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Dos Rincones del Mundo

Virtual y Onírico
Abajo la bruma es tan densa que ni siquiera el polvo de las estrellas se puede ver
Sandra Valenzuela 2009.

Eternas nubes de olvido cerraban el paso, el camino empezaba a descender y no había posibilidad. Entonces pensé: “Ojalá pudiera guardar un recuerdo, sólo uno y con él, buscarte”.
Como si adivinara, sonrió —¿Qué quieres recordar?
—Tus ojos —dije y mi piel recordó lo bueno y cálido que era estar en sus brazos.
Abajo, la bruma es tan densa que ni siquiera el polvo de las estrellas se puede ver.
—Si escuchas a tu corazón atentamente, él te guiará hacia mí.
—Sí, pero y sí… —No pude continuar, el amor causa estragos y la emoción se me escapó. En ese instante no quería bajar, la duda que segundos antes no conocía se apoderó de mi mente y en un ahogado murmullo le dije lo más terrible que pude imaginar—. Sí, pero y ¿si no me reconoces?, o peor ¿y si yo no te reconozco?
De sus ojos surgió una mirada frágil y tierna, él también temía eso. —Abajo la bruma es tan densa que ni siquiera el polvo de las estrellas se puede ver. Yo te amo y tú me amas, quiero encontrarte y quiero que me encuentres, pero ambos sabemos que eso no siempre será posible. Recuerda, por favor, que a todos los que ames y a todas las que yo ame, serán el pálido y tenue reflejo de ti y de mí. Te voy a buscar siempre, en cada rostro y en todos los ojos que mi camino encuentre y sé que harás lo mismo. Cuando la soledad te inunde y el dolor te carcoma por dentro, cierra los ojos y piensa que en algún lugar del mundo yo estoy tan triste como tú, tan solitario y tan ansioso como tú.
Lo abracé tan fuerte como pude, quería apoderarme de ese momento y traerlo conmigo, pero sólo pude conservar la sensación de sabiduría y seguridad. Lo demás quedó allí, en las nubes del olvido. Por fin pude hablar. —No sé si es correcto, no puedo sentir lo bueno y lo malo, y sólo sé que he olvidado por qué y para qué nos separamos, pero te juro algo ahora y para siempre, cada segundo de vida que tenga allá abajo será pensando en ti y buscándote; porque no hay en el universo cosa más importante que amarte.
—No, no dejes que la bruma te inunde, el máximo fin del universo es amar a todo el universo. Recuerda… —Cerró mis ojos y bajamos.
¿Dónde está? No lo sé. ¿Nos encontraremos? Tal vez sí, tal vez no. Pero cada noche espero, al dormirme, despertar a su lado.
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El día se descoció del cielo y la noche se enhebró al mundo prendiéndose con alfileres de platino, que brillaron a rabiar sobre los acolchados trozos de mugre que colgaban a media asta entre el espacio y los edificios.
La ciudad estaba justo en ese segundo en que deja de ser un adorable trozo de quietud para convertirse en un carnaval endemoniado. Se decoraba con anodinos habitantes que simulaban tener algo imprescindible que hacer, que jugaban a estar apurados y que si no llegaban a algún sitio en el siguiente segundo, sus mínimas existencias se convertirían en algo aún más intolerable y patético.
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La interfaz gráfica desplegó su incandescente monolito y en un inglés sacado de libro de terror, NAVEL36 le preguntó: —¿Me conoces?
Recién allí se dio cuenta que había pinchado algo sin querer y había mandado el consabido mensajito de saludo, a quién sabe qué computador, ubicado quizás dónde.
Se vio obligada a desempolvar su inglés de colegio y le pidió al desconocido o a la desconocida, disculpas por haber interrumpido su… lo que fuera que hubiese interrumpido, y le aclaró que no, que no se conocían. Prefirió guardarse el comentario que tampoco le interesaba hacerlo. Pero la caja que oculta las sorpresas escupió todo su contenido y de la nada se materializó un cartelito con una sonrisa. NAVEL36 establecía contacto enarbolando el equivalente a la bandera blanca de la red, una estúpida cara amarilla que sonreía.
La noche es el momento menos oportuno para tomar decisiones, tal vez porque el cansancio del ajetreo diario desconecta los filtros lógicos o como se llamen esas vocecitas majaderas que chillan constantemente cuando de relaciones personales se trata. Y los prejuicios sociales que tan exhaustivamente la sociedad ha ido enclavando en los más recónditos pliegues de nuestra mente y nuestra alma, generalmente de noche, son menos efectivos, ya sea porque están medio afónicos o muy estresados. Como sea, el destino se aprovechó de ello para que Cassandra Songeur contestara con una carita igual de idiota pero que guiñaba un ojo.
Y así empezó el resto de su vida.
A la carita que guiñaba un ojo, NAVEL36 le contestó un “Hi” o la forma más tonta de decir “Hola”, que alguien cierta vez inventó.
Cass, que a la sazón llevaba quince horas despierta y que le faltaban por lo menos varias más de obligada vigilia, suspiró con cansancio. —A nadie nunca le hizo mal chatear con un “NAVEL”…, de algún lado. Mientras no le dé datos específicos, todo estará bien —se dijo y luego de bostezar como osa en celo, añadió un: —Perdón, pero mi inglés es muy malo…
Para su sorpresa y desconcierto, la frase de respuesta llegó acompañada de una carita aún más idiota, la que muestra una dentadura digna de Drácula. —No te preocupes, el mío es muy bueno. —Y para que todo fuera aún más bizarro, la impresora soltó un aullido reclamando más papel, haciendo que Cass saltara por los aires del susto. Estoicamente, respiró profundo y se afanó en llenarle el buche para que siguiera escupiendo las toneladas de páginas con el trabajo que debía entregar al otro día. Para cuando terminó de cargar la infernal máquina, habían pasado cerca de diez minutos de mutismo virtual.
Casi había olvidado al o la, energúmeno de las caritas cuando volvió a sentarse; pero allí estaba la ventanita esperándola, y además había dos ojos saltones bailando frente a ella. —¿Qué estás haciendo?
Cass leyó el mensaje, elevó las cejas mientras intentaba recordar qué significaba aquello. —¿Que qué hago? —Miró sobre su hombro y sonrió.
La pantallita insistía con su pregunta indiscreta mientras ella esperaba a que la impresora terminara su aburrida labor, así que exprimió su creatividad y su inglés tarzanescamente básico y contestó. —Trabajo en un proyecto demoníaco… ¿Y tú? —Evitó las caritas, le parecían estúpidas.
—Yo trato de escribir una gran canción —contestó NAVEL36 con espeluznante honestidad y apabullante velocidad.
Ella se quedó sin nada que decir, así que recurrió a la frase salvavidas de la red. —Ahhh… —En el tiempo que NAVEL36 le contestaba, ella se dedicó a buscar el significado de “NAVEL”, porque le sonaba lejanamente conocido. Lanzó una carcajada ronca cuando descubrió que se trataba, nada y nada menos, que de: “ombligo”.
A continuación, llegó otro mensaje. —¿Dónde estás? —Sí que NAVEL36 estaba aburrido o aburrida, pensó y como ella estaba igual, se dedicó a “desaburrirse” con aquel “Ombligo Virtual”.
Lo pensó unos momentos, luego sonrió, no pretendía decirle nada personal a alguien que se hacía llamar: “OMBLIGO”, por mucho que lo dijera en inglés. Era demasiado… demasiado lo que fuera. Así que convocó a su muy excéntrico humor negro y contestó. —En mi silla. —Y para que no creyera que era agresiva, agregó una carita con lentes y dientes muy grandes.
NAVEL36 respondió con un cerdito que bailaba y logró que el mal humor de la diseñadora se evaporara. Los chanchitos bailarines, risueños, llorones, comilones o en cualquier actividad, siempre le provocaban sonrisas.
La conversación siguió en los mismos términos; si aquel “Ombligo Incógnito” sin género ni origen preguntaba algo específico, obtenía una respuesta de lógica tonta, llamaremos así a decir lo obvio. Cass no pretendía establecer ningún nexo con un NAVEL anglo parlante, por ello cuando no hallaba qué decir se limitaba a enviarle los ridículos emoticones que proliferaban en el chat.
Para cuando la impresora dio por finalizada su labor y la tinta, ya sabía que NAVEL36 tenía buen humor, que era bastante inteligente y que aún no podía escribir su canción. Se despidió lo más amablemente que su básico inglés le permitió y le agradeció la compañía en esas abúlicas horas.
La cama la recibió amablemente y el sueño llegó demasiado rápido y atiborrado de cosas extrañas.
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Le dolían los pies, de eso estaba segura y cuando se los miró, comprobó que las botitas bordadas con oro que llevaba, estaban prácticamente destrozadas y al rojo de la tela se unía el escarlata de su sangre.
La noche envolvía todo y se le colaba el frío del miedo por cada trocito de piel, miró hacia el norte y ahí, al borde del camino, vio tres siluetas que parecían discutir.
Aguantó un grito cuando la figura más alta cayó hacía el abismo.
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Cass despertó con el ronroneo apagado del agua de la ducha cayendo perezosa. Tenía la almohada estrujada entre sus dedos y le dolían los pies, especialmente, el derecho. Tanto que no pudo moverse para cambiar de posición, aunque lo intentó un par de veces. Las imágenes de su extraño sueño se le destilaban dentro de los ojos y el padecimiento de su pie disminuía a pasos de tortuga. En la esfera del reloj aún quedaban dos horas para que estuviera en la cama y no quería desperdiciarlas. Así que, dentro de lo que pudo, se acomodó y se obligó a dormir.
El recuerdo de su casi pesadilla se le repitió hasta el cansancio, de tal majadería fue, que cuando se levantó estaba más cansada que al acostarse.
Reptó por el día cumpliendo todas las funciones que su rutina le imponía. Entregó, hizo, efectuó, compró, usó, desechó, maldijo, bendijo, agradeció y soportó todo lo que las horas de vigilia le impusieron; y al llegar a su muy estructurado departamento, tuvo a bien suspirar agradecida de dejar atrás un día de mierda, como todos los que se le iban dando últimamente.
Sentía que la vida se le había convertido en una seguidilla de obligaciones que se enlazaban con responsabilidades salidas de no sabía donde y que le dejaban muy poco tiempo para vivir del modo que ella siempre había soñado que quería hacerlo.
Pero no todo era tan malo; el ser con el que compartía su vida o con el que jugaba a hacerlo, le había dejado una rosa, una nota y el laptop. O sea, no estaría en su hogar hasta la madrugada, reunión de machos en algún tugurio era la razón y lamentablemente era cierto, no había de qué desconfiar, él era así: honesto hasta la apatía.
Como los regalos se agradecen, se preparó una noche unipersonal de chicas, después de todo, se lo merecía. Llenó una copa con vino rosado, sacó una barra de chocolate con avellanas “extra gigante” del escondite secreto de golosinas para casos especiales. Encendió su vela favorita, llenó la tina con agua muy caliente, le agregó espuma y sales, puso el laptop en una mesita auxiliar a su lado, con la debida distancia para evitar accidentes desagradables y con una toalla muy cercana para secarse las manos a la hora de digitar algo y no quedar chamuscada; y se conectó después de depositar su aporreado cuerpo en el líquido burbujeante. Pretendía navegar por la red, buscando nada y topándose con todo, pero lo primero que le saltó a la cara fue un mensaje travieso. NAVEL36 le pedía la confirmación como amigo(a) para que le permitiera entrar a su chat.
Cass sintió que o alguien caminaba sobre su tumba o era que el agua estaba demasiado caliente. Tamborileó los dedos sobre la orilla de la tina, le dio una mascada ultra grande a su lingote de cacao y aceptó a ese “Ombligo Amistoso” en su chat. Total, era el que usaba en la oficina y sólo decía “OFICB1474” y eso no le hacía mal a nadie.
NAVEL36 apareció de inmediato desplegando el cerdito que bailaba, la mirada marrón de Cass rodó hacia sus pestañas y contestó con un platillo volador, ridículo a más no poder. Apareció un mamotreto de texto enviado por NAVEL36 del que la diseñadora no entendió ni la mitad, así que se vio obligada a desplegar un diccionario para entender algo del inglés barroco con que aquel “Ombligo Anglo” pretendía comunicarse.
A duras penas logró descifrar que la canción seguía sin escribirse, el o la “Ombligo Hace-Canciones”, llevaba todo el día de encierro en su casa, tratando de encontrar las palabras adecuadas que pusieran su emoción en música y lo único decente que había logrado era tener un sueño horrendo en el que se caía.
Llevaba media barra de chocolate cuando se dio cuenta que su sueño era mucho más interesante de lo que parecía el de NAVEL36, aunque insistiera en llenarle la ventanita del chat con detalles de su pesadilla, detalles que ella ni entendía; su inglés no daba para tanto y por más que lo intentaba, no lograba comprender esa forma tan retorcida de usar el idioma que tenía el “Ombligo Pomposo”.
Luego de tres ventanitas atiborradas de palabras incomprensibles, decidió cortarle el parloteo a, el o la, “Ombligo Lenguaraz” y le contó, o intentó hacerlo, que en su pesadilla ella veía a alguien caer, pero no un tropezón cualquiera, no, ese alguien se iba derechito al infierno.
Hubo demasiados segundos de silencio enhebrándose en la pantalla. Hasta que apareció un —¿De qué estás hablando? —Y esta vez no hubo caritas, ni guiños, ni nada.
Cass pensó mandar al demonio a su interlocutor/a virtual, pero había algo de lógica en su frase, lógica que la hizo fijarse en dos cosillas que había pasado por alto. Parecía que había escrito alguna barbaridad porque la respuesta de NAVEL36 no se la esperaba y su inglés dejaba tanto que desear que la podía meter en un gran lío. Así que desobedeciendo sus propias reglas de intimidad virtual, le preguntó al “Ombligo Soñador”, si acaso hablaba algo más que inglés incomprensible.
Una carita a la que se le caía un diente fue la respuesta y aparecieron las palabras: —Inglés, alemán y… —Y la electricidad se fue para dejar a Cass con el trozo de chocolate, la copa a medio llenar, el PC apagado, la vela oscilando, espuma por todos lados y una oscuridad que la hizo maldecir en castizo español hasta que se metió a la cama media hora después.
“Las coincidencias existen y las maldiciones también”, se repitió hasta que se durmió masticando frustración, si había algo que odiaba era quedarse con la duda, respecto a lo que fuera.
Toda la noche soñó con palabras en otros idiomas, desde el chino hasta uno que no supo identificar, iban y venían frente a ella. Trataba de asirlas pero se desvanecían entre sus dedos, no lograba entender qué decían y parecían reírse en sus oídos cada vez con más fuerza. Su atormentador sueño duró hasta que el sonido odioso del despertador la sacó del caos que reinaba en su mente.
Estaba sola como todos los miércoles. El varón con el que dormía se había levantado al alba y desperdigaba su grasa abdominal en el gimnasio de la esquina. Así pretendía mantener el cuerpo de un hombre diez años menor y no le resultaba mucho; pero a ella le daba lo mismo, hacía rato que no le preocupaba cómo lucía, más bien la complicaba cómo no se comportaba.
Todo su día fue una seguidilla de palabras en idiomas raros, no supo por qué, pero se le cruzaron como las hojas del otoño en una alameda. Danzaron a su alrededor desde: carteles de comida china, símbolos árabes, letras cirílicas y el colmo llegó cuando su teclado saltó de las amistosas letras del español clásico a unas que provenían de Venus o Júpiter. Dio un grito, todos los ojos de la oficina se clavaron en ella y el chico del soporte técnico no dejó de reírse cuando le cambió el teclado del alemán al español.
La duda razonable es comprensible, la curiosidad malsana clasifica como una enfermedad crónica y ella se paseó todo el día entre ambas, tratando de adivinar qué otro idioma hablaba ese “Ombligo Noctámbulo/a”.
No le importaba tanto saber a que género pertenecía como verificar si de casualidad hablaba español; porque estaba casi segura que era una mujer. Según su feminista punto de vista, muchos hombres ni enterados estaban de la existencia de su ombligo como para usarlo de seudónimo en una sala de chat. En cambio las féminas le rendían una especie de culto a ese pseudo hoyito coqueto del cuerpo, agujerito digno de ser lucido, perforado, perfumado y al que se le dedicaban muchos abdominales para que luciera bello y plano.
¿Quién más podría usar de nick: “NAVEL36”, que una chica que recién lo ha perforado, o que lo luce en gloria y majestad en un abdomen planísimo? —se dijo cuando terminó de tamborilear los dedos en su escritorio y decidió irse a su departamento.
Para completar un día muy malo tuvo a bien toparse con un panorama sorpresa. El humano que la acompañaba en su vida se sintió románticamente motivado y la invitó al cine, a cenar y para cuando llegó a su hogar, era demasiado tarde como para conectarse a la red y saber de una buena vez, en qué otro idioma podía comunicarse con ese “Ombligo Políglota”. A pesar de todos sus filtros y anticuerpos para con las amistades de internet, había algo entretenido en NAVEL36 que la hacía olvidarse de todas sus premisas y seguir chateando con quien se hiciera llamar así.
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Estaba en ese camino oscuro y pedregoso, los pies le dolían con tal ferocidad que las lágrimas venían en su ayuda mojándole la calma y la cara.
A su alrededor se arremolinaba el frío, el ruido del agua, las hojas de un arbusto que la ocultaban y el miedo. Estaba sola, apenas si pisaba la adolescencia y algo muy terrible la amenazaba.
Miró fuera de su arbóreo escondite y vio a tres personas forcejeando, el más alto retrocedió y no hubo más que el ruido sordo y espeluznante de alguien al caer.
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Cass se bebió tres vasos de agua helada para calmar los temblores que le sacudían las manos. Había sido el sueño más real de toda su vida y estaba casi segura que si se miraba los pies habría sangre en ellos.
El sudor la ceñía y una especie de pena se le atornilló en el pecho desde ese día y para siempre. Ella de por sí era impresionable y muy sensible, y ese sueño le había detonado dos de sus miedos en un chispazo: el miedo a caer de una altura y el miedo a quedar sola en un lugar desconocido.
Insistió en volver a dormir pero no ayudó mucho que a su lado, el macho roncara sin atisbo de menguar. Rendida, a la décimo octava vuelta que dio en el lecho, optó por lo más sano y se fue al PC a gastar el tiempo y pasar el sueño. Total, alguien alguna vez le había dicho que el insomnio podría ser productivo.
Eran las cinco de la mañana y para su sorpresa, NAVEL36 estaba allí. La saludó con tanta efusividad que esa pena que rezumaba en su pecho, se aplacó un poquito. Ella también fue cálida en su saludo, sorprendiéndose a sí misma y es que, necesitaba alejar la pesadilla que le rondaba el recuerdo. Habría sido bueno un abrazo cálido y amoroso, pero no había a quien solicitárselo porque quien debía prodigarlo, hacia un rato largo que los daba con cuenta gotas, como si fueran onerosos y él no quisiera gastar los ahorros que tenía guardados para su vejez.
NAVEL36 seguía batallando con la canción y se había dormido sobre el escritorio donde estaba el PC, no sabía hacía cuánto rato. Se había despertado con el chillido de las teclas cuando su cara fue a dar contra el teclado en el mismo instante en que ella se conectó. Todo eso se lo dijo en frases cortas y fáciles de entender. Y fue así como se enteró que era un ÉL, porque le dijo que le picaba la barba que se le había llenado de estática.
Cass sonrió y de inmediato se imaginó que era un tipo mayor con una barba extra-larga y muy blanca. Que vivía en una cabaña perdida en un bosque al más puro estilo hippie y que obtenía dinero vendiendo canciones a grupos musicales de cuarentones pasados de moda o de imberbes llenos de espinillas.
Unos ojitos adorables la sacaron de sus pensamientos, el “Ombligo Dormilón” se los enviaba y le pedía disculpas pero se iba a meter a la cama, porque estaba cansado y a las cinco de la mañana no era capaz de nada más que dormir.
Ella se despidió e hizo lo mismo, pero cuando apoyó la cabeza en la almohada dio un salto casi acrobático. “Las cinco de la mañana… Las cinco de la mañana… Las cinco de la mañana…” —se dijo mentalmente. Tenían el mismo huso horario o vivían en el mismo país. Demás está decir que no durmió ni un segundo más, algo en esa frase se le metió bajo la piel y le hormigueó todo el día.
La mañana la sacó de su cama y de su adorable hogar para depositarla en la fútil oficina donde gastaba su creatividad. De tan aburrida que estaba, se metió a investigar los husos horarios y anotó en el borde de su agenda los países donde alguien, a las cinco de la mañana, se dormía sobre el teclado del PC en sincronía perfecta con el insomnio que la atacaba a ella. No tuvo una razón de peso para hacerlo, pero le pareció una idea no tan mala. Aunque pasados unos minutos de alegato mental, llegó a la conclusión que mejor le preguntaba al “Ombligo Durmiente” de dónde era, porque podían ser mil lugares los que coincidían y ya se estaba fastidiando. Claro que encerró en un gran círculo rojo las ciudades donde el inglés era la lengua nativa.
La noche trajo lluvia a cántaros, la última del año y al “Homo Agobiadorus” que compartía su vida, le entraron las ganas de ponerse amoroso en exceso, y por primera vez en los diez años que coincidían en las sábanas, ella declinó la invitación, le dio un amistoso beso en la mejilla y se fue al computador alegando que tenía demasiado trabajo acumulado.
En realidad, tenía la curiosidad carcomiéndole la esperanza y se le aguó la ilusión cuando NAVEL36 no apareció en la red. Esperó hasta pasada la medianoche sin buenos resultados, así que arrastró su persona, sus preguntas y su ánimo hacia la cama.
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Estaba en ese camino pedregoso, su escondite era el mismo, sus pies le dolían de la misma forma y ya conocía el resto de esa pesadilla. Las tres siluetas frente a ella se moverían en cámara lenta y una caería al vacío.
