor incondicional si no que de la fidelidad que debía ofrendarle.

Fue hacía ella y la giró sin mediar ternura, se le plantó en frente y le exigió un juramento terrible, que pasara lo que pasara, dijera lo que dijera el templo, ella se iría con él a su nuevo hogar sin importar quien muriera, ni que sucediera, ella no era responsable por la segunda humanidad, sólo debía importarle él y nadie ni nada más.

Cuando ella guardó silencio y ocultó sus ojos de oscuro sosiego, fueron de fuego las miradas que él le dio, hasta que su mano la obligó a enfrentar esos ojos terribles que un día la habían amado con sólo observarla.

Exigió, reclamó y demandó el juramento que ella ya no podía hacer, porque el templo y sus emisarias de ojos penetrantes y verdades dolorosas, se le había adelantado y su niña de sonrisas de cristal ya les pertenecía.

Su dama movida por su amor inmortal había cambiado su vida por la suya. Había aceptado su destino de mujer con magia en la mirada. Si ella permanecía deteniendo las aguas, él podría marcharse llevando la sagrada simiente de la primera humanidad al nuevo continente para hacerla fructificar. Ella y las otras como ella, detendrían el avance inclemente de las aguas y el gran túnel sería seguro para que se marcharan en paz.

Y él en su orgullo herido la despreció, la odio con toda la fuerza que antes la había amado. La acusó de matar su vientre, de quitarle la vida a su hijo y de no ser más que una pobre y loca mentirosa.

Ella guardó silencio, conocía la forma en que él odiaba pero confiaba en que entendería, en que luego recapacitaría y se disculparía, en que le diría cuanto la amaba y cuanto le agradecía lo que hacía por su gente y por él.

Esperó en su frágil ingenuidad que él diría que viviría por ambos y que cuando volvieran a encontrarse, la amaría como lo había hecho esa vez; pero él no dijo nada de eso, sólo maldijo su falso amor y se arrepintió del día en que sus ojos se habían posado en ella.

La expulsó de su hogar y de su corazón, la repudió en la calle para que todos los que les conocían supieran que la esposa que había elegido lo había engañado de la peor manera. Para que supieran que él en su poderío de noble majestuoso, la sacaba de su vida y se olvidaba de ella para siempre.

Lo había desobedecido y pagaría cara su afrenta, no una si no siete veces.

Y ella se fue a pasos pequeños y sollozos grandes al templo donde su destino amenazaba cumplirse.

La alarma fue dada, el último temblor había acelerado el hundimiento del continente y ya no eran meses si no días los que tenían a favor.

El gran túnel estaba listo y empezaba el éxodo lastimero de los cientos de habitantes del oeste. Los carros comenzaban su último viaje cargados de personas y sus lágrimas.

Dos adultos conduciendo, dos niños mirando hacía atrás al siguiente carro. Pequeños guardianes de que la fila no se interrumpiera, eran tan pocos, los nacimientos habían disminuido en un 95% en la última decena de años. Lo que antes fue un continente bullente de vida y carcajadas infantiles, ahora veía como las pocas sonrisas de menores de doce años se iban para siempre.

Ella esperó la llegada de su amado esposo desde la mañana a la noche, cada día estaba en el comienzo del túnel para ayudar a los que se iban. Cada día su corazón se empequeñecía un poco más al comprobar que él no venía a ella. Cada día los sanadores y los guardianes les daban las últimas instrucciones a los que se marchaban.

Lo esperó con ansiedad, lo esperó con sosiego y resignación pero él no vino. Pasaban los días y ya le era difícil dejar su puesto siquiera para dormí un poco. Los marchantes empezaron a bajar apresurados cuando las aguas inundaron el continente, lo que nadie creyó posible era ahora una realidad, una terrible realidad que se comía columnas y palacios, empedrados y bosques, ciudades y plazuelas. Todo iba a desaparecer y por primera y única vez ella tuvo miedo, terror de morir sin verlo una última vez, pánico de no sentir sus brazos alrededor de su cintura, de no escuchar en su oído su voz ronca diciéndole cuanto la amaba.

El túnel era un continuó flujo de agitación, los carros no paraban de deslizarse cargados de pena y recuerdos. Cada minuto era valioso, cada segundo perdido podía ser la diferencia entre la vida y la muerte. Cada familia que se iba significaba la promesa de que en la tierra del sol no se perdiera el saber antiguo, la sabiduría de la primera humanidad.

Ella acarició la mejilla rubia del último niño que se marchaba, ya no había más, los carros que quedaban llevarían adultos y uno que otro adolescente, pero niños, no más. Los que nacieran a partir de ese momento lo harían en el túnel o en la tierra nueva. Los niños que ya se habían ido eran el último vestigio de la segunda humanidad.

Su corazón se empequeñeció aún más, su vientre estaba vacío y lo estaría para siempre, la divinidad no había querido que la semilla mágica de su amado esposo fructificara en su cuerpo. No supo responder el clamor que su alma soltó en su pecho, le había sido negada la maternidad porque no era buena, o porque le era más importante a la humanidad su don. Lloró como los otros días, con lágrimas silenciosas y tan amargas que le dañaron el cuerpo tanto como el alma.

Pero él tampoco llegó, se limpió la cara con la punta de su vestimenta de “Sacerdotisa D” y entró a la sala donde los sanadores preparaban a los que desencarnarían en el cataclismo. Los estaban preparando, les indicaban qué iba a suceder, cómo sería todo, qué sentirían. Ella ya no lo necesitaba, ser poseedora del antiguo don hacía que el transito le fuera sencillo, pero eso no le importaba, para ella lo único importante era él, él y su amor roto, él y la ira que vio en sus ojos verdes, él y la forma como le habló, él y el abrazo que nunca llegó.

Los sanadores seguían instruyendo al último de los sabios. Era un joven de cabellos rubio y ojos de anciano, estaba en la camilla y oía las instrucciones como si ya las conociera, como si fueran sólo parabienes para su paseo por la eternidad.

Ella fingió sonreír y les pidió que se apresuraran, el agua no tardaría, tal vez uno o dos días más y todo habría concluido al tiempo que todo empezaba.

Los sanadores parecieron no oírla, sólo la líder de ellos le dedicó una mirada apresurada. Era la mujer de los ojos de miel y sonrisa mansa. Asintió y le apresuró la salida, ella la obedeció, pero antes de salir les rogó que se fueran, que partieran, eran importantes y no debían entretenerse con los que pronto morirían.

Se ajustó el cinto y dio pasos largos y cansados, los otros como ella vagaban apresurando a los últimos carros, su corazón se detuvo cuando distinguió la figura alta de su amado esposo. Venía, venía hacía ella y todo estaría bien, él se quedaría a su lado y detendrían juntos el agua. Él la amaba y venía a ella y ella fue feliz.

Pero él no reparó en su menuda figura, aunque sabía que estaba allí con lágrimas en los ojos esperándolo. Aunque era consciente de que lo miraba ansiando encontrarse con él. Aunque sentía que la seguía amando no le dirigió su mirada de fuego. Según su postura de noble mimado, despechado y altanero, ella lo había traicionado, lo había desobedecido y con eso se había ganado su odio. A partir de ese momento, toda su ira sería para ella. No serían suficientes las lágrimas de sus ojos oscuros para que su venganza quedara saldada, la heriría tan adentro que ni mil años bastarían para que él se sintiera pagado de lo que ella le había hecho.

Él valía más que un continente, más que todas las vidas de los desconocidos que huían, más que lo bosques y que el gran canal, más que la heredad de la primera humanidad y que su sagrada simiente. Lo que él nunca supo era que ella sólo se quedaba para que él pudiera irse a salvo. Ella entregaba su vida no por los bosques ni por los desconocidos, no por la primera ni la última humanidad, ni por los sabios ni los calendarios, ella moriría para que él, su amado esposo de los ojos de esmeralda, viviera por ellos dos.

Avanzó hacía él, llorosa, frágil y enamorada, y él de soslayo le dedicó una última ojeada, tan leve y despreciativa que le rompió el corazón. Y todo fue dolor cuando a su lado apareció otra mujer, una alta noble de cabellos de miel, de esmirriada figura y alhajas brillantes. Una mujer que él besó en la mano y ayudó a subir al carro que los sacaría de allí.

Ella se quedó de pie, sintiendo la vibración del agua bajo la tierra, sintiendo la muerte besarle las mejillas, sintiendo el odio que emanaba de él y sintiendo con precaria realidad el dolor que le había causado al dueño de su amor.

El carro partió y ella se quedó como una estatua de sal mirándolo alejarse, con su cabello oscuro recogido en la nuca, con sus ojos de noche sin luna opacos y tan abiertos como el túnel por el que su amor se iba. Se quedó de pie y le deseó una gran vida, le deseó muchos hijos y mucha felicidad, y le deseó fructíferas vidas futuras.