Jadeó, el tiempo pareció detenerse y el brillo de una estrella le dio de lleno a la espada que uno de ellos mantenía en su mano.
Luego, cuando el más alto desapareció tragado por el abismo, el sonido del mar atrapó su grito.
El silencio era espuma de mar y sus pies le dolían como nunca antes, no podía llorar y se sintió reptar entre los arbustos con destino a ningún lado.
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Cass despertó enrollada en las sábanas, a su lado, su compañero de cama no se dio por enterado del llanto bajito que desperdigó sobre su almohada. Aquello sobrepasaba el ítem: pesadillas odiosas, para encumbrarse a la categoría: malditos sueños demasiado realistas.
El reloj llevaba medio camino en su esfera nocturna y aún había mucho que dormir. Así que con más fuerza de voluntad que ganas, se adormeció apretando su almohada y conteniendo las ganas de llorar a gritos y pedir, o tal vez rogar, por un abrazo afectuoso.
La mañana del sábado trajo más complicaciones a su agotada personita, porque la invitación que declinó la noche del viernes, seguía rondando las ganas de su compañero de lecho y una vez más, tuvo que hacer una verónica para rechazarla. Lo que le restó varios puntos en la convivencia amable del fin de semana.
Optó por lo más sano y se refugió en el único sitio del universo donde el macho en cuestión, no la seguiría: el supermercado. Y para que la indirecta fuera aún más clara, le avisó vía mensaje de texto, que almorzaría con una amiga.
Como no había tal amiga, buscó alivió en los amables brazos de un spa y se mimó todo lo que consideraba se merecía. Allí obtuvo masajes que bien podían reemplazar a los abrazos de los que carecía. Añadió al mimo, arrancarse algunas cosas que sólo se usaban en las portadas de la National Geographic. También eligió modificar en algo su aspecto y para cuando el reloj marcaba el comienzo del ocaso, se sentía renovada, como si allí dentro hubiera dejado una piel gastada y demasiado apretada.
Ahora lucía todo lo que alguna vez deseó exhibir. Las uñas azules, su negro cabello de la forma que siempre anheló desplegarlo y por fin, alguien entendió cómo quería que estuvieran sus cejas.
De puro contenta que se sentía, le sonreía a todos los que se le cruzaban. Al taxista, al tipo de la pastelería que le vendió aquel tremendo trozo de torta e incluso y al humano con el que vivía, le desplegó su maravillosa corrida de dientes. Él no se inmutó ante su nueva apariencia y le avisó con un gruñido que se iría a beber una cerveza con unos amigos. Ella siguió sonriendo cuando la puerta de calle la separó por algunas horas del “Homo Odiosus” que se había conseguido por pareja.
Ataviada de un pijamas muy cómodo, su trozo de torta atiborrado de calorías y sus uñas azules, se instaló frente al PC rogando porque el “Ombligo Políglota” apareciera y de una buena vez le dijera qué otro idioma conocía, porque su inglés tarzanesco ya la tenía harta y le estaba gustando mucho charlar con ese desconocido de barba y canción inconclusa.
El destino una vez más no la defraudó, porque a los exactos quince segundos de conectarse, una ventanita le dio la bienvenida; por supuesto incluía una carita saltarina y excesivamente alegre, que ésta vez la hizo reír.
NAVEL36 la saludó con su acostumbrado “HI” y Cass suspiró satisfecha. A alguien parecía importarle su persona, alguien que no se marchaba ofendido a beber cerveza porque no le había concedido sus favores carnales, alguien que no notaba su cambio físico porque no lo veía, no porque no la miraba.
Desplegó su encanto eligiendo las teclas precisas para que su inglés fuera menos escuálido y más entendible. Le preguntó por los avances de su canción y el “Ombligo Compositor” le envío un eterno mensaje que ella interpretó como que él reconocía que había mandado al demonio la idea de escribirla, porque ya acumulaba dos semanas de vanos intentos y no lograba ni siquiera una frase decente.
Para no parecer ansiosa, le dio ánimo, le brindó caritas sonrientes y un abrazo. Él respondió con una carita que enviaba un beso y Cass se sonrojó por primera vez en mucho tiempo. No reparó en el hecho que el “Ombligo Multilingüe” no sabía si era una “ella” o un “él”.
A continuación y cuando logró pasar el azoro, y el tremendo pedazo de torta que se había metido a la boca, le preguntó sobre eso de hablar tres idiomas y como respuesta recibió una carita con lentes y dientes grandes, el estandarte universal del nerd. Al parecer esa noche, NAVEL36 andaba de bromas.
Rendida, enarcó los hombros y le preguntó sobre el tema de su canción, pero tuvo a bien hacerlo en su infantil italiano y el “Ombligo Anglo” desplegó miles de signos de interrogación sangrantes.
—Bien, no lees italiano. Uno menos —le dijo al computador y lo intentó en su francés algo menos simiesco que su inglés y la pantalla volvió a llenarse de signos preguntones; con el portugués le fue peor y optó por la sinceridad al largarle la pregunta en su idioma natal, el español latinoamericano.
Si los signos de interrogación costaran muy caros, NAVEL36 estaría en quiebra porque tuvo a bien llenarle la pantalla con ellos y llamarla “BROMISTA”, por preguntarle algo, justo en los idiomas que desconocía.
Entonces, Cass en una cabriola perfecta, le preguntó por las lenguas que sí conocía.
NAVEL36 que esa noche parecía dispuesto a divertirse a sus costillas, le desplegó letras cirílicas, símbolos árabes, chinos, japoneses y un montón de caracteres de quizás qué rincón perdido del mundo. Tal fue su exuberante demostración que agotó la paciencia de la diseñadora y lo mandó al infierno cerrando su chat sin decir siquiera hasta luego.
Lo que la insensibilidad de su pareja no había logrado, sí lo obtuvo el “Ombligo Bromista” y Cass se fue a la cama en un mar de lágrimas de incierta razón y sobrado motivo.
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Estaba en el camino, el mismo que la torturaba hacía una semana, pero no estaba ni escondida ni sola. Alguien la acompañaba, alguien que le daba el cálido sosiego del cuidado, de la preocupación y del amor.
Sintió sus labios perfilarle la boca, era indescriptible la sensación de pertenencia, de seguridad, de complemento que la envolvía al ser besada de aquella manera. Nadie nunca le había brindado tal placer con sólo rozar sus belfos.
Respiró profundo para mantener el recuerdo de ese trozo de felicidad, aún cuando el que la había besado se alejaba de ella y se acercaba peligrosamente a la orilla del abismo.
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Esta vez gritó y las lágrimas escaparon de su alma como una cascada demasiado tiempo contenida. Se levantó temblando para comprobar con escalofríos que sólo había dormido diez minutos.
Volvió al computador y NAVEL36 seguía allí, mandándole mensajes algo atolondrados que le preguntaban qué le había pasado.
Intentó contestarle con frialdad pero sus dedos se negaron a oprimir las teclas adecuadas y solos se dieron maña para enviar una cara que soltaba una catarata de lágrimas exactamente igual a la que dejaba caer en ese minuto.
El “Ombligo Más Comprensivo del Mundo”, desplegó abrazos virtuales, caritas tiernas, caritas preocupadas y no obtuvo respuesta. Entonces, recurrió a enviar un gran y sonoro beso que le removió las paredes del alma a la diseñadora llorosa.
Ese virtual mimo bastó para que se calmara, con suspiros enormes le contó que traía encima un fin de semana triste y le pidió disculpas. NAVEL36 en un arrebato de ternura virtual, le envío la imagen de un ramo de rosas y ella se lo agradeció enviándole la fotografía de una pequeña violeta, su flor favorita.
A continuación y usando el poquito de humor que le quedaba en el corazón, le dijo que sólo a las mujeres se les regalaba rosas.
NAVEL36 mandó unos ojitos tristes y le preguntó: —¿Eres un hombre? Sí lo eres, mis disculpas.
Cass le envió la palabra “MUJER” escrita en todas formas que sabía y al final agregó en su máximo arranque de uso del inglés: —Soy una bella y triste mujer, pero tus rosas me hicieron sonreír la noche.
El “Ombligo Sorprendido” guardó silencio unos momentos hasta que reconoció que le había dado la primera frase para su canción: “Una noche triste se alegra con rosas”.
—¿Y cómo alegras una vida triste? —A Cass se le escapó la pregunta y se mordió la calma cuando se dio cuenta que cada vez que hablaba con él, sus dedos se hacían independientes a la hora de escribir todas las barbaridades que se le cruzaban por la cabeza.
La respuesta tardó en llegar y fue tan descarnadamente sincera que la dejó sin palabras, sin pensamientos y atiborrada de emoción si es que la había entendido bien.
—Sí lo supiera, alegraría la mía.
Cass tragó grueso, la romántica empedernida que alguna vez fue, tomó el control y sus manos danzaron sobre el teclado una melodía recién ovillada.
—Si tu vida fuera tan triste como dices, tu canción tendría letra… y mi corazón podría escucharla. —Se apoyó con un traductor universal y le rogó al encargado de los cielos que estuviera bien escrito. Evitó decirle que por fin sabría en qué otro idioma hablaba, pero ganas no le faltaron.
Y el silencio se hizo eterno, desfilaron los segundos en descontrolada formación y Cass temió haber perdido al “Ombligo Más Romántico del Mundo”. Mientras esperaba algo parecido a una respuesta, pinchó un sitio de canciones y buscó aquella que más la relajaba. A su acolchado amparo se fue adormeciendo hasta que una carita que rebotaba como loca la hizo dar un salto que casi la bota de la silla. NAVEL36 volvía a agradecerle porque ahora tenía dos frases para su canción y eso era un gran logro.
—¿Dos frases…? —Fue lo único que atinó a preguntarle y aparecieron sus propias palabras en la pantalla, haciendo que se sonrojara de nuevo.
—“Una noche triste se alegra con rosas” y “Si tu vida fuera tan triste como dices, mi corazón podría escucharte”.
Cass pensó que el “Ombligo” tenía el peor gusto en música del mundo, porque aquellas frases no tenían ni el más mínimo atisbo de rima, no eran para nada musicales, menos románticas y definitivamente ni un poquito pegajosas; pero tuvo a bien guardarse sus pensamientos y sólo mandarle la consabida carita sonriente.
Iba a seguir su plática cuando el macho que hacía las veces de su amado llegó con un enorme ramo de rosas rojas y cara de perro apaleado. No le quedó más remedio que sonreírle, despedirse del adorable “Ombligo Romántico” y meterse a la cama aludiendo que quería dormir abrazada a él, pero que era muy tarde para jugar a cualquier cosa que quisiera jugar.
El “Homo Aburridus” la abrazó fuerte y aceptó la postergación sin alegar, pero se la cobró en la madrugada y no tuvo más salida que aceptar el precio impuesto al ramo de rosas. Era demasiado romántico para ser real, él no daba nada sin esperar recompensa y un ramo de rosas rojas era muy caro a sus ojos.
Luego de simular en los juegos que él quiso jugar, se durmió acunada por su almohada, una de las pocas amigas sinceras que le quedaba en el mundo, y a la única que le había contado que estaba pensando seriamente mandar a su compañero de lecho al divino carajo porque la estaba empezando a hartar.
El sueño la fue envolviendo y la depositó con espeluznante exactitud en el odioso camino cercano al abismo.
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No estaba escondida, al contrario; caminaba a duras penas por el serpenteante trazado pedregoso que había recorrido en sueños toda la semana. Los pies volvían a dolerle y se dio cuenta que cojeaba.
Alguien la tomaba por el talle y cuando sus lágrimas la desbordaban, se detenían y su acompañante la ayudaba a sentarse al amparo de un arbusto.
Todo era tan real que podía oler el agobiante perfume de la tierra seca, el aroma de las plantas que la rodeaban y percibir con claridad el roce de la ropa que llevaba.
Por primera vez se dio cuenta que sus ropajes eran antiguos, muy antiguos y pesados, pero de preciosa factura y estaba casi segura que eran de hombre.
Levantó la vista y se topó con los ojos más hermosos del mundo, estaban mirándola como si ella fuera un trozo de luna caído del cielo.
Una emoción nueva pero no desconocida le despertó en el pecho esa entrañable contemplación y se sintió amada de la forma más plena que podía imaginar.
Detalló al dueño de esos ojos bellísimos para grabarse su rostro en el alma, pero algo le llamó la atención, llevaba una vestimenta que se le hizo aterradoramente conocida.
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El roce leve de algo contra su hombro la sacó del sueño. El “Homo Hostigosus” estaba sentado a su lado con la bandeja del desayuno, cara de idiota enamorado y una sonrisa que se le hizo antipática por primera vez en diez años.
Sonrío, agradeció y desayunó; y en la ducha se preguntó mil veces por qué razón era que estaba con él, porque no podía recordarla por más que lo intentaba.
El día fue desenvolviéndose perezoso y agobiante, con el abrazo tórrido típico de una primavera con aspiraciones de verano mediterráneo que se descolgó encima de la ciudad como un manto demasiado grueso.
Cass se lo pasó sin poder pensar en nada que no fuera ese desconcertante sueño y cuando el ocaso amenazaba entrar en funciones, tenía entre las manos un manojo de páginas llenas de sus dibujos. En ellos, cientos de ojos se apilaban buscando igualar a los de su sueño, pero no había ninguno que fuera exactamente igual a ese par de espejos que la miraban enamorados.
Al trigésimo par que dibujó, decidió que, ya que no la satisfacían, mejor se dedicaba a bosquejar las ropas del hombre dueño de los ojos más lindos del mundo, como le dio en llamarlo. Las trazó sin atisbo de vacilación, era como si pudiera tocarlas para traspasar su textura al papel, cerraba los ojos y podía sentir el peso de la tela, su aroma y el destello de sus colores. Al finalizar su trabajo, lo observó varios segundos, no había duda, él llevaba el atuendo de un Caballero Templario.
El domingo no era precisamente su día favorito, pero cuando se sentó al computador y entró al chat, una sonrisa le iluminó el rostro. NAVEL36 estaba allí y la saludaba con un ramillete de violetas.
Le agradeció con la imagen de una niñita que enviaba besos a manos llenas una y otra vez. Muy a su pesar tuvo que reconocer que se le estaba haciendo costumbre transformar sus pensamientos y sentimientos en emoticones.
El “Ombligo Tierno” le llenó de rosas la ventanita del chat y le confesó que eran su flor favorita.
Había algo especial en cada cosa que NAVEL36 le decía, no podía especificarlo, pero le emocionaba y removía algo entre las costillas y la espalda. Sin que nadie lo notara, ni siquiera su sombra, más de una vez se le inundaron los ojos y tuvo que tragar saliva para no despeñarse al abismo del llanto pasional cual Dama de las Camelias post modernista.
Para salir de su embobamiento, le preguntó por su canción y él sólo repitió las dos frases que había sacado de su conversación.
Cass sonrió, en realidad se carcajeó con ganas al imaginar que sus palabras pudieran inspirar a alguien. Y eso mismo se lo dijo al “Ombligo Compositor” y él le envío la frase más bella que nadie nunca le había dicho.
—Si tus palabras pueden inspirarme, imagínate lo que me harían tus miradas.
Le costó dos visitas al traductor universal lograr convencerse de que un “Ombligo Trilingüe” de algún lado del planeta, la estuviera lisonjeando con tales palabras. Si a ella jamás nadie le había dedicado tal derroche de romanticismo y no es que no lo mereciera, pero el “Homo Aburridus” no era de galanteos y el resto de sus pretendientes, pues, apenas se las arreglaban con el idioma como para llegar a tan elevadas cumbres de la seducción, usando vocablos tan sencillos pero atiborrados de significado.
Iba a responder con un emoticon que llevaba un saco en la cabeza a modo de “avergonzada”, pero prefirió desplegar algo de coquetería y marcó un beso chispeante. Cerró los ojos, apretó ENVIAR y esperó.
La respuesta fue un “GRACIAS” gigantesco, NAVEL36 tenía dos frases más para su canción.
A estas alturas, Cass pensaba que la canción sería algo parecido a un Frankenstein de la música porque lo estaban haciendo con puros pedacitos y de seguro no todos encajaban a la perfección. Le comunicó, lo mejor que pudo, sus aprensiones creativas al “Ombligo Seductor” y él respondió con un adorable: —Cree en mí, esta será la más hermosa canción del mundo.
—O la más extraña… ¿es vals o rock satánico? —Se atrevió a decirle, conteniéndose las risotadas.
A lo que NAVEL36 respondió con más carcajadas y no se dignó contestarle.
La diseñadora llegó a la conclusión que para obtener una respuesta del “Ombligo Evasivo”, tendría que ser muy astuta y dominar mejor el inglés, porque además, le costaba mucho armar una frase digna. Así que en un acto de autocompasión y a regañadientes, se decidió a tomar el bendito curso de inglés con el que en su trabajo la venían jodiendo hacia más de medio año.
En el segundo que apretó la tecla “ENVIAR” del mail con el que le comunicaba a su jefa que la inscribiera en el dichoso curso; la ventanita del chat se desplegó y se ahogó con el té que bebía, al leer que NAVEL36 le contaba que había decidido tomar un cursillo de español para entenderla mejor.
Le preguntó tres veces si no era una broma. NAVEL36 no entendía qué tenía de extraño aprender un idioma más, sí él ya hablaba tres.
Cuando Cass estaba a las puertas de saber cuál era el tercer idioma que el NAVEL36 conocía, llegó el “Homo Inoportunus” para soltarle una invitación a cenar fuera, y como el individuo empezó a darle miraditas sobre su hombro al chat, decidió cerrar todo sin despedirse y aceptar la invitación.
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El ambiente era bellísimo, estaba en algo parecido a un prado o un jardín enorme y salvaje. Cass caminaba por ese trozo del paraíso sintiéndose libre como nunca antes. Llevaba un vestido muy antiguo y era una niña no mayor de catorce años. Tenía una flor en la mano y avanzaba decidida a algún sitio muy importante, pero no sabía muy bien la ruta a seguir.
Un hombre joven poco mayor que un muchacho, la alcanzó y sin delicadeza, la agarró de un brazo y la tiró, haciendo que uno de los delicados escarpines que llevaba saliera volando y quedara abandonado en el camino.
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El trino insistente de un pájaro le dio de lleno en los tímpanos y la sacó de ese sueño incomprensible que había empezado como mágico y terminaba bordeando la pesadilla.
Faltaban muchas horas para que su día lunes comenzara, así que buscó refugio en su almohada y volvió a dormirse.
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Nuevamente caminaba por ese trocito del paraíso, nuevamente venía ese muchacho y nuevamente perdía su zapatito en el camino, pero a eso se agregaban los jalones nada de amables que el chico le imprimía a su brazo y a todo su frágil cuerpo.
Ella luchaba por liberarse hasta que el “Homo Dormidus” la despertó porque entre tanto forcejeo le había asestado un manotazo en plena cara.
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No pudo concentrarse en todo el día, cometió una seguidilla de errores pequeños pero desastrosos que le hicieron la jornada horrorosa. A las dos de la tarde fue informada que su curso de inglés empezaba ese mismo día a las ocho de la noche y que tenía dos meses para hablar decentemente el idioma.
Cass sonrió con demasiados dientes a su jefa mientras pensaba que no le interesaba en lo más mínimo hablar inglés, lo que ella perseguía era escribirlo y leerlo dignamente; pero ese detalle no pretendía compartirlo con nadie más.
La clase de inglés fue lo más parecido a una inmolación. La lengua se le acalambró un par de veces, casi se astilló un diente y se ahogó con su propia respiración tratando de decir “Something”.
Había algo de maldición al tratar de hablar ese lenguaje, porque podía pronunciar francés sin mayor problema, lo poco que sabía de italiano le salía muy bien, al igual que el portugués, pero el idioma de la Reina le provocaba arcadas, jaquecas y berrinches.
Llegó a su casa con el peor humor de su vida adulta y con un dolor de cabeza que la llevó directo a la cama sin siquiera saludar al “Homo Sorprendidus”.
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Estaba llorando, llorando como nunca lo había hecho en vigilia o en sueños y a su alrededor había tanto movimiento que la sofocaba.
Muchas mujeres iban y venían murmurando algo indescifrable mientras escondían las manos entre sus ropajes, miraban el piso y tenían sus rostros marcados por lágrimas lechosas. Había hombres también, pero no hablaban y parecían ajenos a lo que sucedía, estaban sentados mirando a la nada, abstraídos en sus propios mundos.
Ella permanecía en medio de todo ese torbellino y nadie reparaba en su presencia, nadie la veía y nadie la consolaba.
Seguía llorando con tal pena que el pecho parecía pronto a estallarle. La congoja, la angustia y el desamparo la tenían prisionera. Corría para alejarlos de su piel porque estaba segura que se le meterían bajo ella y jamás volvería a sonreír.
Corría escaleras arriba sintiendo el quejido de la piedra bajo sus zapatos bordados con oro. Corría sin atender al vestido que le quitaba movimiento enredándose en sus piernas de niña pequeña. Corría con el único fin de alcanzar la libertad de ese dolor que reptaba por sus venas y ahogaba los latidos de su corazón.
Corría y lloraba, corría y clamaba, corría y gemía, y al llegar a una puerta de madera, uno o algunos, la detenían por un brazo y no la dejaban entrar.
Seguía llorando y gritando para lograr entrar a ese espacio sagrado donde estaba segura que el dolor pasaría, o encontraría un oasis de calma al sufrimiento que la carcomía por dentro.
Gritaba, suplicaba y lloraba llamando a alguien que nunca vino a su encuentro porque despertó con la cara bañada en lágrimas con sus manos aferrando a la almohada y las palabras “Mi hermano” rondando sus oídos.
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Desde el martes hasta el viernes, su vida fue una cadena de rutinarios actos solitarios y monótonos. El trabajo la atrapó como si fuera un pulpo con exceso de tentáculos y a los días se les encogieron las horas hasta convertirse en segundos licuados en la moledora del tiempo valioso, perdido en tonterías.
Al “Ombligo Sensible” no lo vio durante esos cuatro abúlicos días; por más que lo esperó en el chat, él no apareció.
El “Homo Rutinarius” estuvo siempre con eso de “tener demasiado trabajo como para hacer algo entretenido entre semana” y Cass se vio obligada a aceptar que lo único animado en su vida era el curso de inglés.
El viernes llegó con tanto calor que a las ocho de la tarde los veinticinco grados derretían las ganas de cualquiera. Calor más sudor, más inglés, igual a mal genio. El cóctel podrían haberlo preparado en el infierno y no sería tan odioso como le era todo en ese minuto a la diseñadora. Parpadeaba por inercia y miraba al profesor de inglés preguntándose qué tenía de entretenido el verbo “To be”.
Tuvo a bien hacer la anotación mental que la próxima vez que tuviera la genial de idea de aprender un idioma, le pediría a alguien que le disparara, rápido y certero.
La noche llegó cálida, húmeda y aburrida. El “Homo Pesadus” en un acto de amor universal, se marchó a conversar con unos amigos y por fin, Cass obtuvo algo de alivio a su semana de fastidio. Se conectó al chat sólo para maldecir al “Ombligo Desaparecido” por meterla en el lío del curso de inglés y luego darse a la fuga. Esperó por tres horas y nada, no hubo NAVEL36 en su noche.
Se metió a la cama con la sensación de haber sido abandonada, no podía dejar de pensar en ese “Ombligo Compositor” de barba blanca que un día le había enviado hermosos ramos de flores y las frases más bellas y sentimentales de toda su vida.
Sin querer empezó a imaginarse al hombre que se hacía llamar NAVEL36. Debía ser mayor que ella, tal vez bordearía la sesentena, porque eso de treinta y seis, a ella le parecía más bien un sesenta y tres camuflado. Debía ser canoso, hippie y vegetariano. Un autodidacta de los idiomas y las canciones, con más de un tatuaje adornando un cuerpo que alguna vez fue suculento, y tal vez, con un aro en el ombligo, como para que lo usara de nick debía tener algo especial. Ese hippie llamado NAVEL36 debía lucir mucho bagaje fiestero en su currículum. Seguramente olía a tabaco de pipa o del otro, con algunas heridas de amor que lo habían modelado así de romántico y así de bromista.
Lo imaginó viviendo en una cabaña al abrigo de un bosque o a los pies de un lago, o tal vez en un lugar atípico, como un desván, o un carro de tren, con cinco gatos y ocho perros, consumiendo lo que sembraba y fue allí que el sueño la envolvió en su manta de cosas no dichas y respuestas sin preguntas.
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Estaba frente a alguien, una mujer joven que destilaba belleza de aquella insolente que es casi perfecta y está contenida en un cuerpo a punto de madurar.
La veía probarse velos, jugar con telas de brillo mágico, sacar y sacar cosas de un arcón del más exquisito labrado, y la sentía ignorarla descaradamente.
Su pecho se encendió en rabia, la consumió la ira y en un arranque de infantil furor, se vio lanzarle la manzana que mordisqueaba al tiempo que se oía a sí misma gritarle que: —¡¡No podía casarse, no, cuando James estaba muerto!!
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Despertó con sus propios gritos. —¿James, cuál James? Si yo no conozco a nadie llamado así —se dijo para calmar aquella parte de su cuerpo que temblaba.
Para estar más segura, repasó su lista de conocidos de nombre raro, y no, no había ningún James. Tampoco se llamaba así el primo segundo del amigo del compañero de su hermano. No, en su vida no había ningún James, ni un Jaime, ni siquiera un Jimmy.
Volvió a poner su cabecita en la almohada, pero a los dos segundos una idea macabra le asestó un golpe bárbaro. —¿Y si NAVEL36 se llamaba James y estaba muerto? ¿Y si es por eso que no aparecía en el chat?
Se obligó a dormir pero antes le rogó al encargado de turno, ese que administraba la vida y la muerte, que no se hubiese llevado al “Ombligo Adorable” a ningún lado.
El “Homo Empalagosus” la despertó con la sonrisa más grande que tenía y le avisó que se la llevaba a la playa en un viaje sorpresa, que tenía poco tiempo para arreglarse y que armara una maleta pequeña. Una hora después iba rumbo a la costa, sin ganas de nada y preguntándose cómo estaría el “Ombligo Desaparecido”.
El mar la recibió como siempre, con su cara de comprensión y sus abrazos de calma y contención. Caminó por la playa cuanto quiso, pisando la arena mojada y escapándole a las olas. A pesar de que la temperatura era baja; a pesar de que, como siempre, en ese trozo del planeta el viento se diera maña para desordenarlo todo, desde su pelo, hasta sus pensamientos; a pesar de que el “Homo Entrometidus” insistiera en decirle que hacía mucho frío para caminar descalza y que se iba a resfriar. Caminó y pensó, caminó e imaginó y cuando el frío la hizo castañetear los dientes se refugió en un gran tazón de chocolate caliente, un trozo de pan amasado y el chal más grueso que encontró.
Sus pensamientos siguieron importunando a sus sentimientos, sus emociones se arrinconaron en el pedacito más chico de su alma y desde allí berrearon hasta que tuvo que aceptar que extrañaba al “Ombligo Más Romántico del Mundo”. Lamentablemente, sin un computador a su alcance no tenía como contactarlo. No sabía su nombre, ni como lucía, ni de qué color eran sus ojos, ni dónde pasaba sus días, o algo tan simple cómo que no sabía cual era el otro idioma que hablaba.
Se durmió mecida por el chocolate caliente, acunada por los brazos peludos del chal, con el ronroneo del mar como canción de cuna y con el sabor delicioso del beso del pan amasado en sus labios.
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Se vio escapando por una ventana de un castillo de piedra muy antiguo. Se vio caminando de noche a hurtadillas en una ciudad que se le hizo vagamente familiar.
Sintió al viento acariciarle el cabello, sintió las piedras del camino entrometerse en las delicadas suelas de sus delgados zapatitos, sintió el tibio arrumaco del ambiente nocturno y sintió por sobre todo, el bienestar de saberse libre.
Llegó a un cementerio y allí, se arrodilló frente a una lápida que la oscuridad de la noche insistía en ocultarle; pero ella sabía quién estaba ahí, dormido en los brazos de la tierra, atrapado por el sueño eterno.
En contacto con lo más puro y honesto que era, dejó que su pena saliera a raudales, el llanto la fue ungiendo y se transformó en un bálsamo liberador los siete exactos segundos que pudo mantenerlo, porque alguien la interrumpió.
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Cass despertó con el chisporroteo de la chimenea, se había dormido en el sillón y seguía allí, tapada hasta las orejas por el chal y por un cobertor de colores chillones que la mano amable del “Homo Preocupadus” había dejado caer sobre ella. A su lado, sentado en el piso estaba él y leía un mamotreto de mil páginas con la misma fascinación que ella devoraba una barra de chocolate con avellanas. Sólo recibió un murmullo de aprobación cuando se despidió de él y arrastró su cansado cuerpo hasta la cama.
A pesar de que se supone que no se continúan los sueños y menos se repiten al dedillo, ella volvió a verse escapando del castillo de piedra y todo comenzó de nuevo.
La mañana trajo un rayito de sol que le dio de lleno en un ojo y la sacó de la maratón del sueño repetido hasta la saciedad. Si existía un record Guinnes de reproducciones de la misma pesadilla en una noche, de seguro Cass lo habría ganado. Para sacarse la sensación de irrealidad de la mente, escribió en su agenda ese trozo de vida onírica con todo lo que pudo recordar y que fue mucho, porque pasó por lo mismo por lo menos diez veces.
Apenas desayunó volvió a la playa para conversar con el mar, él siempre había tenido la delicadeza de escucharla en todos sus devaneos y nunca jamás la criticaba por extraños o desquiciados que fueran sus comentarios o resoluciones.
Esta vez al mar se le sumó el tímido sol de primavera costera y entre ambos le escucharon toda la historia del “Ombligo Desaparecido”. Fue honesta hasta las lágrimas y les confesó su cansancio con el “Homo” que alguna vez fue encantador y ahora transitaba el camino del “Homo Tediusus” a paso firme. Tuvo a bien reconocer que la rutina se estaba tragando el cariño que le tenía y que sus sendas se separaban irremediablemente por más esfuerzos que él hiciera por reconquistarla.
El mar guardó silencio, el sol se hizo el desentendido y Cass siguió caminando por la orilla de la playa, rogando por un milagro en su abúlica vida, algo que la sacara de esa monotonía que amenazaba en convertirla en una planta, en un mueble o en alguien que nunca quiso ser.
El agua salada le acarició los pies y pensó en NAVEL36, en su nombre, en el otro idioma que hablaba y dónde estaría en ese momento. Siguió caminando y pensando, a su mente llegó la seguidilla de extraños sueños que venía teniendo y recién se dio cuenta que coincidían con la llegada del “Ombligo Misterioso” a su vida.
A pesar de haber tenido un fin de semana de playa, Cass se sentía mal. Por alguna misteriosa razón, esta vez no traía consigo esa alegría que siempre le dejaban los paseos a la naturaleza. En esta ocasión, quería meterse al chat y hablar con el “Ombligo Compositor”, preguntarle un montón de cosas, contarle sus extraños sueños y saber que estaba bien, porque una vocecita majadera insistía en susurrarle que bien podría llamarse James y estar muerto.
Amablemente, el “Homo Hostigadosus” le avisó que se juntaría con unos amigos a charlar y terminar bien la noche del domingo. Ella sonrió, le confesó que quería un baño de tina y dormir temprano. En cuanto él se marchó, se conectó al chat rogando por un pequeño milagro cotidiano. Para su alivio y alegría, apareció NAVEL36 con una carita que sonreía al tiempo que daba saltitos de rana delirante.
Cass no pudo evitar que sus ojitos se humedecieran al constatar que él seguía en este lado del mundo, fuera donde fuera aquello.
El “Ombligo Reaparecido” le contó que recién volvía de un viaje relámpago al otro rincón del planeta y luego de mandarle un maravilloso ramo de tulipanes virtuales, reconoció que extrañaba sus chateos nocturnos.
Ella sonrió aliviada, le contestó que también lo extrañaba. Iba a soltarle que tenía un montón de preguntas que hacerle, pero algo la contuvo y sólo le envío la foto de un perro que lamía la pantalla.
NAVEL36 llenó su ventanita de carcajadas y en un arranque de dignidad le contó que la canción seguía sólo con cuatro frases, que él necesitaba de sus charlas para poder terminarla y que el curso de español había sido momentáneamente abandonado.
Cass hizo un giro de ciento ochenta grados y trató de decirle en su, ahora menos simiesco inglés, que si no aprendía español, ni loca lo ayudaba a terminar la dichosa cancioncita. Nuevamente hubo carcajadas y miles de flores llegaron a su computador.
—Así me mandes un contenedor de flores, ni sueñes que tendrás mi ayuda si no eres capaz de saludarme en mi idioma —le advirtió rogando porque su dialecto fuera entendido y ella misma se sorprendió de su chantaje.
Primero hubo silencio, luego una carita que sonreía tras un abanico y luego un beso gigantesco. NAVEL36 tenía otra frase para su híbrido musical y la diseñadora no estaba segura que alguna vez quisiera escuchar ese engendro sonoro.
El “Ombligo Compositor” tuvo un acto de dulzura y escribió en su ventanita del chat: —Gracias. —En perfecto español y el perro que lamía la pantalla regresó.
—¿Dónde vives? —Se atrevió a preguntarle.
Él desenfundó un trozo de agudo humor negro para contestarle. —En mi casa.
Estaba usando el mismo truquito que ella utilizó en su primera charla, pero Cass no se dio por vencida y siguió su interrogatorio. —¿Qué está ubicada en…?
—En el planeta Tierra. —NAVEL36 si que era difícil de interrogar, pero como la diseñadora no pretendía acusar recibo, volvió a la carga.
—¿Específicamente en que parte del planeta está ubicada?
—En la parte de afuera.
Un gruñido se le salió ante aquel despliegue de sarcasmo, pero usó la misma receta para continuar aquel ping pong virtual. —Que bueno, ya creía yo que hablaba con un topo políglota. —Para enfatizar la entrega, lo hizo en espanglish.
NAVEL36 le mandó una carita de anteojos con dientes grandes y la palabra “GRACIOSA”, en inglés llenó su pantalla.
A lo que ella respondió con un “IGUALMENTE” en perfecto español.
El “Ombligo Políglota” no le contestó, el tiempo se desenrolló en volutas seductoras frente a sus ansiosos ojos y la respuesta no llegó. Pasaron los segundos con aroma a minutos y nada hubo en la ventana del chat.
Cass se dedicó a buscar algunas cosas respecto a sus extraños sueños mientras esperaba que el “Ombligo Bromista” volviera, pero nada pasó. Cuando el reloj había danzado media esfera apareció una carita triste acompañando un: “PERDÓN”, en inglés.
El perro de NAVEL36 había saltado sobre él y ahora ambos estaban llenos de leche con chocolate pegajoso.
—¿Chocolate caliente? —Fue lo único que entendió de la frase—. ¡Yo estoy bebiendo lo mismo! —Se sorprendió y se lo contó al “Ombligo Enchocolatado”.
—¿Y tienes un perro que salta sobre ti sin la menor provocación?
Cass le contestó con una carita que lloraba a mares. Su perro regalón había muerto hacía años y nunca más había tenido el valor de tener otra mascota. Se lo dijo y agregó que el pedacito de corazón que le pertenecía a ese can, no podría entregárselo a nadie más. Claro que lo hizo en español, porque era un secreto que sólo el mar y su almohada sabían.
Ahí mismo, NAVEL36 le contó que ahora tenía un traductor universal y que entendía casi todo lo que le escribía en su extraño idioma.
Primero se ahogó con la bebida caliente, luego se sonrojó y por último decidió mandar una carita que bostezaba.
NAVEL36 en un paseo al lugar más emotivo del mundo virtual, le envió la fotografía de un perro con ojos adorables que en la placa de su collar llevaba escrito “OFICB1474”, su nick acompañado de: —Es mi regalo para ti.
Y Cass estuvo gimoteando los siguientes veinte minutos, ni siquiera el “Homo Canifobus” había tenido el detalle de darle algo así, ya que su premisa era: “Un perro o yo”; y ella, no tenía claro por qué, lo había elegido a él.
A modo de agradecimiento creó un nuevo chat y esta vez usó un nick menos corporativo y más humano: OJOSOSCUROS, se lo comunicó al “Ombligo Amoroso” y su pantalla se llenó de estrellitas, arco iris y flores.
Reemplazó las lágrimas por sonrisas de niña traviesa y cuando iba a seguir su coqueteó virtual, llegó el “Homo Inoportunus” y la gran noche del domingo se acabó demasiado pronto.
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Un hombre joven la miraba apoyado en el muro de piedra que cerraba el cementerio. Le interrumpió su dulce llanto al decirle con un tono brusco: —No lo llores, él está con Dios, está mejor que nosotros. —Y le dio un pañuelo para que secara sus lágrimas de infanta solitaria.
La misma fuerza que la había llevado a escaparse de ese castillo de piedra que parecía una prisión, se adueñó de su garganta para contestarle con toda la desfachatez del mundo, que no se metiera en lo que no le importaba, que la dejara llorar tranquila.
Él se le acercó y el piso huyó de sus pies. Era el mismo hombre que en otros sueños caía al abismo, pero que antes le había brindado el beso más maravilloso de toda su existencia.
De caireles rubios que caían hasta la línea de su barbilla y con los ojos más lindos del mundo, encendidos como farolas que podían iluminar todo cuanto quisieran, lucía algo amenazador, pero ella no retrocedió. Al contrario, le plantó cara con su menudo cuerpo de adolescente, aunque estaba algo embobada por esos maravillosos ojitos de cristal.
No tuvo tiempo de detallar nada más, porque el ruido de cascos de caballos rompió la noche y él la tomó por el talle para ocultarla tras otro de los muros del cementerio.
Y lo que había empezado como un extraño sueño evolucionó velozmente a pesadilla, cuando vio, aterrada, a un grupo de jinetes envueltos en ropajes negros cabalgar hacia la ciudad.
Iba a gritar para alertar a quien estuviera cerca, pero su voz quedó atrapada por una mano que le cubría la boca.
—Guarda silencio —susurró en su oído, el dueño de esos ojos increíbles.
Pero ella no pretendía quedarse callada, tenía que avisarle a su padre. Tenía que volver a ese castillo de piedra a decirles que los atacaban. Tenía que hacer algo, lo que fuera, para no quedarse atrapada en los brazos de ese caballero descarado. Lo malo fue que él tenía una opinión muy distinta de lo que había que hacer y no pretendía soltarle esa boca de niña mimada para que diera rienda suelta a sus alaridos.
Y como ninguno de los dos cedió, ella le mordió la mano para liberarse y le propinó una senda patada en la pierna más cercana. Tampoco así lo consiguió, y con un movimiento feroz se sintió levantada por los aires para ser transportada hasta un bote a remos que estaba en la playa. Sin atisbo de ternura allí la depositó y se hicieron a la mar.
—Silencio… —le advirtió el caballero, mientras iba remando.
Su lengua afilada de niña malcriada, entró en funciones al detallar la vestimenta que llevaba su raptor/salvador. —Mi padre dice que los Templarios tienen pacto con el diablo y que hacen brujerías.
La respuesta estuvo a la altura, coronada por la sonrisa más encantadora que hubiese visto en un sueño. —A mi me dijeron lo mismo de los Hospitalarios.
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En el ranking de sueños raros de Cass, ese tendría el primer lugar para siempre.
Las sábanas estaban revueltas y la mayor parte de la ropa de la cama la acaparaba el “Homo Ronquidus”.
La diseñadora agarró la porción que según las convenciones internacionales le correspondía para cubrir su entumecido cuerpo y jaló sin ningún cuidado. El ser casi humano que roncaba a su lado, cambió levemente de posición y siguió alborotando aún más fuerte.
—Así nadie puede dormir —se dijo y optó por escribir en su bitácora de sueños, aquel trozo de surrealismo que había presenciado mientras su cuerpo pretendía descansar.
A medida que lo escribía, le pasaban cosas extrañas, podía ver las imágenes frente a ella, no como si recordara algo, más bien como si estuvieran sucediendo allí en su propia habitación, bajo su nariz.
No lo analizó ni cuestionó, simplemente se dedicó a anotar todos los detalles, todo lo que sentía, todo lo que creía que sabía al respecto. Cuando terminó, el “Homo Ronquidus” había completado una sonata de sus gruñidos estrepitosos y le tenía los oídos adoloridos, pero eso no le importaba, más valiosas le eran las palabras que descansaban en su bitácora de sueños porque constituían un verdadero tesoro onírico.

El día la sacó de la cama con una sonrisa de oreja a oreja, parecía no importarle haber dormido muy poco, tampoco que el calor se dejara sentir a las ocho de la mañana y que el “Homo Agrius” estuviera de mal humor las pocas horas que se vieron. Tampoco pareció importarle lo aburrido de su clase de inglés y menos que el profesor se dedicara a corregirla exclusivamente a ella.
Llegó a su muy ordenado departamento cuando el “Homo Exhaustus” volvía a interpretar un concierto de laringe para ronquido solitario, y aún no daban las diez de la noche.
Agradeció el favor, cerró la puerta de la habitación para aislar los bufidos, se preparó la más deliciosa cena y se conectó al chat, esperando que el “Ombligo Entretenido” le hiciera aún más agradable ese día que ya vestía estrellas y luna creciente.
NAVEL36 apareció con el perro que lamía la pantalla y un beso con “muac” incluido.
Cass le contó que había tenido el más extraño de los sueños y él le contestó que el suyo sí que era insólito. Empezaron una pequeña disputa sobre cual de los dos se llevaba el trofeo.
El “Ombligo Soñador” se le adelantó y le contó que en su pesadilla, se escondía de unos tipos a caballo, vestidos de negro.
Ese pequeño indicio, hizo que la piel de Cass se erizara y quiso preguntar más pero no supo cómo. A veces sentía que la eternidad le susurraba algo al oído en un idioma que había olvidado.
NAVEL36 siguió su relato en un inglés amablemente claro. La diseñadora leía absorta, reconociendo en sus palabras su propio sueño, pero contado desde “el otro punto de vista”.
La sensación de “Deja Vú” fue un alarido y aderezada con su innata curiosidad, se vio forzada a preguntarle: —¿De casualidad en tu sueño estabas en un cementerio y te mordían la mano?
Silencio, silencio, silencio, signo de exclamación y unos ojitos saltones fueron la respuesta de NAVEL36.
Sí, él había soñado algo parecido pero sin mordida de mano. Cass no supo que más agregar, el murmullo de la eternidad en su oído se estaba convirtiendo en un aullido y seguía sin entender qué quería decirle.
Por su parte el “Ombligo Sincrónico” le envió muchos signos de interrogación, cómo si ella tuviera la clave de esa bizarra simultaneidad para soñar. En ese momento deseaba estar frente a él y obtener todas las preguntas que sus respuestas requerían.
En cambio, estaba frente a la pantalla de un computador, hablando con alguien que ni siquiera estaba segura que existiera, sobre sueños malvadamente parecidos y con una corazonada algo perturbadora martillándole las sienes; con escalofriantes indicios que seguían ahí, aun cuando tratara de negarlos, de olvidarse de todos, su cuerpo respondía a ellos, la hacía estremecerse y a eso no podía resistirse.