Cuando los dos últimos carros partieron, ella retrocedió, fue a la sala de los sanadores y los instó a marcharse, ellos parecieron no oírla, pero fiel a su labor se acercó a la sanadora de ojos de miel y le rogó que se fueran, que su hermanita estaba con ellos, era otra sanadora, sabia en su juventud y bella en su adolescencia. La sanadora sonrió y asintió.

Ella salió, cerró tras de si el portal que enfrentaba al túnel. La otra puerta  quedaría como el último escape, ya de ellos dependía si lo usaban.

Caminó lentamente sintiendo en su corazón el avance del agua, todo vibraba a su alrededor, el mundo se hundía y se la llevaba a los abismos de la pena sin posibilidad de redención.

Cómo era posible que él le hubiese hecho aquello, cómo era posible que él no comprendiera, cómo alguien que dijo amarla tanto ahora la odiaba de la manera que vio en sus ojos. Cómo se cumplía el destino sin haber saboreado una última vez su boca de almíbar.

Suspiró tan profundo que las lágrimas dejaron de manar, ahora empezaba a cumplir su destino, aún cuando él no la amara más ella lo seguiría amando hasta el final del tiempo. Ella protegería el túnel para que él llegara a la nueva tierra, a la tierra del sol y las suaves colinas, y para que la sabiduría de la primera humanidad no muriera bajo las aguas.

Abrió su percepción y lo buscó, él iba en el carro tan silente como los empedrados del vacío continente. Con su amor unido a su pensamiento lo acarició una última vez, lo besó con sus dones y le dijo “hasta pronto”. Hizo explotar sus dones y se ubicó en la barrera humana que esperaba la llegada del agua.

Allí estaban las mujeres y hombres que tenían los poderes activos, ahí estaba el primer y último muro que separaba la muerte de la vida. Uno a uno parados expectantes, uno mirando al agua, una al túnel y el zigzag se repetía.

Aquellos que observaban hacía el agua eran los menos poderosos, ellos la detendrían en una primera instancia. Los que le daban la espalda eran los que tenían los dones más fieros, y entre ellos, la mujer de cabellos oscuros se paró.

Ella que tenía el don antiguo, ella que podía dominar al espíritu del agua y del viento, ella cerró sus ojos oscuros por última vez y abrió la mirada de su mente, y así creó una barrera que nada ni nadie pasaría.

Fue su espíritu el que instaló aquella barricada que el agua no dominaría, fue su corazón el que le dio la fuerza para hacerlo invencible y todo ello fue posible porque lo hizo por él, para que él fuera libre y viera nuevamente la luz del sol que tanto amaba.

El agua llegó, furiosa, poderosa, inclemente y letal. Reclamando su bella tierra, quitándoles el aire, el fuego y sus jóvenes vidas. Los golpeó y los ahogó porque se habían atrevido a detenerla, a doblegarla y a encauzarla.

Un segundo antes de que su cuerpo se llenara de la muerte líquida salió de la envoltura corpórea, y pudo ver como la furia del agua golpeaba contra el muro y no podía avanzar. Todo había valido la pena, él estaría a salvo.

 

Él llegó a la tierra del sol con la amargura de la soledad convertida en un odio que lo acompañaría por siempre. Maldijo mil veces su simiente y a los hijos que engendró porque su existencia le había quitado a quien más amaba, a su dama de ojos oscuros y sonrisa de cristal.

 

6 comentarios en “MADRUGADA DESNUDA

  1. Me dejó sin aliento.. Me encantó.. Que bella historia y que triste a la vez.. Que bella manera de escribir.. Me imagine todo, cada párrafo.. Uff triste, Pero ese es el verdadero amor.. El poder ser capaz de dar la vida por quién amas aunque esa persona ni siquiera lo merezca.. Felicidades tú historia es hermosa

  2. Bravo amiga, me has emocionado. Me has transportado a ese submundo de lo intangible, de personajes sin nombre y de historias relatadas con la finura de un lenguaje simple, pero lleno de retórica. Un argumento que me toca en lo profundo “el amor” , del que pienso no debería estar ligado al sufrimiento… Ahora voy por más de tus escritos…

  3. Madre miaaaaaaaa, me ha encantado es preciosa la historia, ¿te has planteado alguna vez extenderla? No es que sea necesario, desde luego, puesto como relato corto es impresionante, sigue asi y mucho ánimo.

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