Dentro de ese torbellino en que se había convertido su mente, se preguntaba cómo sería escuchar a NAVEL36 contándole ese sueño en vivo y en directo. ¿Se reirían? ¿Dudarían del otro? ¿Sería realmente el mismo sueño compartido por dos desconocidos o sólo una insólita coincidencia?
Existían las casualidades, de eso estaba casi segura, pero le pareció que ésta no lo era. La versión osada de sí misma, decidió dar el primer paso para salir de ese pantano de dudas tontas y le envío un seductor beso con la frase: —¿Quieres saber mi nombre?
Y el mundo se convirtió en un lugar muy feo y horrible para vivir, porque el “Ombligo” se fue de adorable a malo y le mando un “NO”, así, bien grande.
Cerró el chat, apagó la luz y se fue a dormir con el pecho apretado y el NO de NAVEL36 sonando en sus oídos más fuerte que los ronquidos del “Homo Estrepitosus”.
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Nunca se había sentido más triste que en ese momento, la noche se había vuelto una bruja mala y la mantenía prisionera en un bote a merced del hombre con los ojos más bellos del planeta pero también con el sayo que su padre le había enseñado a temer.
El ruido del agua era una conversación queda entre el mar y los remos. El jadeo de su respiración era lo único que se oía desde ella hacía el Templario. El miedo le implantaba un silencio cansado pero no podía dejar de mirarlo. Estaba ahí, al alcance de su mano pero tan distante como la luna que esa noche no vino a iluminarlos.
No comprendía que pasaba, no entendía aquel sueño bizarro con tintes de vida olvidada y menos captaba el mensaje en esa seguidilla de emociones que le palpitaban en el cuerpo y que le hacían mirar sin parpadear a ese joven vestido de Templario que la llevaba en un bote, para según él, ponerla a salvo.
Se estaban alejando del cementerio y de la ciudad, se estaba alejando de todo lo que conocía, de su padre y sus hermanos, de la tumba de James y de su hermana Anne, del castillo y los siervos, y sobre todo, se estaban alejando del ataque a la ciudad que la vio nacer.
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No despertó como otros días de ese mes. No estaba ni aterrada, ni asustada, ni sobresaltada. Fue entrando en la vigilia poco a poco, como si le sacaran velos o capas que cubrían sus ojos y se abriera al día, sin abandonar la añoranza que la tenía cautiva. Era la sensación prolija y exigente de estar en el lugar equivocado, en circunstancias que no le pertenecían, rodeada de gente a la que nunca podría sentirse unida, añorando por siempre a otros, a otro en especial.
Su mañana fue lenta, agotadora y agobiante, con tiempos que se estiraban como elásticos y se retorcían como serpientes al sol danzando burlescos a su alrededor.
La tarde fue peor y la clase de inglés se convirtió en un carnaval con ella en medio tratando de presentarse a un público imaginario, mientras el profesor y sus cuatro compañeros la miraban como si fuera el último simio parlante que existía.
Un chispazo de algo vino en su ayuda y al mismo tiempo que se le caían las lágrimas fue presentándose en un inglés susurrado como si frente a ella sólo estuviera el “Ombligo Receloso”.
—Mi nombre no importa, tampoco importa dónde vivo, ni qué hago ni mi edad; sólo importa que por las noches me siento sola y en las mañanas quisiera reinventar mi vida y hacerla mágica. No importa el color de mis ojos ni el largo de mis piernas, sólo importa que en estos días he llorado mucho y es porque quisiera saber quién eres. No importa cómo me dicen los amigos que no tengo, ni cómo me llamaban las amigas que perdí, sólo importa que quiero cambiar esta piel por otra que quiera ser feliz y no importa lo que hago en el día si no lo que sueño de noche y añoro cuando estoy despierta.
Todos los espectadores se quedaron mudos cuando terminó de hablar. Cass salió de su muy privado mundo al sentir que la otra mujer de la clase le daba un pañuelo para que recogiera las gotitas de agua que le mojaban la autoestima.
—Que lindo lo que dijiste —le soltó con una sonrisa medio envidiosa medio emocionada, cuando le limpió el maquillaje que se derretía por sus mejillas.
—Gracias. —Y la diseñadora se fue a sentar sintiéndose el último simio parlante del planeta.
El profesor carraspeó, se levantó y se le acercó. —Muy bien, pero seguimos sin saber tu nombre —se lo dijo en perfecto inglés de profesor de idiomas.
Llegó a su departamento arrastrando la emoción y conteniendo ese frío arrugado dentro de las cuatro paredes de su pecho, ese gélido sentimiento que NAVEL36 había plantado allí con su NO estereofónico.
Tuvo a bien saludar con un esbozo de sonrisa al “Homo Trabajolicus” que encerrado en su oficina hogareña mandaba e-mails a medio universo mientras charlaba con alguien por el alto parlante del portátil.
Se dio un baño rápido, armó una bandeja con frutas y llenó un copón con agua mineral y limón. Con su cargamento bajo en calorías y nulo en sabor, sus piernas la llevaron a su computador, fue una acción refleja, hija de la costumbre más que del deseo. Y cuando encendió la pantalla, casi se cae de la silla al encontrar el último mensaje de NAVEL36 flotando allí desde la noche anterior.
—Yo prefiero adivinarlo.
Jadeó, sollozó y rogó por encontrar al “Ombligo Juguetón” y de pasadita se dio cabezazos contra la pared por atarantada y por usar su imaginación para puras tonterías.
NAVEL36 apareció y Cass se deshizo en disculpas, apretó los dientes y le soltó una de aquellas mentiritas blancas con manchas negras que sirven para salir de líos tontos. —Ayer, la electricidad se fue.
Para el “Ombligo Ingenuo” no hubo mayor alboroto y le envió un abrazo virtual que le vino muy bien. Deseaba tanto uno de esos pero que fuera de verdad. Un abrazo de los que calientan el alma y dejan la respiración para más rato. Uno de esos estrujones que sólo su abuelo, hacía un millón de años, le había dado y ya no le quedaba ni el recuerdo de lo bien que se sentía refugiarse en los brazos de otro y dejarse llevar por la emoción de no sentirse sola.
Se lo agradeció con tanta efusión que NAVEL36 le preguntó qué que le pasaba porque estaba rara. Cass se limitó a decirle que había tenido un sueño de terror y una clase de inglés que le había dejado la autoestima en el subterráneo.
El “Ombligo Compositor” le dijo que de nuevo le había dado una frase para su canción y admitió que de seguir así, tendría que repartir las ganancias con ella. Sin esperar respuesta, le pidió detalles de ese sueño de terror, porque él había soñado que remaba y había despertado con los brazos acalambrados.
—¿Tú remabas…, en serio? —Se tragó el cosquilleo que su cuerpo diseminó por todo lo que ella era. Eso se estaba saliendo del ámbito de las irónicas coincidencias para entrar al pantano de las escalofriantes sincronías.
NAVEL36 le contó que no recordaba mucho del sueño, pero que se veía remando con la ropa más incómoda que existía y que sentía mucho peligro a su alrededor.
Cass tuvo que poner la cabeza entre sus piernas y respirar con cuidado unas cuatro veces porque se mareó de puro leer el asuntito del sueño y los remos. Por su parte, el “Ombligo Acalambrado” le preguntó sobre el suyo y ella se limitó a decirle que estaba llorando en un cementerio, la raptaban y la subían a un bote. Se guardó la parte de los remos porque le sonó a demasiado.
Hubo silencio, luego más silencio y finalmente la diseñadora decidió apretar una tecla que hacía vibrar la pantalla y NAVEL36 le dijo que le había dado el susto de su vida, porque estaba pensando en los sueños y se le movió todo.
Ella le envió un abrazo y le dijo que parecía que compartían las pesadillas. NAVEL36 le soltó sin previo aviso algo espeluznante. Reconoció que él también había soñado con un cementerio y que parecía que alguien lloraba.
Cass sintió que la eternidad lanzaba un aullido en su pecho y decidió evadir todo aquello, porque le estaban dando más que estremecimientos. Hizo un salto triple mortal invertido, le preguntó por su perro y si quería saber su nombre. Se le olvidó preguntarle por el tercer idioma, pero NAVEL36 no le dio tregua y agregó en inglés de cátedra de literatura inglesa, si acaso había en su sueño hombres vestidos de negro porque recién los había recordado.
No supo por qué, pero se le llenaron los ojos de lágrimas y se le nubló el mundo. Le pidió que le contara su pesadilla, una frase a la vez, y que ella llenaría los espacios, a ver qué tan parecidos eran ambos, pero en ese preciso momento llegó el “Homo Inoportunus” y le puso las manos en los hombros.
Cuando Cass terminó de gritar por el susto, el “Homo Desagradabulus” estaba acostado y empezaba su serenata de ronquidos vespertina. Y para que todo fuera aún peor, NAVEL36 se disculpó con miles de besos apresurados, su perro necesitaba salir urgente y no había quien lo llevara, así que además de besos le envío un gran ramo de tulipanes como despedida, pero antes le hizo prometer que volverían al asuntito de los sueños al otro día.
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Antes de que los incendios llenaran el cielo de escarlata, antes de que el sol viniera a iluminarlo todo, Cass se vio entrando a una construcción de piedra de las afueras de la ciudad.
Como una marioneta que ha tomado vida de pronto y se niega a representar la misma función noche tras noche, la adolescente que en sueños era Cass, no quería avanzar dentro de esa mole de piedra gris.
Se resistía con toda la fuerza de su cuerpo de niña a punto de madurar, pero su acompañante, el joven Templario, la obligaba esgrimiendo la altura y madurez física de sus veintipocos.
Se vio subiendo por una escalinata de piedra que se tragaba el quedo golpecito de sus zapatos bordados con hilos de plata y sintió el ambiente dulzón del vaho nocturno atrapado en esas murallas de piedra, así como ella estaba ahora.
Llegó hasta la torre, que orgullosa se erguía, dándole una mirada lacónica a toda la ciudad que en ese momento se encendía por llamas insolentes que se comían lo que nunca debió ser profanado.
A su espalda, su salvador/raptor, la urgía a entrar a una habitación donde unas monjas la custodiarían hasta que su familia fuera por ella.
Más que una promesa de seguridad le sonó a sentencia de muerte o mínimo, de encarcelamiento o reclusión forzada. Negó con la cabeza, con el alma, con el corazón y con los suaves bucles color miel que se descolgaban por su espalda de chiquilla a punto de ser mujer.
Le pidió que la dejara ir a su casa por sus propios medios, no es que dijera la verdad, pero tenía que jugarse todas las cartas porque ya se imaginaba el castigo que su padre le daría.
Él le aseguró que allí estaría a salvo, que no insistiera porque debía marcharse. Su deber estaba en otro lugar, no con una niñita malcriada, con esa lapidaria despedida le dio la espalda y empezó a bajar la escalinata de piedra antes sus atónitos parpadeos. No era la primera vez que la dejaban hablando sola, pero que ese arrogante Templario lo hiciera, le colmó el poquito de paciencia que su educación mimada le había otorgado.
En su sueño, Cass hizo algo que jamás se había atrevido a hacer en la vigilia, y es que ese caballero la estaba volviendo loca. Se sacó uno de sus delicados zapatitos y se lo lanzó con furia, frustración y excelente puntería porque le dio de lleno en la cabeza. Y lo que buscaba lo encontró, porque él se devolvió echando chispas por los cielos que tenía de ojos.
La infanta tragó grueso y Cass se revolvió en sueños. Las sensaciones eran demasiado intensas y la estaban superando. No quería despertar, pero tampoco quería mirar esos ojos que la perturbaban más allá de la vigilia y del ensueño.
Pero el caballero Templario tenía otra cosa en mente porque en cuanto llegó a su lado, la miró como si fuera más niña de lo que era, le jaló el cabello y le dijo que a la próxima, se lo cortaba como lo hacían los sarracenos.
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Despertó y tuvo que levantarse a comprobar frente al espejo, que su pelo negro seguía del mismo largo, que no le faltaba un mechón usurpado por la espada vehemente de un caballero temperamental, que sus pies estaban desnudos y no cubiertos por zapatos bordados con hilos de plata.
Cuando volvió a la cama, su mente viajó rápidamente, pero no al lugar de su sueño, si no que al sitio donde ella creía que NAVEL36 estaba. A medida que se adormecía, iba imaginando una casa cercana a un lago, con un bosque en el patio trasero, con aroma a pinos y piso de gravilla.
El sueño la envolvió y se dejó llevar como un corderito indefenso a un lugar mejor.
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Cass se encontró frente a una pantalla o a un escenario, no podía decir cual de las dos cosas era, pero sí tenía claro que era la única espectadora de lo que allí sucedía.
Vio en esa representación tridimensional a una niñita de cabellos color miel que en brazos de un joven lanzaba carcajadas al aire.
El primer estremecimiento le vino cuando reconoció el lugar en el que estaban, el mismo castillo de paredes enormes y pisos de piedra de otro de sus extraños sueños.
En uno de sus parpadeos, la escena cambió y la niña estaba sentada en las rodillas del joven. Él le daba de comer de su plato con un desborde de ternura que encolerizaba a una muchacha de cabellos rubios que de pronto apareció en el sueño/obra de teatro hiperrealista.
Cass estiró la mano pero no pudo tocarlos, aquella chica le parecía conocida pero no lograba recordar de qué otro lugar o sueño o pesadilla la conocía.
Le llamó la atención con la insistencia que esa bella jovencita movía su pie sobre las lozas desnudas, mientras el joven mimaba a destajo a la chiquilla de cabello como la miel.
Algo tiró de Cass y de su cabello, se encontró en una habitación distinta donde la joven de cabello como el oro peinaba a la niña, que lloraba con tal efusividad que podría haber roto una cristalería completa con sus berridos.
El sueño empezó a teñirse de pesadilla cuando la muchacha fue trenzando el pelo de la pequeñita y no lo hacía con amor o suavidad, de eso podía dar fe Cass, porque sentía en su cabeza los tirones apoteósicos que las manos albas le daban a los tirabuzones de la niña.
Un nudo se le instaló en la garganta cuando cruzó una puerta y ya no había niñita, si no que se encontró en otro sueño que se le hizo aterradoramente familiar. Estaba sentada en el contrafuerte de una ventana y a su alrededor la gente se movía en cámara lenta.
Se dio cuenta con otro estremecimiento que ahora ella formaba parte de aquel circo y que sabía muy bien lo que venía a continuación. Por más que intentó despertar, su mente o su cuerpo o la parte encargada de soñar, no le hizo caso y siguió prisionera de aquella tempestad donde se veía correr y llegar a una puerta por siempre cerrada.
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Cuando Cass despertó, tenía la cara, las manos, la almohada, el pijama y el corazón, bañados en lágrimas. Los sollozos le duraron en su viaje de ida y regreso al baño. Tampoco se le acabaron al meterse a la cama y siguieron largo rato hasta que se dejó vencer por el cansancio y se entregó a los brazos del dios Morfeo, porque a los brazos del “Homo Roncadurus” era imposible, ya que le daba la espalda y le quitaba las mantas.
La mañana lucía nubes gordas y unos adorables doce grados cuando entró a la ducha, y fue allí, al amparo del vapor y las burbujas de jabón que llegó a la conclusión que: o el estrés la tenía medio loca, o esos sueños eran algo más. Qué cosa, no tenía idea, pero no eran simples repasos de lo hecho en el día, como decían cientos de psicólogos, psiquiatras, neurólogos y otros matasanos del mundo. No, definitivamente allí había algo más rondando sus lindas y agotadas neuronas.
El día fue una larga cadena de tonterías unidas por un montón de incongruencias y malos ratos. La clase de inglés fue el peor momento de la jornada, porque al obsesivo del profesor se le antojó una prueba sorpresa y Cass tuvo que exprimir su último pedacito de cerebro activo para contestar el tropel de burradas que le preguntaron sobre sus vacaciones.
Era tarde, era miércoles, era día de llenar el refrigerador y la despensa, y era momento de vaciar su billetera.
Deambuló por los anodinos pasillos del hipermegaultra supermercado buscando lo básico para alimentar al “Homo Comodus” y a sí misma. Arrastró su cansada persona por aquel laberinto de etiquetas y sustrajo lo primero que encontró, porque estaba harta de ser sólo ella quien visitaba ese antro de vituallas y pertrechos, ya que el “Homo Estorbusus” esgrimía en su defensa, que le cargaba comprar.
Dos pasos antes de aterrizar en la caja para ser literalmente asaltada por la cajera, decidió hacer un viraje de 360 grados en su vida y en su asquerosa rutina. Dejó el carro lleno que llevaba, tomó otro vacío y se fue directamente a la zona de productos light, diet, libres de calorías y similares.
—Ya que el “Homo Mañosus” no compra, pues que se aguante lo que yo llevo al hogar —se repitió mentalmente mientras su carrito de compras engullía todos aquellos manjares adorablemente plásticos que tanto bien le hacían a su autoestima.
Llegó a su muy aburrido departamento con cuatro bolsas llenas de alimentos que no pasaban de las diez calorías por kilo y al ritmo de su última adquisición musical, fue depositándolos en su correspondiente nichito, pensando en la cara de terror que pondría el “Homo Exquisitus” cuando viera que todo lo que él odiaba para comer, sería lo que lo alimentaría las siguientes semanas.
El cansancio llegó y con él, el “Homo Alaracus” que dio el alarido de su vida cuando fue por cerveza y se topó con jugos diet.
Cass sonrió, alzó una ceja y le dio la espalda, lo que menos quería era discutir con él. Se había cansado de tratar de imponer sus puntos de vista a base de charlas interminables en las que sentía que la oía pero no la escuchaba. Así que se fue al PC con una bandeja donde brillaba una copa llena de jugo diet, queso light, pan negro y carne magra de pavo famélico.
Iba a conectarse cuando el “Homo Majaderus” llegó a su lado y la tercera guerra mundial dio comienzo. A él podían negarle todo, incluido el sexo, pero que se metieran con sus alimentos era impensable. Defendería a brazo partido su derecho a atiborrarse de calorías, grasa, colesterol y triglicéridos.
La diseñadora rodó las pestañas, achicó las pupilas, enarcó los brazos y lo mandó al demonio en pocas palabras. Le sonrió un “¿crees que me importa?” y dio por terminada la discusión enarbolando la dirección del hipermegaultra supermercado y una mueca recién planchada.
El portazo que dio el “Homo Furibundus” soltó un cuadro de la pared y Cass decidió que a la próxima pataleta, tomaría sus cosas y se largaría de allí.
No estaba para nada preocupada, molesta o herida, ya había dejado atrás esos sentimientos o síntomas de enamoramiento, ahora sólo le agradecía que se largara.
Se conectó a la red y suspiró profundo cuando apareció NAVEL36 con un gran ramillete de violetas, bellas, brillantes y, hasta diría que, aromáticas. Ella se las agradeció con la chiquita que enviaba besos a manos llenas y él de inmediato le pidió que le hablara de su sueño.
Cass tragó arena caliente, su calma soltó vapores místicos y le solicitó que siguiera su juego. Que él escribiera una frase contándole su sueño y ella añadiría la siguiente narrando su propia pesadilla.
NAVEL36 aceptó y le mandó la primera frase. —Soñé que estaba en un cementerio. —El traductor simultáneo era realmente bueno.
Cass marcó una equis en el papel que tenía al lado del teclado. —Soñé que era de noche y que yo lloraba frente a una lapida.
—Era una noche tibia y oscura. —NAVEL36 parecía susurrar el relato en su oído.
—Yo tenía mucha pena y alguien interrumpía mi llanto. —Cass luchaba contra algo que no podía llamar susto, que borboteaba en el lugar donde palpitaba su vida.
—Estos sollozos terribles molestaban la paz de esta noche perfecta y me era terrible oírlos —añadió NAVEL36.
Los escalofríos tomaron como resbalín la columna vertebral de Cass. Deseaba que NAVEL36 estuviera frente a ella contándole ese raro sueño compartido y poder bucear en sus pupilas buscando explicaciones y calma. —Ese intruso me impedía llorar y yo lo mandaba al demonio.
—Yo remaba y había alguien conmigo en ese pequeño bote. —Le envió NAVEL36, ella lo leyó y soltó un “ay” desde el fondo de su alma.
—Me raptaban… —Cass no pudo seguir escribiendo, de alguna parte dentro de ella, emanó un caudal de lágrimas y sus manos temblaban tanto que no podía apretar las teclas para enviar el mensaje.
Los instantes teñidos de eternidad se apelotonaron junto a las lágrimas que mojaban sus manos. Tan largo fue su silencio que el “Ombligo Soñador” le envío un mensaje atolondrado. —¿Qué te pasa? ¿Estás allí? Háblame… por favor.
Ella no pudo contestar, no pudo más que sollozar y varios minutos después con un esfuerzo sobrehumano, pulsar la tecla “ENVIAR”.
Hubo un milagro cotidiano entre ellos, eso le pareció a la diseñadora porque NAVEL36 escribió un testamento enorme que le secó las lágrimas y la dejó muda un buen rato, hasta que terminó de leerlo en el traductor y volvió a llorar a mares.
—Soñé que no era yo, pero a la vez sí lo era. Soñé que estaba en un lugar que conozco pero que he olvidado, un lugar que me era tan familiar que me sentía en paz conmigo mismo, algo que no sucede a menudo. En ese sueño o lo que fuera, había alguien, una persona que estaba tan triste que su congoja se hacía mía y me apretaba el corazón. Soñé que algo dentro de mí me impulsaba a cuidar de ese pequeño ser, era mi deber consolarlo y acallar sus sollozos que a la vez eran míos. Sus lágrimas salían pero eran el eco de mi propio pesar. Soñé que me acercaba y era rechazado, y nunca en mi vida he sentido tanta soledad como en ese momento. Luego todo fue peligro, hasta que el mar nos recibió y ocultó en ese pequeño bote que era lo más incómodo que existía, pero que a la vez me hacía feliz estar allí con esa persona que ya no lloraba. Soñé que remaba y aunque me dolían los brazos, me sentía bien hacerlo. Mis sueños casi nunca los recuerdo, jamás había soñado algo que fuera tan nítido ni tan intenso, y quiero que me cuentes el tuyo, OJOSOSCUROS, porque lo único que recuerdo de mi acompañante, son sus profundos ojos color noche.
Cass se sostuvo de un sentimiento que no sabía que tenía, se limpió las lágrimas con el dorso de la mano y dejó que sus dedos pulsaran las teclas en perfecta armonía, claro que hiló sus palabras en el único idioma que su corazón hablaba, el español.
—En mi pesadilla me encontré con alguien que tenía los ojos más lindos del mundo. Alguien a quien ya he visto antes en mis sueños. Lo he visto morir, besarme, remar, raptarme y amenazarme. Lo he sentido lejano y tan cercano como la piel de mis manos. En ese sueño me protegía y a la vez me agredía, ¿cómo? no lo sé, pero de alguna forma hacía algo que cambiaba ese trozo de sueño que viví de noche.
Pasó un rato largo, tan largo y derretido como los suspiros y bostezos de la diseñadora. Cass supuso que NAVEL36 estaba traduciendo sus palabras o que estaba llamando al psiquiátrico más cercano para mandarlos por ella.
Cuando la ventanita volvió a relucir con un mensaje del “Ombligo Sensible” ni las pestañas de la chica daban crédito a lo que leían.
—¿Crees en la magia?
Cass iba a contestarle pero llegó el “Homo Odiusos” y todo se vino al suelo porque se colgó del timbre y sólo dejó de aporrearlo cuando ella le abrió la puerta.
La imagen que se descubrió frente a sus abiertos ojos era la síntesis perfecta de lo odioso, patético y ridículo. El “Homo Ineptus” traía tantas bolsas de supermercado colgando de los dedos que parecía un “Ekeko de plástico”, tenía además, la cara roja por el esfuerzo, las llaves del auto le colgaban de la boca y la camisa se le escapaba por un lado del pantalón que lucía un bello y amoratado rosetón de yogurt en la rodilla izquierda. Una de las bolsas goteaba algo lechoso de color morado y otra empezaba a rasgarse a la mitad, dejando escapar hilos de cerveza.
Ella sonrió, más bien se carcajeo, le dio la espalda y se alejó con toda la intención de volver al PC a continuar la charla más profunda y significativa de su vida. Craso error, el “Homo Ofendidus” mal interpretó su poca colaboración y luego de soltar su cargamento de bolsas plásticas en el pasillo de entrada, la siguió para continuar su versión de la tercera guerra mundial.

Eran las tres de la mañana cuando apoyó la cabeza en la almohada, estaba sola en su habitación y deseaba seguir así por un largo tiempo.
El “Homo Intratabelus” dormía en el sofá cama de su oficina hogareña, luego de haber protagonizado una batalla campal de quejas, recriminaciones, acusaciones, alegatos y cobranzas estúpidas frente a ella. Todo porque se atrevió a comprar comida plástica, como él insistía en llamar a los alimentos bajos en calorías.
Él había empezado a reclamar por los alimentos y siguió con su falta de atención, para terminar diciéndole que parecía que ya no lo quería, y la bomba la detonó la propia Cass al darle la razón. Fue tan honesta que ni siquiera le dolió la cara que le puso él, cuando reconoció que hacia rato que estaba considerando la posibilidad de largarse a retomar su soltería.
El “Homo Espantadus” se puso tan pálido que ella pensó que se desmayaría ahí mismo, pero eso no sucedió, sólo se sentó en el borde del sofá y se agarró a cabeza con ambas manos preguntándole “¿Por qué?” ya que según su pedestre mirada, ellos eran felices.
De pálido pasó a cadavérico cuando Cass tomó aire y le dijo que “feliz” no era precisamente la palabra que ella usaría para autodefinirse. A continuación y sin tomar aire, le soltó todo lo que le molestaba de él; cuando terminó, el “Homo Deprimidus” fue a la habitación que compartían, sacó su pijama, su almohada y se encerró en la oficina hogareña sin decir palabra alguna.
Cass se dio una ducha, se acostó y se durmió con el firme propósito de buscar un departamento para ella y su vida, al otro día.
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Su cuerpo de adolescente estaba cubierto por ropas de hombre, finas y muy bellas. Sus pies iban metidos en botas tan suaves que parecían calcetines hechos de algodón o de nubes. Tenía el pelo hasta los hombros y se sentía bien con ese bienestar que da la libertad y la certeza de ser dueña de sus acciones.
Estaba en una habitación humilde, fría y sencilla, con un mobiliario mínimo pero que se le antojaba digno de reyes.
Dos camas de madera rústicas a más no poder, una mesita o velador o algo por el estilo con una vela tan entumida que apenas iluminaba, y la mala imitación de una cajonera encima de la que dormitaba un cuenco con agua, eran todo lo que había allí dentro, pero en su sueño, la diseñadora consideraba que era suficiente para ser feliz. Se sentía cómoda y plena en esa enclenque habitación de media estrella.
A su lado había alguien y al girar la cabeza se encontró con los ojos más lindos del mundo mirando el lugar con pavor. Él se disculpó con palabras atolondradas mientras dejaba el morral en la cama.
En su sueño, Cass se vio desnudarse frente a la cama donde dormía el dueño de esos ojos del color de los bosques jóvenes. Nunca antes se sintió tan salvaje y decidida, tan enamorada y dispuesta a algo. Y tampoco, nunca antes sintió que no tenía la menor idea de lo que pasaría si se metía a ese lecho, pero algo dentro de ella la impulsaba a seguir y levantar la humilde manta que cubría el cuerpo desnudo del caballero Templario.
Sintió el placer nacer en el cuerpo de la jovencita que en ese sueño ella era. Experimentó por primera vez un calor tan abrasador que pensó que la consumiría y moriría, pero nada pasó, salvo que el joven de cabellos de oro, la miró como si ella fuera un ángel que lo bendecía con su presencia etérea. El fuego seguía creciendo en su interior y se convirtió en incendio cuando acercó su boca a la de él.
Jamás en su vida diaria se había sentido así de decidida, así de enamorada y así de instintiva. En ese extraño y ardiente sueño, ella era una virginal doncella dispuesta a dejar de serlo sólo por un beso, por una caricia o por una mirada de esos ojos preciosos. Y su compañero de lecho, el joven Templario, al parecer pensaba lo mismo, porque de lo reticente y asustado que parecía cuando ella se deslizó en su cama, cambió a osado y resuelto tomándola por la cintura y brindándose por entero en un beso perfecto.
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Su cuerpo despertó lentamente, su mente se fue incorporando a este lado del mundo con la gracia de una flor que abre sus pétalos para ser acariciada por el sol. Sus ojos suspiraron satisfechos y su piel onduló buscando a ese hombre que en sueños le había otorgado el momento de placer sensual y sexual más intenso y real que cualquiera que hubiese tenido en su vida.
Revisó hasta debajo de la almohada y en el bolsillito de su pijama buscando algún rastro de su amante del sueño sicalíptico, porque no podía ser sólo una alucinación. No, eso no se soñaba ni se imaginaba, esa forma de mover las manos y quemar la piel, una no se la inventaba por muy necesitada, borracha o loca que estuviera.
Cuando la resignación llegó, ya era hora de levantarse. En su viaje al baño descubrió que el “Homo Desilucionadus” ya no estaba. Seguramente se había marchado muy temprano a la oficina para no verla. Esa fue la segunda buena noticia del día. La tercera llegó cuando le pidió la jornada siguiente libre a su jefa para buscar un departamento donde mudar su vida y ella le dio el resto de la semana.
Pero como todo no podía ser perfecto, llegó el primer escollo a sus planes, convertido en un cartero que apareció con el ramillete más grande de rosas rojas de tallo largo que había en el mercado.
La tarjeta era un paseo a la poesía rimbombante y de muy mala calidad, y se notaba que el “Homo Despreciadus” había hecho un esfuerzo titánico para escribirla. En ingenuas palabras de trazos torpes le pedía disculpas por “todo”, como si con un ramillete de rosas se pudiera componer lo roto y parchar lo averiado.
Cass apretó el cartoncito cuando sonó su celular y la pantalla delató que era el “Homo Pseudos-romántico” quien llamaba. Contestó con la frialdad congelando a sus alrededores. Sin anestesia le dijo que podía mandarle un contenedor de rosas y que no la convencería de no buscar un espacio propio, y a los ruegos disfrazados de objeciones que él le soltó, les puso atajo diciéndole que no era el momento ni la forma para hablar, que si quería, hablaban en la noche.
Cuando cortó la llamada, le regaló una rosa a cada mujer que trabajaba con ella. Les dijo que era para olvidar las malas decisiones y aplaudir las buenas.
Y la noche llegó con una carga de calor y humedad desacostumbrados en esa latitud del mundo.
Se armó de paciencia, se puso una máscara de indeferencia y subió a su departamento dispuesta a enfrentar a ese león herido que durante diez años había llamado “pareja”.
Él estaba esperándola, pero no parecía un león herido si no un cordero vencido. Apenas ella cruzó la puerta, le soltó una declaración de amor que le secó la sangre. Admitió que tenía razón en todo, que se había dado cuenta que el asuntito de la comida era por su bien, no por fregarlo. Le pidió disculpas, perdón, clemencia, piedad y misericordia. La chantajeó con los diez años que llevaban juntos y le rogó que le diera una nueva oportunidad.
Cass sólo parpadeaba y se contenía las ganas de lanzarle algo por la cabeza, sabía de antemano a dónde llevaría todo ese despliegue de macho arrepentido y no pensaba aceptarlo. Cuando el “Homo Lagrimógenus” dejó de prometerle cambios y cosas, ella le hizo un mohín, dejó su cartera en el sofá y fue hablando mientras se quitaba los zapatos y el maquillaje.
Le dijo que no le creía, que por muchas promesas que hiciera sabía que sólo durarían un par de meses. Que volvería a ponerse trabajólico y gruñón, que lo entretenido que hacían quedaría relegado a algún fin de semana esporádico, que los abrazos y los besos apasionados sólo aparecían cuando él quisiera algo más húmedo y que ella estaba harta de todo eso.
Él jadeó, negó, pataleó, gritó y hasta llegó a amenazarla de que no encontraría dónde irse, que nadie la querría y que terminaría sus días sola y llena de gatos.
Cass aplaudió, agarró su cartera y antes de meterse a la habitación le soltó con su tono más hiriente. —Prefiero eso a seguir a tu lado. —Y se dio la vuelta decidida a cerrar la puerta con el portazo más fuerte que pudiera esgrimir, pero antes de hacerlo, él la tomó de un brazo y le plantó un beso de antología.
Cuando el “Homo Desesperadus” la soltó, le hormigueaban las manos por darle el bofetón de su vida. Lo miró con odio y lo empujó para meterse a su habitación y darle con la puerta en la nariz.
Pero él no pensaba abandonar su cometido, se empotró al lado de la puerta cerrada y fue hablando con voz de gato resfriado. Le dijo como mil veces que la quería, que no lo dejara, que le diera una oportunidad. Le contó que tenía que viajar por una semana y le rogó que no se fuera hasta que él volviera, que arreglarían todo, que cambiaría.
Una hora después de promesas y ofrecimientos, cuando la voz ya le salía como gorjeo al “Homo Suplicantus”, la diseñadora abrió la puerta y aceptó esperarlo. Le aseguró que no se iría hasta que él estuviera de regreso, pero le advirtió que no se hiciera muchas esperanzas, porque la tenía harta.
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Su sueño fue caótico, lleno de retazos de pesadillas ilustradas por el mago más cruel que existía. Se mezclaban las situaciones sin orden ni lógica, sin tiempo ni espacio. Personas que hacía años no veía, danzaban enfebrecidas junto a quienes jamás esperó encontrar metidos en sus alucinaciones.
De pronto todo se volvió bruma y el tiempo se hizo eterno, sus percepciones se aletargaron y se sintió flotar con pesadez hacia un camino sutil.
Frente a ella apareció el dueño de esos ojos tan bellos y extendió su mano para que se acercara. La miraba extasiado y parecía llamarla en un lenguaje de parpadeos y sonrisas.
Cass corrió en pos de él, al menos lo intentó, porque el piso se hizo aún más blando tragándose sus movimientos y quitándole fluidez a sus intenciones. El ambiente que antes era tibio y agradable se fue tornando frío y el hombre frente a ella comenzó a alejarse. No se movía pero se apartaba y el piso ondulaba, separándolos.
Con toda la fuerza que se puede usar en una pesadilla, la diseñadora corrió para acercarse a él, y cuando su pie dio el primer y esforzado paso, chocó con algo que emergía de la tierra. Desesperada miró aquel escollo que resultó ser un muro de ladrillos rojos que crecía sin control.
Siete veces sus pasos fueron frenados por murallas que nacían de la tierra, crecían desquiciados y la separaban cruelmente del caballero Templario. Cuando fue a sortear el último, el dueño de los hermosos ojos se diluyó en un torrente de niebla, desapareciendo por completo, pero al igual que el gato de Alicia, sus ojos fueron lo último que se unió a la bruma. Cass gritó con todas sus fuerzas. —¡¡PHILLIPPE!! —Y se despertó resoplando como nunca en su vida.
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Era tarde, casi las nueve de la mañana, el sol se colaba por los pliegues de la cortina y la libertad hacía caravanas alrededor de la diseñadora. La cama era un delicioso caos de sábanas y almohadas. Y por cada rincón de su mundo se respiraba aroma a quietud, aunque seguía teniendo la sensación de frustración atascada en el pecho y no dejaba de preguntarse por ese Phillippe que se le escapó de la garganta con tal fuerza que imitó a un trueno.
Lo meditó durante un rato de minutos largos y bostezados, incluso se le escaparon un par de lágrimas al recordar como él se había esfumado, como si fuera el gato de Alicia del que sólo perduraran los ojos en el recuerdo.
Se levantó descalza, vagó por todo el departamento mientras un concierto de Elgar salía a muy alto volumen del equipo de música. Se regaló varios mimos, como darse un baño de espuma y sentarse desnuda al PC a desayunar fruta, queso y galletas de salvado, junto a un copón de leche con más chocolate del que consumiría un pueblo chico durante un mes.
Lo primero que hizo fue buscar las páginas web donde se anunciaban arriendos y marcó varios con una sonrisa maquiavélica en el rostro. Le había asegurado al “Homo Desesperatus” que lo esperaría pero jamás le prometió no arrendar un departamento para ella en el intertanto.
Después de todo, la decisión ya la había tomado, a partir de ese momento volvía a ser agente libre. El “Homo Desechadus” empezaba a formar parte de su pasado, lo quisiera o no.
Se atragantó con una frambuesa cuando apareció NAVEL36 en su chat, sonriéndole con la carita frenética que saltaba cual rana y de inmediato le preguntó si creía en la magia.
Cass le mandó un beso tímido y le dijo que creería, si en ese momento le explicara cómo podría ayudarla la dichosa magia.
El “Ombligo Místico” le envió centenares de besos. Reconoció que ya tenía otra frase para su canción y le suplicó que hablara con él, porque la necesitaba.
La diseñadora le soltó sin mucho tino que de seguro sólo la necesitaba para terminar la canción y NAVEL36 de inmediato le mandó un: —¿Qué te pasa? Estoy preocupado por ti.
Fue suficiente para que pequeñas lágrimas empezaran a decorarle la cara y sin pensarlo mucho le fuera contando en una mezcla horrenda de español e inglés, su sueño triple equis y su continuación macabra.
NAVEL36 le mandaba mensajes pidiéndole que usara sólo inglés, porque aquel enjambre de palabras no lograba entenderlo, y que además, como estaba en su blackberry no podía desplegar el traductor universal para saber de qué hablaba.
Cass escribía, lloraba, hablaba sola, mascaba queso y volvía a escribir. La música transitaba por la parte más triste y su corazón daba tumbos contra sus recuerdos.
El “Ombligo Preocupado” dejó que ella se desahogara y durante diez minutos todo fue lágrimas, trozos de ambos sueños y fruta.
Cuando la chica logró cortar el caudal de angustia que había acumulado, se dedicó a leer la de barbaridades que le había mandado a NAVEL36 y se limitó a mandar un “Perdón” escarlata.
Él le pidió que fuera traduciendo, en la medida de lo posible, sus palabras y le explicara que demonios le pasaba. Y agregó que por favor, no censurara nada, porque parecía que habían soñado lo mismo.
Las mejillas de la diseñadora se volvieron dos tomatitos muy maduros, se le cayó el queso, casi da vuelta la leche sobre el teclado y se le olvidó escribir en inglés, pensar en español y hasta cómo se llamaba. Y por supuesto, como el universo conspiraba contra ella con macabra puntualidad, sonó el teléfono y casi se muere de un infarto con el chillido odioso del aparato. Astutamente decidió no contestarlo, porque de seguro era el “Homo Molestosus” y ya era hora que se hiciera a la idea de que ella no estaría disponible cuando a él se le antojara.
Volvió a concentrarse en NAVEL36 con la firme promesa de dedicarle toda su atención al menos una hora. Inspiró, expiró, se limpió las lágrimas y fue traduciendo palabra por palabra lo escrito.
La ausencia total de respuesta por parte de él, la ayudó a seguir su monólogo, porque de lo contrario no habría sido capaz de reconocer que en ese sueño había obtenido más placer sexual del que había tenido en toda su vida, y también añadió que la ternura y el amor habían sido infinitamente superiores a cualquier cosa que hubiese recibido despierta.
Cuando terminó de escribir suspiró desde lo más honesto de su alma y esperó.
No fue larga su espera, porque de inmediato apareció un testamento de NAVEL36 en el inglés más atarantado y emocionado que pudo teclear en su blackberry.
Le contó que había tenido el sueño erótico más bello de su vida, que se sentía amado y aceptado, que por primera vez su despliegue romántico había sido comprendido y que su compañera de lecho era la mujer más tierna del mundo y también la más ardiente.
Cass le pidió que la describiera, lo que recordara, en sus palabras, en sus emociones y esperó con la calma pendiendo del hilo de su ilusión.
NAVEL36 fue tecleando lentamente, como si paladeara cada sensación rescatándola de ese sueño especial, cada vocablo parecía haber sido elegido con pinzas en el diccionario de las palabras maravillosas para románticos empedernidos.
—Ella era la ternura hecha persona…, era suave y envolvente, salvaje como sólo una mujer puede llegar a serlo, con esa delicadeza bucólica que conmueve.
Cass se limpió la única lágrima que se deslizó por su mejilla.
—Era mujer y niña a la vez, no pienses que soy un pervertido, pero emanaba un aire lúdico en sus movimientos que parecía estar jugando cuando su cuerpo ondulaba o cuando sonreía.
Las palabras brillaban en la pantalla y la diseñadora, que seguía desnuda, se abrazó a sí misma y subió una de sus piernas a la silla, adoptando la posición: “Desvalida y conmovida”.
NAVEL36 continuó su relato aún más inspirado. —Ella era todo lo que he buscado en una compañera, pero sólo fue un sueño, el más real y maravilloso que he tenido en mí vida.
—Tal vez no fue un sueño… —Cass suspiró desde su propio recuerdo y apretó enviar—. Tal vez fue algo de magia desquiciada —agregó.
—OJOSOSCUROS, cuéntame tu sueño, por favor. —Le pidió destilando ternura y la chica desnuda se mordió la calma. Se lanzó de cabeza al romanticismo y fue tecleando una sinfonía enamorada para el “Ombligo Incógnito”, imaginando que era ese Phillippe, que en sueños, la había hecho completamente feliz como nunca nadie la hizo en su rutinaria vida.
—Había un hombre, un joven, dueño de los ojos más bellos que he visto, que me quitaba a la jovencita que era y me devolvía a la mujer que anhelo ser. Me recubría de caricias preciosas reinventándome a cada centímetro que sus dedos palpaban de mí. Era como si destilara amor por todo lo que yo era en ese sueño. —Cada vez que Cass tenía que apretar la tecla “enter” para enviarle sus palabras a NAVEL36, le temblaban las manos. Sentía que abría la caja de Pandora y que ya nunca podría dar pie atrás, y a pesar del susto que tenía, lo hacía sabiendo que ese era su destino. Era tal su emoción que dejó pasar unos segundos para que terminara de repicarle el corazón en los oídos y sus manos se quedaran quietas.
El “Ombligo Romántico” volvió a la carga. —OJOSOSCUROS dime que sigues allí y que ya crees en la magia.
Cass cerró los ojos y escribió en español, adivinando donde estaban las letras correctas, cuando separó los parpados no tuvo nada que corregir, sus manos hacían lo correcto. Apretó enviar con la decisión con que se da un salto al vacío. —Creo en la magia, pero también creo que a veces el destino o la vida te juega bromas macabras con el peor sentido del humor que existe. Creo que por alguna razón soñamos lo mismo, o algo muy parecido. Creo que necesito saber más de ti pero me da miedo preguntar, creo que si averiguo más de NAVEL36, la burbuja de magia se va a reventar y no lo soportaría. Creo que es mejor que crea que sólo es una coincidencia sarcástica, y no algo más profundo y aterrador.
El teléfono volvió a timbrar reventando los bellos segundos de silencio que se habían apiñado alrededor de la diseñadora.
Cass gritó y sin dudarlo, tomó el aparato y lo lanzó contra la pared. Ahí quedó el pobre instrumento de comunicación, convertido en cables, plástico y botones sin orden ni control.
NAVEL36 le mandó un mensaje tan emotivo como perturbador había sido el suyo. —No hay mucho que pueda contarte y que sea tan interesante como lo que ya sabes de mí. Yo tampoco sé mucho de ti, pero lo que conozco me maravilla. Sé que escribes mal el inglés cuando estás nerviosa o asustada, pero que tu español es precioso. Sé que no tienes perro ni mascota y que últimamente has llorado mucho. Sé que dices cosas bellas porque piensas con esa belleza que sólo emana de los artistas. Sé que te gusta la música clásica porque a veces tu chat te delata, y adivino que tu cultura musical es amplia como espero que sea amplia tu forma de ver al mundo.
—Nunca nadie me definió así y ni yo sabía que podía serlo, pero me has descrito de la manera que anhelo ser… —Ya no había lágrimas en la cara de la diseñadora, pero su corazón chapoteaba en un lodazal de emociones encontradas y alebrestadas que nunca antes experimentó—. “¿Y tú NAVEL36, cómo eres?
—Soy lo que tú conoces de mi, o lo que tú crees que soy. —La sinceridad y la certeza de sus palabras hizo que Cass se estrujara las manos antes de contestarle.
—Creo que eres un romántico “Ombligo Políglota”, dueño de un perro mimado. Que tiene una canción inconclusa al lado de un tazón lleno de chocolate caliente, que se conecta a Internet para darse permiso de abrir la cajita donde guarda sus emociones. Creo que tienes una barba blanca muy larga que se llena de estática y que te hace lucir culto y mucho mayor. Creo que la sabiduría de la que haces gala la aprendiste en una vida bien vivida y disfrutada. Pero por sobre todo, siento que eres una persona genial y la única con quien deseo compartir tazones colmados de conversaciones sobre sueños raros y bucólicas coincidencias.
Al parecer el discurso de Cass fue algo que NAVEL36 no esperaba, porque como única respuesta recibió un: —¿BARBA BLANCA…? ¿Qué edad crees que tengo?
—Upppsss… —La diseñadora envío varios emoticones que arrugaban la nariz como diciendo “lo siento si te ofendí”.
—No te preocupes, mucho de lo que dijiste es cierto, gracias…, pero ¿barba blanca…? ¿De dónde sacaste eso?
—Ehhh…, tú me lo contaste. Me dijiste que tu barba se llenó de estática cuando te dormiste junto al teclado.
A modo de respuesta el “Ombligo Bromista” le envió una seguidilla de emoticones muertos de la risa, otros que enviaban besos y al final uno que guiñaba un ojo de la forma más coqueta que existía.
Cass se estremeció, aquella vocecita majadera que durante el último tiempo se había quedado en un silencio respetuoso, ahora chillaba como loca en su cabeza y peor aún, en los alrededores de su alma. Insistía en advertirle algo que no lograba entender. Se levantó con la gracia de una gacela, fue por algo de ropa y volvió para seguir aquella extraña conversación con el “Ombligo Barbado”.
Como no le envío respuesta por algunos minutos, a su regreso un: —¿Estás bien? —La esperaba con algo de ansiedad.
—Sí, fui por algo de ropa.
—¿Qué, acaso estabas desnuda?
—Sí.
El ping pong había sido rápido y no muy madurado, al enviar el último “sí” Cass se arrepintió y tamborileó los dedos sobre las teclas esperando la contra respuesta de NAVEL36, que llegó convertida en un WOW, rojo, del doble del tamaño acostumbrado y seguido de un: —Necesito instalar una cámara.
La seriedad se había ido de paseo, ambos, al parecer, en tácita y sincrónica alianza habían decidido obviar aquello que les escocía la lógica. Pero si bien Cass prefería soslayar el tema, NAVEL36 no, y volvió a él de cabeza y sin rodeos.
—Me diste una gran frase para mi canción inconclusa y te perdono aquello de ser mayor y tener barba blanca, pero no creas que lo olvidé, como tampoco olvidaré que en mi sueño estaba la mujer a la que busco desde que tengo recuerdos.
Ante aquella declaración de principios la diseñadora no tuvo más remedio que hacer una reverencia elegante y agregar derrochando sarcasmo. —Pues, no vayas a creer que yo te perdoné el que uses mis maravillosas frases sin mi permiso para armar tu canción. Algún día tendrás que darme algo por ellas. Sobre todo cuando “nuestra” canción sea famosa.
Hubo silencio, hubo pantalla sin emoticones, hubo más segundos suicidándose en el reloj del computador, hubo un chat abandonado y NAVEL36 no apareció más.
Cass le envío besos, flores, emoticones divertidos y otros no tanto, hizo vibrar el chat, lo dejó quieto, lo cerró y abrió varias veces pero con nada obtuvo respuesta. El “Ombligo Ofendido” había desaparecido. Sonrío, lanzó una carcajada triste y luego se quedó en silencio; puso su mano en la pantalla y agregó bajito. —Lo siento señor “Ombligo”, no quise decir lo que sea que dije para que te marcharas así.

El día transcurrió rápido y oscuro. A pesar de que el sol insistía en quemar todo lo que tocaba, diciembre se freía al amparo de la primavera meridional y Cass languidecía buscando una respuesta a la desaparición brutal de NAVEL36.
La tarde la llevó a varios departamentos en arriendo que resultaron no ser tan encantadores ni tan adorables como su aviso ofrecía. La clase de inglés fue un mero trámite para aceptar que el dichoso “should” era un maldito trabalenguas que jamás podría pronunciar bien.
La noche la encontró casi a oscuras en su departamento, con una copa de vino rosado, con velas encendidas y una melodía en algún idioma rarísimo que había seleccionado al azar y que, a pesar de no entender un ápice de lo que decía, la hacía sentir melancólicamente comprendida.
Se conectó al chat sólo para encontrar una razón para llorar, pues estaba segura que NAVEL36 no acudiría a su sobrentendida y no acordada cita; Y esa noche ella necesitaba desbordarse en lágrimas, ahogarse en su nostalgia y vaciarse los ojos de diez años de cosas que la ataban al “Homo Aburridus”, para luego, decirle adiós como correspondía. Sentía que no tenía suficientes razones que lograran sacar sus lágrimas por el que se hacía llamar su pareja, pero sin embargo, por la desaparición sin lógica de un extraño, tenía mucha pena y suficientes razones para deshidratarse por los lagrimales.
Necesitaba un rito, una ceremonia para cerrar un ciclo y empezar otro. Su sensibilidad de artista de medio tiempo, le exigía un momento de máximo patetismo, un bajar a las raíces más oscuras de sí misma para luego emerger, para renacer con otra piel y con otras metas que la llevaran hacia su nueva vida, sin el “Homo” que durante diez años fue su “Homo”.
El chat pareció destellar cuando NAVEL36 apareció y le envío un “DISCULPAS” más que grande, pintado de un bello verde esmeralda y acompañado de una carita que hacía pucheros.
—¿Qué te pasó en la mañana? —Cass no lo podía creer, justo cuando necesitaba que no apareciera, el muy desconsiderado se materializaba puntualmente.
—Me caí… y no era de mañana, era la tarde.
—¿Te caíste? ¿Puedes contarme qué te pasó? ¿Estás bien? —Se atarantó y atragantó preguntándole.
—Sí, sí… no mucho.
—¿Qué? —Cass olvidó sus planes de rehogarse en patetismo gracias a la puntada de curiosidad que las palabras del “Ombligo Reaparecido” le habían disparado. Siempre le pasaba lo mismo, saber de él, se había convertido en su deporte favorito y nunca tendría suficiente.
—Sí, me caí. Sí, puedo contarte qué me pasó. Me caí en la nieve y no, no estoy bien. Tengo un morado del porte de Australia y me duele una de las partes más adorables de mi persona.
Ella no supo qué decir, se limitó a beber de su copa y le envió un signo de interrogación que sangraba.
—Gracias, necesitaba ese tipo de apoyo. —El “Ombligo Aporreado” seguía usufructuando de su humor negro. No podía estar tan mal como sonaba.
—¿Nieve? Pero si estamos en primavera… —En el instante que vio como su mensaje se materializaba en el otro lado de la pantalla, se dio cuenta de lo imbécil de su comentario. NAVEL36 vivía en otra esquina del universo y de seguro allí nevaba.
—Tú estás en primavera, yo estoy en otoño que parece invierno, con nieve, con aceras resbalosas y con personas malas que empujan a los paseantes despistados que chatean por sus blackeberrys.
—Ays, pobrecito. —La frase se escapó de sus dedos y se mordió la vergüenza que le dio, pero ya era tarde.
NAVEL36 le respondió con un adorable carcajeo y agregó un par de ojitos llorones y un: —¿Vendrías a cuidar de mi?
La diseñadora parpadeó rápido, luego miró de soslayo y consideró seriamente la posibilidad de seguirle el juego. Total, estaba casi soltera de nuevo, el “Homo Cuasi-desechadus” no andaba en los cercanías, ni siquiera estaba en el mismo país, tampoco podría llamarla infidelidad si era un inocente coqueteo virtual y ya era hora de volver a las pistas del romance. Así que tecleó un: —Por supuesto, dame tu dirección. —Pero lo borró de inmediato, era muy agresivo, con el “Ombligo Lesionado” debía ser más envolvente y sutil—. Mmm, ¿Tienes suficiente chocolate caliente?
Nuevamente hubo algunos segundos de silencio equilibrándose entre ambos computadores. Hasta que NAVEL36 volvió a la carga. —Suficiente como para que te des un baño… desnuda.
Cass recogió el guante, no iba a permitir que el “Ombligo Taimado” se quedara con la última inteligente palabra. Así que sacó a su humor pícaro del arcón de los recuerdos donde el “Homo Formalus” lo había condenado y le devolvió la estocada. —¿Tu barba blanca soportaría semejante espectáculo?
Y la respuesta hizo un mortal triple antes de llegar. —Mi barba no es blanca, de hecho es totalmente oscura, como debe ser en un macho con todo bien puesto.
NAVEL36 acusaba recibo, eso de la barba blanca le había dolido y mucho. Cass soltó varías carcajadas antes de continuar su jueguito. —¿Todo bien puesto, incluidos tus treinta y seis “Ombligos”?
—No tengo treinta y seis “Ombligos”, tengo treinta y seis años…
La diseñadora se quedó quieta masticando eternidad y bebiendo silencio. Era la primera confesión espontánea que obtenía de NAVEL36, demasiado obvia y evidente como para no leerla entre líneas. Era joven, era algo más joven que ella, era… era un tipo de barba. No fue capaz de decir algo, se quedó mirando el último mensaje hasta que él hizo vibrar la pantalla.
—OJOSOSCUROS ¿estás bien?
—¿Treinta y seis años…? Eres un niño, un mentiroso, un bromista o alguien sin imaginación a la hora de elegir su nickname.
—¿Cuántos años tienes tú? —A pesar de que la frase estaba escrita en perfecto inglés de universidad, había un dejo de sobresalto en ella.
Y no pasó desapercibida para Cass. —A una mujer eso jamás se le pregunta.
—Oh, no seas así. Yo te dije mi edad, se condescendiente.
—Demasiados pero no suficientes. —Elegancia y dignidad ante todo.
—Oh, MUCHAS GRACIAS.
Cass cerró los ojos, NAVEL36 tenía otra frase para su bendita creación inconclusa. —No serías capaz de usar ESA frase para la dichosa cancioncita.
Miles de carcajadas llenaron la pantalla. —Me conoces demasiado bien… Sí, esa frase me parece perfecta para MI CANCIÓN. Gracias, OJOSOSCUROS.
La diseñadora estuvo a punto de enviarle un gruñido, pero lo pensó mejor y guardó silencio.
NAVEL36 también hizo silencio algunos minutos, Cass se dejó llevar por el hilo de sus pensamientos y se encontró de pronto recordando el sueño más ardiente que había tenido en toda su vida.
Luego de una eternidad de momentos de abstinencia verbal, el “Ombligo Compositor” volvió a comunicarse. —Cuéntame tus pensamientos, OJOS OSCUROS, que tu silencio me enfría el alma.
—Sólo estaba recordando… ¿Cómo te sientes, duele mucho? —Cass de pronto se sintió mal, había algo raro en el ambiente, en las palabras de NAVEL36, en la luz de las velas, en el aroma de su copa de vino rosado. Había algo que le molestaba y no lograba saber qué era, pero ese algo la hizo sentir asqueada y burlada.
—No tanto como que creas que tengo la barba blanca. Dime tu edad.
Esa noche al parecer, NAVEL36 quería sarcasmo, bellas palabras y tal vez frases memorables para terminar su canción, sin importarle que Cass necesitara otra cosa, un domo de comprensión, un oasis de aliento, un refugio momentáneo y gratuito, porque estaba a las puertas de un cambio radical en su vida y las fuerzas le empezaban a fallar.
—Ya te lo dije, demasiados pero no suficientes. —Hizo un esfuerzo sobre humano para no descargar su aspereza en el “Ombligo Virtual”.
—Bien, si insistes, voy a terminar creyendo que tienes diecisiete o noventa… —Y esa fue la llamita que encendió el polvorín.
La diseñadora no se controló, estaba harta de eso, de tener que ser adecuada, de ser prudente y ajustarse a su rol de mujer casada y bien portada. —Cree lo que quieras. Yo ni siquiera estoy segura de que existas. Puedes ser un nerd depravado, una mujer con el peor humor del mundo o mi abuela —lanzó la respuesta como si fuera el corcho de una botella de champaña que se ha aguantado el estruendo demasiadas eternidades.
—¿Qué te pasa? ¿Cómo que un nerd? ¿Acaso crees que te miento?
—¿Y no podrías hacerlo? No tengo idea quién eres, no sé nada real de ti, no… Olvídalo. —Cass se bebió el resto del vino de un sorbo, respiró profundo y apagó el chat sin decir siquiera chao. Apagó las velas y se metió a la cama en un silencio de muerte.
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Cass estaba frente a Phillippe, eso era lo único que podía percibir con certeza. El joven Templario no sonreía, al contrario su rostro estaba lleno de tristeza.
El viento fue de frío a gélido y Phillipe se giró para darle la espalda, ella gritó pero no hubo sonidos que salieran de su boca, no hubo nada salvo angustia.
Extendió las manos, y corrió hacia él, pero como no logró alcanzarlo optó por gritarle con todas sus fuerzas y lo único que salió de su garganta fue un NAVEL sollozado.
Phillipe giró sólo lo suficiente para esbozar algo parecido a una sonrisa y susurrarle. —Es por tu bien, cree en mí. —Y se desvaneció igual que el gato de Alicia, dejando los ojos para el final.
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Cass despertó con el lamento del teléfono en su oído, tenía lágrimas secas por toda la cara y la sensación de haber perdido lo más amado que poseía.
Contestó la llamada en la modalidad: cuerpo despierto, mente aún dormida, pero cuando el aló clásico del “Homo Ausentus” resonó en la distancia, se puso alerta.
Había más que zozobra en la voz de él, había miedo solapado y rabia burbujeante. Le preguntó por la noche anterior, qué dónde estaba, qué con quién estaba, que qué estaba haciendo, porque la había llamado hasta la medianoche y no le había contestado. Como Cass se rehogó en evasivas, de lo preocupado saltó a lo celoso y luego a lo furibundo.
Ella lo dejó hablar, lo dejó soltar todo lo que tenía dentro sin prestarle mayor atención. Él habló sin cesar, discutió tanto que parecieron diez años de parloteo incesante. Cuando paró para tomar aire y seguir doscientos años más, Cass le dio la estocada final a su relación. —¿Por qué tenías que envejecer tan pronto? —Y colgó.
El teléfono volvió a resonar, lo levantó con elegancia y cuando se disponía a soportar estoicamente los berridos del “Homo Desechadus”, apareció la voz de su jefa para contarle que tenía el departamento perfecto para ella.
No lo dudó ni un instante, se dio una ducha y sonrió con todos los dientes cuando entró al departamento que sí era perfecto para ella. Definitivamente ese sería su hogar. Era un lugar pequeño, con ventanales del piso al cielo por donde parecía que entraban las nubes a retozar junto a la cocina americana o a la estancia. Tenía dos habitaciones, dos baños, un precio razonable y lo mejor de todo, estaba enclavado en un bosque. Pequeño reducto de naturaleza dentro de la vorágine de la ciudad.
Aún no daban las doce del día cuando ya había firmado el cheque con el que aseguraba que ese oasis de ladrillos rojos y pisos de madera, sería suyo, en arriendo, pero suyo al fin y al cabo.
Volvió al departamento que compartía con el “Homo Envejecidus” y se dedicó a recuperar los trozos de vida que desperdigados por el lugar le recordaban diez años de promesas incumplidas.
Libros, ropa, cuadros, pinturas y todos los demás fragmentos de historia que almacenó, creyendo que lo haría para siempre al lado de ese hombre que, diez años antes, la había seducido con una sonrisa preciosa y aventuras que duraron los primeros tres años de convivencia, luego se los llevó el tiempo a algún lado del que nunca más volvieron.
Las fotografías eran un cuento aparte, serían el único testimonio de lo que los había unido y Cass no estaba segura sobre lo que quería hacer con ellas.
Las que estaban en el disco duro era fácil, bastaba con duplicarlas y que cada uno tuviera su copia, pero las otras, las que sonreían desde sus prisiones de papel, eran un cuento aparte, doloroso y engorroso.
Después de revisarlas una a una, recordando como se sentía en esos primeros días de relación, las separó. Hizo cuatro montones irregulares, al primero le puso un papelito rosado autoadhesivo que decía: Tiempos Buenos. Al segundo, le plantó un papel morado con la leyenda: Algunas Cosas Buenas. El tercer grupo se llevó un papel rojo con la frase: Tiempos malísimos y el cuarto grupo, donde sólo habían ocho fotos, le pegó un papel café con un: MEJOR OLVIDARLO, escrito con plumón negro.
El ocaso se le metió en la piel cuando el cansancio le sacó un bostezo enorme. Se dio tiempo de beber té con sabor de jazmines y pasear un rato por la red. Ahí estaba NAVEL36 pero no hizo contacto con ella, al parecer estaba molesto.
Navegó un rato y se topó con esa melodía en otro idioma que a pesar de no entender una palabra de lo que decía, la hacía sentir comprendida. La bajó y la puso en reproducción automática, aunque pareciera majadero o masoquista, aquella canción le acunaba el corazón y le daba la compañía que necesitaba.
No tenía ganas de nada, salvo de que alguien le brindara un abrazo apretado y le dijera que todo estaría bien, así fuera una mentira del porte de la luna. Lo necesitaba y lamentablemente no había nadie que le brindara algo tan sencillo.
A la cuarta vez que la canción resonó en sus oídos, apareció NAVEL36 con una estocada certera de su peor humor negro. —¿Hasta cuando sigues escuchando esa porquería?
Cass se quedó sin aire mientras leía el mensaje en dos traductores universales para convencerse de que el “Ombligo Mordaz” se había atrevido a aparecerse así de agresivo.
Le contestó con un: —¿Y a ti en qué puede afectarte?
A lo que NAVEL36 lanzó una granada de efecto amplificado. —Ni siquiera sabes lo que dice.
—¿Y…? Prefiero escuchar eso a que me estés robando las palabras para una canción que nunca voy a oír.
—¡¡¿ROBANDO?!! ¡¡Yo no robo, sólo tomo prestadas tus palabras, pero si tanto te duele compartirlas conmigo, te las devuelvo!! —Las letras que aparecían en la ventanita de NAVEL36 parecían bailar una danza frenética.
—¡HAZ LO QUE QUIERAS CON ELLAS! Y si quieres más, tengo millones, como también tengo lágrimas y fotos… —No se dio cuenta lo que escribió hasta que lo mandó. Estaba llorando y se sentía muy mal.
El silencio brilló en un manojo de tiempos congelados, ahogados por la melodía y por sus sollozos.
—OJOSOSCUROS ¿Qué te pasa? Habla conmigo, princesa… —De pronto parecía que NAVEL36 estaba a su lado y la abrazaba de aquella forma especial que tanto anhelaba.
—Nunca lo entenderías, siento estar así, pero son días difíciles.
—Prometo no usar tus frases si tanto te duele, ¿qué pasó con las fotografías?
—Toma todas las frases que quieras, usa todo lo que quieras, no tiene importancia. Es sólo que ha sido muy difícil decidir qué cosa me llevo y qué dejo atrás.
—¿A dónde te vas?
—A empezar el resto de mi vida… —Lo escribió y no dudó un segundo en enviarlo, quería aderezar con sinceridad su relación con NAVEL36; aunque fuera a través de un computador y a cada segundo dudara que él existiera, vacilara al creerle que fuera un “él” de barba oscura y canción inconclusa.
—OJOSOSCUROS ayer te enfadaste mucho y tienes razón, ni tú ni yo podemos estar seguros de que realmente existimos, pero debes reconocer que nuestros sueños se parecen de una manera escalofriante… —Y antes de que ella contestara, le mandó otra frase—. ¿Podrías dejar de escuchar esa porquería de canción?
—¿Cómo sabes…? —Cass se dio cuenta que su chat delataba lo que estaba oyendo. Le dio risa, al parecer al “Ombligo Sarcástico” le molestaba especialmente esa melodía—. ¿De casualidad la conoces?
—Sí… ¿podrías escuchar otra cosa…? digamos algo clásico, algo en tú idioma y no en esa lengua.
—Ahhh ¿y cuál es esa lengua? ¿Sabes qué dice?
—No te lo voy a decir, hasta que me digas tu edad.
—No me chantajees…
—No lo hago, es una transacción.
—Apuesto que está en ese tercer idioma que nunca has querido confesarme.
Las carcajadas llenaron la pantalla, luego una rosa azul llegó para iluminarlo todo. —Cuéntame, ¿Cómo es eso de empezar el resto de tu vida?
—No es tan difícil, pero voy a marcharme y alguien se va a quedar solo… sin mí. —La frase sonaba muy extraña pero era eso lo que sucedería y a pesar de que la decisión ya estaba tomada, le costaba asumirla.
—No quisiera estar en sus zapatos, debe ser triste perderte. ¿No hay vuelta atrás?
—No… no tiene sentido, ya lo decidí y ahora estoy rescatándome, eso es lo que me cuesta. Y esa canción que odias, pues a pesar de que no entiendo un ápice de lo que dice, me hace sentir comprendida. Como si hablara de lo que me sucede. —Cass desconectó la modalidad de su chat que delataba lo que oía y suspiró tan profundo que sus lágrimas se secaron.
—¿Vas a seguir escuchándola? Porque no dice nada que tenga que ver con lo que te sucede.
—Dime de qué habla, y así podré saber en que otro endemoniado idioma hablas.
—No… Mejor cuéntame tu sueño de anoche, porque el mío fue el más triste que he tenido.
—Malo.
—Sí, perverso. ¿Qué soñaste?
—Que alguien me abandonaba y tenía el descaro de decirme que era por mi bien y que creyera en él.
—Vaya, yo soñé que tenía que marcharme y aunque no quería hacerlo, sabía que ella estaría bien sin mí.
—Eso es injusto, no puedes decir eso… No…, yo jamás estaría bien sin ti. —Cass escribió y envió, sabía perfectamente lo que quería decir, pero una vez más su tarzanesco inglés la había traicionado y la frase no era precisamente una traducción de sus pensamientos, aunque si de sus sentimientos.
—¿Sin mi? —Fue lo único que NAVEL36 atinó a escribir.
La diseñadora se quedó muy quieta, leyó la traducción de su frase en el traductor universal y hasta las pestañas se le encendieron en un púrpura perfecto.
—¿Sin mí…? A decir verdad, yo tampoco estaría bien sin ti. Hoy no pensaba saludarte, después del desplante que me hiciste ayer, pero me haces falta. Y no lo digo para terminar mi canción, si no por algo mucho más mágico.
—De nuevo con la magia, yo creo que tú la almacenas toda, porque a mi no me ha pasado nada mágico, nunca.
—Oh, no digas eso, la magia es un cuento con final desconocido… así de simple.
—Ahí tienes una frase de oro para tu canción, mucho mejor que las mías.
No hubo respuesta, pasaron los acordes de la melodía que Cass escuchaba y el tiempo le hizo una reverencia a la inmortalidad sin que NAVEL36 apareciera con una contestación inteligente o al menos con un emoticon.
La diseñadora se abrazó a sí misma buscando en la falta de palabras una excusa para acusar de algo al “Ombligo Desaparecido”, pero no se le ocurrió nada digno. Así que optó por buscarlo enviándole un ramo de rosas negras y las frases más pretenciosas que pudo hilvanar en español. —Deja que mis nubes sean tu luna. Deja que mi piel busque tu refugio. Deja que adivine tus latidos en los parpadeos de mi pena. Deja que sepa quién eres en la forma como irrumpe tu risa en el viento. Deja que sea juez y jurado en la manera que tienes de besar. Deja que mi corazón reciba tu huella, y por sobre todo… déjame saber en que otro maldito idioma hablas.
La pantalla se llenó de carcajadas estridentes, NAVEL36 le envío besos, flores, arco iris y al final apareció un alienígena que aporreaba un computador.
—OJOSOSCUROS tienes una manera de hacer poesía que da miedo. Gracias por brindarme tantas frases bellas.
—Tramposo, no te he dado permiso para usar mis hermosas palabras.
—Háblame de tu sueño, poetisa mal hablada.
—Sólo sé que el dueño de los ojos más lindos del mundo me dejaba y me decía que era por mi bien.
—¿El dueño de los ojos más lindos del mundo? ¿Y ese quién es? ¿Al que vas a dejar solo?
Esta vez fue Cass quien llenó de carcajadas la pantalla. —No, es alguien que inunda mis sueños. Sólo puedo decirte que sus ojos son maravillosos y que si existiera lo reconocería de inmediato.
—¿Qué inunda tus sueños? ¿Podrías explicarte mejor?
—Bueno… —Recién allí la diseñadora se dio cuenta que además de que sus sueños y pesadillas coincidían casi al dedillo con los de NAVEL36, estaba el pequeño detalle de que él soñaba lo mismo desde “el otro lado”. ¿Y si acaso el dueño de los ojos más lindos del mundo era…? le dio un golpe al teclado de puro susto.
La pantalla se llenó de letras que se fueron hacia el “Ombligo Misterioso” sin previo aviso ni consentimiento.
—¿Qué…? Lo siento pero no hablo el idioma de Júpiter. —La ironía del “Ombligo Misterioso” burbujeaba como en sus mejores días.
—¿Cómo son tus ojos? —Cass decidió tomar el toro por las astas, o mejor dicho, el “Ombligo” por donde fuera y salir de la excitante incertidumbre.
—¿Hummm…?
La diseñadora podía oír las carcajadas de NAVEL36 a través del universo que los separaba. —Por favor, dime cómo son tus ojos —insistió con el temblor de la zozobra decorando sus alrededores neuronales.
—Normales, uno a cada lado de la nariz… ¿Y los tuyos?
—No seas pesado… Por favor, necesito saber cómo son tus ojos, es muy importante. —Apretó enviar y tarde se dio cuenta que en realidad, quería pero no quería saber cómo eran.
—Bueno, tienen párpados, pestañas y son blancos como los de los humanos promedio.
—Tienes el peor sentido del humor del universo. No me dices nada, usas mis frases para tu dichosa canción, que en realidad no creo que exista, y además te burlas de mí.
—Ufff… ¿Estamos de malas? Ponme atención princesita mal humorada, yo existo, la canción la estoy escribiendo, tengo los ojos normales de cualquier humano, pues me sirven para mirar y a veces para ver. No me burlo de ti, me río contigo… y ¿para qué quieres saber más de mí? Con lo que ya te he dicho es suficiente…
De pronto pareció que el “Ombligo Sarcástico” había descubierto lo mismo que ella, porque el chat, el computador y el cosmos se quedaron más que mudos.
Cass dio un salto al vacío, segura de que habría un colchón suave esperándola para que aterrizara a salvo. —Quiero saber de ti porque te has hecho fundamental en mi vida, no sé cómo ni cuándo, pero me hace bien charlar a la distancia con un “Ombligo Taimado y Políglota”, y no quiero pensar que no existes. Ya te lo dije una vez, quiero saber cómo eres, no quién eres. Quiero que me cuentes las cosas fundamentales que te dan forma, lo que te hace feliz, lo que te pone triste. Tu plato favorito y en qué otro idioma puedo hablarte. —Apretó enviar y elevó las pestañas buscando la fuerza para sacar todos sus sentimientos y plasmarlos en un inglés decente—. Y por sobre todo, hoy me di cuenta que quiero saber cómo luces, para que si mañana nos cruzamos en alguna esquina del mundo, pueda brindarte un abrazo cálido que me contenga, porque lo que más necesito en este segundo de eternidad, es la magia que pareces poseer y que estoy segura me proporcionarás en el precario contacto que dura una sonrisa.
Y como tantas otras veces, los segundos se hicieron minutos y no hubo respuesta. Cass insistió mientras le subía el volumen a la canción incomprensible y dejaba que su chat le comunicara al mundo lo que oía. —¡Por una maldita vez podrías dignarte decirme algo de ti…! NAVEL36 si no me cuentas algo, me descuelgo de tu chat y tu tonta canción se va a quedar inconclusa.
—¿Puedes tener un poco de paciencia? Mi perro está hambriento… —Le llegó casi de inmediato a modo de respuesta.
La diseñadora se mordió los labios y decidió darle algo de tiempo al “Ombligo Aperrado”.
Unos instantes después apareció en su ventanita del chat un emoticon de lo más revelador, un tipo ahorcaba a otro y se llenaba la pantalla de sangre.
—¿Sirve decir lo siento?
—Sólo si me dices tu edad…
—Sólo si me dices cómo son tus ojos.
—Dos, uno a cada lado de la nariz, entre las orejas…
—54 años. —Cass decidió aumentar un poco su edad, si NAVEL36 usaba su humor negro, ella haría lo mismo.
—¿En serio?
—¿Qué, tienes algún problema con las mujeres mayores?
—Eh… no, no… para nada.
Las carcajadas de la diseñadora irrumpieron la noche cálida que se descolgaba sobre la ciudad. Sin esfuerzo se imaginó la cara de aquel “Ombligo Sorprendido”. Volvió a preguntarse cómo sería, si de verdad tendría treinta y seis años, si existiría el perro saltarín y si su barba sería tan oscura como él insistía en proclamar. De lo único que estaba segura era de lo más excepcional, tenía la espeluznante certeza de que sus sueños eran iguales, y peor aún, que soñaban lo mismo o que estaban metidos en el mismo sueño.
—Ya, voy a simular que te creo.
—No simules nada, no tengo problemas con que seas una chica de cincuenta y cuatro años. Si quieres saber mi plato favorito, pues es aquel que fue preparado con amor y que comparto con mis amigos. Y respecto a cruzarnos en una esquina del mundo, eso es imposible… Tengo que irme, cuídate y deja de oír esa porquería de canción.
NAVEL36 se desconectó del chat y Cass se fue a la cama sintiendo que había perdido más en esa conversación que en diez años de su vida.
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La ventana por la que miraba era de piedra desnuda al igual que el resto del muro. Abajo, el movimiento de los siervos era perezoso y rutinario. Algunas mujeres llenaban cubos de madera con agua de la fuente, mientras dos hombres apilaban leños en un cobertizo enclenque.
Cass se cepillaba el cabello atisbando los últimos rayos de sol de la jornada. Era el ocaso y así como terminaba el día, terminaba una parte de su vida.
Se sentó frente al espejo de su habitación y con el par de tijeras más toscas que podía recordar, se fue cortando los mechones de pelo como si cumpliera un rito de liberación. Cuando terminó, los ató con una cinta y los dejó sobre el baúl que hacía las veces de mobiliario.
Se quitó el fino vestido bordado con hilos de seda, que solía llevar desde que le habían informado que se desposaría en lugar de su hermana Anne, que enferma había sido llevada al dispensario de los Hospitalarios. Se vistió con los ropajes de peregrino que había conseguido a cambio de algunas joyas robadas del arcón de su madre y salió del que fuera su hogar, con toda la intención de no volver jamás.
La ciudad lucía las heridas del ataque, por todos lados, los rastros de los numerosos incendios le teñían la cara de negro a la bella ciudad de piedra blanca.
No le fue difícil huir, no le fue difícil confundirse con los peregrinos que ayudaban en la reconstrucción de lo destruido, no le fue difícil obtener alimento y cuando escaseó, no le fue difícil robarlo para alimentarse.
Parecía un niño huérfano, quería lucir como un peregrino indigente y se comportaba como tal. Se mezcló tan bien con esa masa trashumante que hasta compartió sus piojos, su hedor y sus manchas. En su sueño, Cass podía sentir el cosquilleo incómodo de los insectos trazando caminos en su cabellera.
Así pasó desapercibida para todos, excepto para uno.
Se vio en una posada de las afueras de la ciudad, humilde, con un parrón y toscas mesas donde varios hombres se alimentaban sin mucha etiqueta. Cuando analizaba la mejor forma de robar un gran trozo de pan para alimentarse, un puñal fue puesto sobre sus costillas y una mano firme la agarró de un brazo para arrastrarla hasta una mesa y sentarla sin protocolo ni invitación previa.
Frente a ella estaba Phillippe, más guapo que nunca y también más furioso que nunca.
La fugitiva que Cass era en ese sueño, sonrió con todos los dientes y a continuación se le hizo agua la boca, delante de ella habían dejado un plato con pan, queso y dátiles.
El hambre le dejó los modales en el piso y su mano ansiosa saltó decidida a atrapar algo para calmar a sus tripas, pero el Templario le dio un palmazo para que esperara por la oración de agradecimiento, a lo que ella rezongó con su habitual lengua afilada.
Phillippe no estaba para eso, de inmediato clavó su puñal en la mesa y le advirtió que a la próxima vez que hablara de ese modo, le cortaría la lengua.
Nuevamente se vio remolcada a la fuerza hacia la ciudad, pero esta vez no volvió a su hogar. El joven caballero la llevó al monasterio de las Hermanas Templarias. La entregó a su prima, que tenía un cargo de importancia y se marchó.
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Cass despertó incómoda, tenía la sensación que miles de insectos se daban la buena vida en su cabellera. Le picaba todo y alucinaba sintiéndose recamada en mugre, como si estuviera muy sucia.
El baño de tina que se dio duró más de una hora, se gastó media botella de champú, una de acondicionador capilar y casi tres cuartos de su baño de espuma favorito. Ahora estaba tan limpia que podría operar a corazón abierto sin riesgo de infectar al paciente. No había gérmenes en su cuerpo, ni piojos en su negra cabellera ni nada de lo que tenía en ese mugriento sueño.
El resto del día se dedicó a llenar las cajas donde se llevaría su vida a su nuevo refugio. Los libros, la música, los artículos de la cocina, su ropa, en fin, sus cachureos, como los denominaba el “Homo Abandonadus”, se fueron depositando en el departamento que ahora llamaría “hogar”.
A las ocho de la noche empezó su clase de inglés y también sus ahogados bostezos. No se dio cuenta como pasó la hora de tortura lingüística y se vio con todo el ocaso libre y la sensación de independencia burbujeando en sus venas.
NAVEL36 no daba señales de vida, Cass no quiso empezar a hilvanar teorías a su desaparición. La última vez que lo había hecho, había imaginado fantasmas donde no los había.
La noche llegó, la luna se vistió de llena y empezó el fin de semana de llevar cosas a su nuevo oasis.
No tenía muchos muebles, en realidad sólo el colchón, muchas cajas, lo básico en la cocina y en el sitio de honor, el computador. El domingo añadió cortinas, algunas plantas y muchos cojines. Ahora ese pequeño espacio lucía como territorio propio y así lo sentía.
Era el mediodía, el sol se colaba entre los pliegues de la tela que había elegido para decorar sus ventanas y el calor insistía en aumentar. Diciembre sería de locos con navidad, calor, departamento nuevo y de seguro muchos problemas con el “Homo Abandonadus”, pero no le importaba, tenía su trinchera y eso la hacía feliz.
Esa noche no apareció NAVEL36 en el chat, la sensación de abandono se le hizo grande como un pájaro de alas negras que la envolvía y volvió a pensar que lo había perdido para siempre.
Se metió a la cama cerca de la medianoche y para su sorpresa, el “Homo Inconclusus” volvió antes de su viaje de una semana.
A partir de ahí, la vida se tornó en barullo, porque con lo primero que él dio fue con una caja donde dormían algunos de sus zapatos y todo le quedó claro.
Ya antes de saludarla la estaba interrogando. Aún con la maleta en la mano le recordó que le había prometido esperarlo, y la acusó de mentirosa.
Cass ladeó la cabeza, abrazó un cojín y le soltó con la misma lengua afilada de la que hacía gala en sus sueños, que jamás le prometió no irse, sólo le dijo que lo esperaría hasta que él llegara.
La discusión a ratos onduló entre pelea y a ratos se volvió suplica, pero siempre mantuvo el tono de reclamo.
El “Homo Destrozadus” se amparó en el papel de víctima y ella sólo se dedicó a decirle que no daría pie atrás, que no insistiera.
Cuando en la esfera del reloj las cuatro de la mañana se ponían añejas, Cass optó por lo más cruel pero a la vez lo más sano y le soltó que se iba porque ya no quería estar a su lado, que se le había acabado el amor y la paciencia; que como no estaban casados, ella era libre de marcharse cuando quisiera y eso era lo que pensaba hacer.
Los ojos del “Homo Sorprendidus” se fueron a aguados, le tembló la barbilla y se sentó frente a ella en la cama, le tomó la cara con todo el cuidado que se usa para calmar a una avecilla y le preguntó si acaso había alguien más en su corazón.
Cass se afirmó de la respiración que almacenó en sus pulmones, cómo decirle que había alguien en sus sueños que la había amado con la pasión que siempre añoró obtener de él y que nunca llegó. Cómo decirle que en esos momentos había sido más feliz que nunca en su vida y que además, había alguien, un desconocido en el chat, que le brindaba la compañía y la comprensión que él había dejado de darle hacia mucho tiempo.
Eligió mentir para que el corazón de ese hombre al que había creído amar, siguiera sano, cuerdo y con posibilidades de volver a enamorarse. Le dijo que no, que sólo era un asunto de convivencia, que eran mejores amigos que amantes, que ella quería aventuras, pasión y buen humor, y que él buscaba algo que ella ni siquiera pensaba conocer todavía.
El “Homo Envejecidus” le pidió una oportunidad, un tiempo para reinventarse y rescatar ese bello romance que tuvieron alguna vez, cuando se lanzaban en aventuras llenas de adrenalina o hacían cosas locas sólo por reírse a carcajadas.
Cass suspiró muy profundo, entornó los ojos y le besó la mejilla. Le pidió que no se rebajara, que no perdiera su dignidad prometiendo algo que sólo le duraría un par de meses, porque ella ya sabía el destino de aquello. Al principio sería como antes, pero luego, el trabajo, el cansancio, la rutina que él tanto amaba se lo quitarían y ella empezaría a odiarlo.
Le explicó lo mejor que pudo, que por eso se marchaba ahora, que aún podía llamarlo amigo y quererlo como tal; y no después, cuando el sólo hecho de oír su voz le provocara náuseas.
Él buscó sus labios y sólo encontró su mejilla. Ella estaba decidida, ya no había amor romántico, ahora sólo le quedaba un cariño tierno por aquel que un día le robó el aliento. Ahora frente a ella, lo veía cansado y rendido, y no podía imaginarse viviendo un día más a su lado.
Él hizo amago de meterse a la cama y ella se lo impidió, su relación había terminado y al día siguiente dejaría de ser parte física de su entorno. Y así fue, a las siete de la mañana, ella, sus últimas dos cajas y un pequeño bolso se despidieron del “Homo Apenadus” que aún estaba metido en el sofá cama de su oficina hogareña.
Él sólo le dio un vistazo desde las ojeras de mapache que tenía, no dijo ni hizo nada más. Cass lo aceptó, aunque para ella tampoco era fácil, suponía que la despedida sería así de triste.
El tiempo imprimió su marcha inmutable con calor y muchas cosas que hacer. La primera semana se le esfumó entre los dedos y no se dio cuenta cómo se acostumbró a vivir sola. Del “Homo Desechadus” no supo nada ese instante de nueva soltería, como tampoco vio a NAVEL36 en el chat.
El “Ombligo Compositor” había desaparecido al igual que sus ensoñaciones sobre Phillippe. Extrañaba ambas cosas, sus conversaciones irónicas y aquellos sueños maravillosos con el “dueño de los ojos más lindos del mundo”.
Tuvo la suerte de que el cansancio y el agobio de los últimos días del año, no le dieran tregua como para tener tiempo de añorar, más de lo decente, algo que sólo eran burbujas de jabón en un día de mucho viento.
La segunda semana se la pasó entre fiestas pre-navideñas, compra de regalos y reuniones familiares de odiosa formalidad.
Al chat entraba sólo una vez al día para ver si la magia seguía existiendo y se desilusionaba cada vez más, NAVEL36 brillaba por su ausencia. Ni siquiera quería pensar que fuera por su edad, cincuenta y cuatro años eran suficientes primaveras como para no ser tan vieja que espantara ni tan joven que alucinara.
La tercera semana de su vida en solitario, se topó con el “Homo Abandonadus” a la salida del supermercado y se le fue el alma al piso. Él había envejecido mucho en ese tiempo de soledad obligada, ahora lucía cansado y triste. Cuando la vio, sus ojos se iluminaron como antes, como cuando recién se conocieron haciendo que a Cass se le apretara el corazón. Lo saludó con una sonrisa hace poco tiempo estrenada y se le acercó como a un amigo que hace mucho no se ve.
Hablaron un rato de aquello que no hiere ni incómoda, del tiempo, del trabajo, de los ajetreos navideños y ahí el “Homo Esperanzadus” le soltó una invitación a cenar que le puso la piel de gallina, y más cuando él agregó en tono de ruego, que aceptara por los buenos tiempos.
Cass asintió, pero cambió de cena a almuerzo, aderezó todo con pequeñas sonrisitas tímidas y eligió un lugar atestado de bulla para no perderse en conversaciones que al final los dañarían a ambos.
El “Homo Solitarius” prácticamente la arrastró a ese restaurante presente en todo buen supermercado y sonriendo como león recién almorzado le fue preguntando por su nueva vida.
Cass hizo verónicas y contorsiones para no darle muchos detalles respecto a su forma de disfrutar la soltería y tampoco le otorgó espacio para que él pudiera empezar con aquello de los buenos tiempos. Pero como siempre, el “Homo Testarodus” se las arregló para soltarle que la extrañaba, que las plantas se habían muerto de pena por su ausencia, que el refrigerador estaba lleno de hongos y que él llevaba varios días enfermo del estómago porque no sabía cocinar.
La diseñadora perdió la paciencia, le dijo que las plantas se regaban, que el refrigerador se limpiaba y que consiguiera una empleada que le cocinara y aseara la vida. Se levantó y cuando iba a marcharse, él la tomó de la mano y le pidió perdón. Ella no le contestó, simplemente esbozó una mueca de hastío, arqueó una ceja y se marchó.
Antes de salir del restaurante anotó en su agenda mental que a la próxima vez que se cruzara con el “Homo Estupiduz” lo ignoraría descaradamente.
Esa noche se conectó al chat y en un acto de locura temporal le escribió un correo a NAVEL36. Para aquietar su esperanza y dejar tranquila a la vocecita majadera, lo llamó: “El último esfuerzo por creer en la magia”.
—No quiero creer que te marchaste de mi mundo virtual porque mis cincuenta y cuatro años son demasiados para tus treinta y seis “Ombligos”… pero así parece y es que en este lado del mundo, tres semanas de silencio son muchas eternidades. Me gustaría creer que tu perro se comió mi dirección electrónica, o que te resbalaste en la nieve y estás completamente enyesado, de tal modo que no puedes digitar ni pedir que digiten por ti, un: “estoy bien, luego te contesto”, pero sé con certeza escalofriante que eso es imposible. Lo más seguro es que la magia no exista, y que mis preguntas te obligaron a marcharte más allá de mis sueños. Lo lamento, no el haber preguntado, pero sí el haber creído en ti.
Cuando lo envío, agregó un beso a la nada y una sonrisita por los buenos tiempos. Como tantas otras veces, la inmortalidad se puso disfraz de silencio y NAVEL36 no apareció. Cass negó suavemente con la cabeza y se tragó la pena convertida en gotitas de agua que vinieron a correrle el maquillaje.
Esa noche se durmió apretando la almohada y oyendo una y otra vez aquella incomprensible canción que el “Ombligo Prófugo” odiaba.
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Se entretuvo jugando con el pasto que le hacía cosquillas a sus pies desnudos. El aroma del césped era embriagante y el ambiente se volvía tibio pero nunca frío.
Tenía flores blancas en las manos y en el pelo, se sentía plena gozando la libertad y el espacio de naturaleza bucólica que se le brindaba gratuitamente. Giró al oír un crujido a su espalda, allí había alguien que la observaba desde una penumbra etérea.
La jovencita que ella era en sueños, suspiró y todo a su alrededor empezó a cambiar. Incluso las flores dejaron de ser albas para ir convirtiéndose en secos racimos de pétalos oscuros.
La luz osciló cual preludio a la tormenta y a la distancia, sobre un montículo, distinguió el destello de los ojos de Phillippe, atiborrados de pena que la llamaron.
Corrió hacia él con toda la intención de subir esa loma donde él la esperaba, pero su paso nuevamente fue cortado por muros que emergían de la tierra. Contó siete murallones que la separaban del joven Templario, mientras él permanecía quieto, sin despegarle la mirada del color de los bosques, de encima.
Cass extendió la mano para alcanzarlo y él negó sin un ápice de convencimiento.
—¡Por favor! —La niña que ella era, gritó con tanta fuerza que fue consciente de cómo su entorno palpitó al son de su propio corazón, su chillido resonó y se hizo un silencio de muerte que fue ahogándola lentamente.
Phillippe volvió a negar y se giró dándole la espalda.
Cass experimentó tanta rabia mezclada con frustración que volvió a gritar y a correr en pos de ese Templario que se escabullía descaradamente. Jadeaba pero igual luchaba contra los muros que ahora estaban hechos de vegetación, eran enredaderas vivas que se interponían en su camino, cual si fueran manos endiabladas dispuestas a todo con tal de que no llegara hasta él.
En su mente resonó un “Es por tu bien…” Haciendo que Cass se detuviera aterrada. Fue tal la rabia que esas palabras le provocaron, que dejó de ser esa niña descalza de flores en el pelo para transmutarse en ella, en la diseñadora que soñaba. Se sacó la corona de flores, la lanzó lo más lejos que pudo y se llevó las manos a las caderas. —¡¡NO TE ATREVAS A DECIR ESO!! ¡No es por mi bien, jamás lo será!
Phillippe se quedó quieto y apenas giró la cabeza hacia ella. —Es por tu bien, créeme… por favor.
—¡¡JAMÁS!! ¡¡ERES UN COBARDE QUE ME ABANDONA!! —Cass no supo cómo, pero estaba segura de lo que decía—. ¡¡ES POR TI, NO POR MÍ!! ¡¡¡COBARDE!!!
El Templario dejó caer su espada y avanzó un paso hacia ella. —Lo hago por ti… por tu bienestar —le susurró al viento y Cass sintió que la vida se la tragaba.
Todo empezó a diluirse y el prado sobre el que estaba parada se fue convirtiendo en un pantano que la engullía. No hubo lágrimas pero si la angustiosa sensación de que lo perdería. —No me hagas esto, yo te necesito… Yo vivo por ti, esperándote…
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Despertó con una palabra en los labios: “Phillippe”.
Le costó más de una hora sacar su cuerpo de la cama, cuando lo hizo estaba convencida que la pena que le oprimía el pecho se iría, pero por alguna macabra razón no fue así.
No podía llorar por más que lo intentó, el llanto no vino a aliviarle el alma. Se sentía pésimo, ahogada, estrangulada, como si alguien o algo la constriñera de manera física y emocional, tanto que ni siquiera podía respirar bien.
Agradeció que fuera domingo y que pudiera permanecer todo el día en pijamas sin tener que salir a mirarle la cara a nadie. Faltaban nueve días para navidad y ya tenía casi todos los regalos amelcochados en uno de los armarios de su refugio. Así que le quitó el cable al teléfono, se dio un baño rápido y se dedicó a sentir, tan simple como eso, reconocer lo que estaba apretándole pecho y que le frenaba las lágrimas. Quería bajar a sus sentimientos inconclusos, atraparlos y entenderlos.
Se metió al chat sólo para tener una razón para soltar sus lágrimas y se topó con una grata sorpresa, NAVEL36 hacía contacto.
—Estoy bien, luego te contesto —decía el chat y nada más. Lo leyó varias veces para convencerse de que el “Ombligo Más Extraño del Mundo” estaba pero no estaba aún unido a su vida.
Iba a contestarle pero lo pensó unos segundos y desistió. No tenía sentido, ahora le tocaba a él extrañarla.
El tiempo siguió haciendo volutas en su vida, la vorágine pre-navideña la atrapó con su encanto de cintas rojas y verdes, con los falsos brindis con sabor a plástico, con los estúpidos “amigos secretos”, en resumidas cuentas con toda la parafernalia que le quitaba el encanto verdadero a algo sencillo.
Ni Phillippe ni NAVEL36 daban señales de vida, pero en su lugar el “Homo Solitarius” se dio maña en establecer contactos inoportunos de manera majadera y agotadora.
Todo partió una semana antes de navidad, le llegó un ramo de rosas blancas con una tarjeta de lo más franca que decía: “Para mi amiga y gran amor, Feliz Navidad”
Cass no podía creerlo, esperó el llamado telefónico pidiéndole algo a cambio de las rosas pero nunca llegó. Así que las puso en un lindo jarrón y dejó que adornaran su escritorio, aunque en lugar de recordarle al “Homo Majaderus”, le evocaban a NAVEL36 y la pena que le apretaba el corazón se hacía más urgente y devastadora.
Esa noche ni siquiera visitó el chat, se acostó tratando de soñar con Phillippe y sus ojos de bosque joven, pero nada pasó.
Seis días antes de Noche Buena, llegó una caja con un gran moño rojo a su escritorio, cuando lo abrió casi le da un infarto. Era un acuario con dos preciosos pececitos y una tarjeta tan simple como la anterior, “Para que no te sientas sola”.
Le dieron ganas de tirarle la pecera por la cabeza al “Homo Desubicadus”, durante diez años le había rogado para tener una mascota y todas las veces se negó como si en eso se le fuera la vida, y ahora, en un asqueroso afán conquistador, venía y le mandaba dos a falta de una.
Digna como siempre, le sonrío al chico que traía el regalo y se lo devolvió, le dio una gran propina y le pidió que lo llevara al origen. No agregó que le embutiera los peces por la garganta a ese maldito manipulador, pero ganas no le faltaron.
Diez minutos después el “Homo Manipuladorus” la llamó por teléfono, preguntándole si acaso le habían gustado los pececillos. Cass lo mandó al demonio en pocas palabras y le dijo que a la próxima jugarreta que le hiciera, se olvidara de que alguna vez la conoció.
Esa noche la clase de inglés versó sobre las mascotas y la diseñadora estuvo segura que alguien en alguna parte del universo, la odiaba.
Llegó a su refugio con principio de jaqueca galopante, con esa angustia en el pecho que se hacía asfixiante a ratos y sin ganas de nada que no fuera llorar a mares, pero las lágrimas no querían aparecer.
Se conectó al chat sólo para insultar la ausencia del “Ombligo Desertor”, ese ser que se la había hecho imprescindible y que ahora le negaba el amparo de su compañía. Y una vez más, NAVEL36 destruyó sus planes, porque en su e-mail brillaba un correo de su autoría.
—OJOS OSCUROS no pienses eso, ni soy tan idiota ni tan malvado. No me he ido, sólo que mi vida me ha atrapado más allá de lo que desearía soñar. Mis ocupaciones se han vuelto monstruos de mil garras y lo que tengo que cumplir se come mi día y mi noche. Sigo aquí, esperándote, añorando tus hermosas frases… La magia existe, poetisa mal humorada, y sabes ¿por qué? Porque la vida te puso en mi camino aunque fuera a través de un chat y no sé qué haría si algún día desapareces de ahí.
Cass apretó los segundos que se demoró en buscar a NAVEL36 en el chat, pero él no estaba, sólo ese pequeño puente virtual que el “Ombligo Romántico” había hilado con palabras dulces, se balanceaba a su vista y paciencia, diciéndole: estoy pero no estoy para ti.
Iba a contestar y una vez el universo conspiró contra ella cuando un apagón dejó a media ciudad a oscuras. Accidente clásico de días previos a navidad, el afán iluminador de los habitantes saturaba la red eléctrica y todo colapsaba.
Se acostó maldiciendo al inventor de las lucecitas del árbol de navidad y agradeciéndole al encargado de turno que NAVEL36 siguiera siendo parte de su vida virtual, ahora sólo faltaba que Phillippe volviera a su vida onírica y todo sería perfecto.

El fin de semana previo a navidad era la confirmación de que la Teoría del Caos era mucho más terrible de lo que parecía en la enciclopedia.
Cass se despertó con el chillido ahogado de algo que berreaba en su departamento pidiendo atención, resultó ser el citófono que aporreado por un correo de entrega inmediata, la sacó de la cama, con la polera al revés y cara de refugiada de guerra.
El “Homo Incansablus” volvía al ataque, esta vez con un presente imposible de devolver. Una caja enorme de chocolates rellenos con avellanas.
Lo que nada había logrado, ese agasajo lo consiguió y Cass volvió a su cama llorando a mares, luego de haberle dicho al correo que lo devolviera al remitente. Se acostó y llamó al “Homo Hostigosus” y le gritó un mensaje sin dejarlo explicarse. —¡¡TERMINA CON ACOSARME, NO QUIERO SABER NADA DE TI, NUNCA JAMÁS!!” —Cortó la comunicación y apagó el celular.
Toda la mañana del sábado fue un llorar a mares por todo, porque se le quemó el pan que tostaba, porque la vecina insistía en poner música tecno a las nueve de la mañana, porque el agua de la ducha estaba muy fría y la toalla muy áspera, en fin lloró por todo menos por lo que realmente debía llorar.
El almuerzo lo pasó por alto y en su lugar se sentó frente al PC, esperando sacarse esa pena que le perforaba el pecho. Y esta vez el destino le hizo un regalo de canción inconclusa. NAVEL36 estaba allí y la carita que saltaba como rana drogada la saludó, a continuación llegaron tulipanes, rosas, violetas y el perro que lamía la pantalla.
Cass no contestó, no podía dejar de llorar, esta vez de alegría al ver a su amigo virtual saludarla como antes.
—OJOSOSCUROS ¿Estás allí, princesa?
La chica tuvo que respirar una docena de veces para que su calma entrara en funciones y poder contestarle sin que sus manos parecieran hechas de jalea. —Hola, NAVEL36, ¿la vida te dio un respiro?
—Esperaba encontrarme una respuesta y me topé con una maravillosa sorpresa. ¿Cómo has estado, poetisa mal humorada?
—Ya estoy sola… fue difícil pero lo logré.
Miles de abrazos virtuales llenaron su pantalla y entibiaron su corazón, las lágrimas hacían cataratas haciéndola sentir un poco mejor.
—Creí que me habías olvidado. —Cass se contuvo de decir más, a pesar de que necesitaba derramar palabras honestas.
El “Ombligo Resentido” se anotó un punto con la elegancia de un elefante sobre patines bailando salsa en una cristalería. —Jamás… ¿Cómo podría olvidar a alguien que cree que tengo barba blanca?
—Sigues con eso, ya te dije que lo siento.
—Pero no me crees.
—No lo digas así, no me conoces…, lo suficiente, como para decirme que no te creo.
NAVEL36 cambio de tema descaradamente. —Te extrañé mucho, me has hecho falta. —El romanticismo abrió sus puertas y todo su contenido se vació en una cascada de palabras deliciosamente empalagosas.
—Tú también… Han sido días solitarios. ¿Qué estuviste haciendo?
—De todo, lo mismo de siempre, ya sabes.
—No, no lo sé, pero no importa. No vuelvas a irte así, enojado.
—No… Está bien, sí estaba enojado, pero no por lo que crees. Discúlpame OJOSOSCUROS, a veces mi mal humor me gana.
—¿Y por qué te enojaste? Porque yo soy demasiado adorable como para que alguien se moleste conmigo. —Cass envió el mensaje y las carcajadas le llenaron la boca.
—Me molesta que sólo simules creerme, cuando yo te creo todo lo que me dices… Me fastidia la incredulidad de la gente respecto a quien soy.
—A quién eres o a cómo eres. —La frase sonaba extraña pero a la diseñadora le parecía perfecta.
NAVEL36 aceptó la corrección con una reverencia. —Buen punto, a cómo soy.
—Eso te pasa por tener la barba blanca. ¿Y cómo eres?
—Graciosa. Mejor, cuéntame tus sueños. —El “Ombligo Retornado” hizo una verónica majestuosa para salir del paso.
—Sólo he soñado una vez desde que me dejaste abandonada, y fue un sueño horrible que no alcanzó a ser pesadilla.
—¡¿Cómo qué te dejé abandonada?!
—¿De casualidad no fue eso lo que hiciste? —Ese día Cass se sentía y comportaba de lo más asertiva.
—Eres malvada… Está bien, te dejé un rato para lograr calmarme, y luego la vida me atrapó. Cuéntame tu sueño, porque el mío fue muy extraño.
—Mmmm… —No le gustaba la forma de evadirse que tenía el “Ombligo Huidizo” pero no podía hacer mucho, así que lo dejó pasar pero sin olvidarlo—. Nada, sólo soñé que “el dueño de los ojos más lindos del mundo” se iba y tenía el descaro de decirme que era por mi bien.
—A veces es necesario hacer eso. Dejar a quien amas para que esté bien.
—Eso es una mentira tan larga como tu barba. Nadie que ame puede abandonar por el bien del otro. Si lo hace es porque no quiere hacerse responsable del dolor que le provoca, o porque ya no lo ama, o porque hace cosas malas y no quiere solucionarlas o dejar de hacerlas, pero por el bien del otro… ¡¡mis pantuflas!!
—¿Volvió tu mal humor?
—No, pero no entiendes lo que quiero decir, ¿Cómo es que Phillippe se atrevió a dejarme sola?
—¿Phillippe, qué Phillipe…? ¿Dejarte sola? ¿Acaso no fuiste tú la que lo dejó?
Cass tuvo que releer lo que había escrito para entender los alaridos de NAVEL36.
—No es él. Es el “dueño de los ojos más lindos del mundo”, el que irrumpe en mis sueños y me hace muy feliz… —Cass no lo expresó, pero se le ruborizaron las mejillas y le dio la impresión que su amigo virtual tragó grueso antes de contestarle, después de todo, las pistas indicaban que NAVEL36 bien podía estar relacionado con Phillippe, de alguna retorcida manera onírica.
—Define: Me hace muy feliz…
—Nah… lo dejo a tu interpretación. —La diseñadora se levantó corriendo, cuando volvió al computador traía una barra de chocolate con avellanas, su forma de evocar ese maravilloso y ardiente sueño con el Templario.
—No sabes lo que dices, yo podría mal interpretar todo esto.
—Imposible, él es perfecto. —A Cass le dio ataque de risa y por poco se ahoga con las avellanas. Le parecía muy divertido aquello, estaba hablando con un ombligo virtual sobre un Templario onírico.
—Nadie es perfecto, tú misma dijiste que él te abandonó…
—NAVEL36 sólo fue un sueño, no te lo tomes tan en serio.
—No estoy seguro de eso, cuéntame tu sueño y yo te cuento el mío.
Cass esperó unos segundos y fue escribiendo en español su sueño, no podía ponerlo en inglés, era demasiado lenguaje para alguien que se ahogaba cuando quería decir “something”.
Lo metió al traductor y corrigió algunas cosas, luego suspiró profundo para lograr sacar valentía y lanzarse nuevamente al vacío, pero esta vez sabía que la esperaban, lo que no tenía claro era qué pasaría después de aterrizar.
Y la magia hizo su mejor presentación en un escenario vacío, porque NAVEL36 le envío una oda perfecta a las aterradoras coincidencias.
—En mi sueño yo estaba sobre una pequeña colina, desde allí veía a la mujer que añoro encontrar cada noche, aquella que me amó en mi más pura expresión de mí mismo. Ella jugueteaba con el pasto sobre el que caminaba a pies desnudos. Se veía más hermosa que nunca, llevaba flores blancas en las manos y en el pelo y danzaba sólo para mí. El deseo me sobrepasó y al moverme para ir por ella, pisé una rama, el crujido cortó el embrujo que de ella emanaba. Se giró y me vio, y fui feliz al ver el amor que sus ojos destilaban. Pero el mago de los sueños es cruel y todo comenzó a cambiar en el segundo que desee ir a besarla. Las flores que llevaba se trocaron en pétalos oscuros. Me volví uno con la pena que estalló en mi corazón, tuve la certeza de que yo la dañaba y en un acto de amor por esa criatura etérea, y porqué no decirlo, mágica, decidí dejarla a solas, para que volviera a danzar. Ella vino hacia mí pero la tierra se opuso. La naturaleza que todo lo controla, incluso los sueños, hizo brotar de la tierra crueles muros que nos separaban. Siete paredes la protegerían de mí y aún cuando mi dolor era más grande que esos parapetos no hice nada por cruzarlos. Sólo la observé, grabándome sus ojos para entibiar mis noches de invierno. Ella extendió su mano hacia mí y me afirmé en su felicidad para negarle mi abrazo. Mi dama me gritó un “por favor” y todo en lo que creo se hizo cenizas al oír su clamor, pero era por su bien y le negué mi presencia, para que fuera claro le di la espalda desangrándome de desolación, pero era por su bien. La madre naturaleza me apoyó en mi convicción y los muros se volvieron enredaderas vivas que se atravesaban entre nosotros. Rogué porque la tortura terminara pero nada ni nadie vino en mi auxilio, así que me volví brutal y le susurré: —Es por tu bien…” —Vi en sus ojos de noche sin luna, el terror hacerse dueño y señor. Y mi niña cambió, se volvió una mujer bella y feroz que lanzó lejos la corona de flores que adornaba su pelo.
Cass apretó las manos y se enterró las uñas, el susto dio paso al terror y a un escalofrío fenomenal que le recorrió el alma, el cuerpo y se le alojó en el corazón.
—OJOS OSCUROS tu sueño y el mío son el mismo, si eso no es magia, no sé lo que es, pero mi piel se ha erizado y por primera vez en mi vida tengo temor a lo que no puedo definir…
Ella no contestó, seguía apretando sus manos mientras sus uñas lastimaban su carne, lo hacía para no gritar, para no ahogarse en llanto, para no apagar el chat, para no ir corriendo a buscar a NAVEL36.
—Princesa, contesta por favor, que tu silencio me duele.
—No sé que decir…
—Sólo dime que sigues allí y que ahora sí crees en la magia.
—Creo en ti, la magia aún no la veo… Tengo que irme. —Cass no podía más, envió su última frase, subió sus piernas a la silla y las abrazó. Se quedó respirando triste mientras veía las letras caminar ante sus ojos, pero no fue capaz de descolgarse del chat.
NAVEL36 tampoco escribió nada, la distancia que los separaba se esfumó y a pesar de estar cada uno frente a una anodina pantalla de computador, estaban más unidos que si sus pieles se rozaran.
Varios minutos de silencio hicieron fila para suicidarse frente a ella. Cass necesitaba salir de ese estado de miedo que la envolvía y no encontró nada mejor que poner aquella canción en idioma desconocido esperando a que el “Ombligo Mágico” despertara.
—Por favor, princesa… deja de oír esa porquería. —Fue el ruego que NAVEL36 lanzó desde su propio huracán.
—Sólo si me respondes…
—No me chantajees ni me tortures, mis oídos claman paz.
Cass cambió la canción y buscó la más triste que podía recordar: “Answer”. —¿Quién eres?
—No lo sé. En este momento todo lo que sabía de mí se borró al leer tu sueño.
—¿Por qué NAVEL?
—Porque OJOSOSCUROS ya estaba en uso.
—¿Nunca me vas a contestar?
—Es mejor así. Eres la única persona que me conoce como realmente soy y no se deja llevar por apariencias y por lo que otros creen saber de mí. A ti te soy leal, honesto y sincero, porque sé que estás en iguales condiciones para mí.
Cass abrazó con más fuerza sus piernas. —Te mentí… —Apretó enviar y esperó el último velero a Venus.
El timbre le dio un susto cardíaco cuando estalló en todo su departamento rompiendo el poquito de magia que aún flotaba en el ambiente. Fue hacia la puerta y abrió pensando en mandar a quien fuera a la punta del cerro, y ahí se llevó una de esas sorpresas amargas con que el destino decora a la vida. Su vecina de ochocientos cuatro años, que vivía enfrente le pedía que bajara la música porque su gatito regalón estaba durmiendo y lo había despertado.
Cass parpadeó como búfalo en celo, sonrío con aderezo de cinismo y asintió. Cuando volvió al computador NAVEL36 se había marchado pero le había dejado un mensaje para poner la carne de gallina.
—OJOSOSCUROS soñé que perdía a esa maravillosa mujer a la que amé en mi mejor sueño. Soñé que me encadenaban con siete cadenas que nadie podía cortar. Soñé que todo lo valioso que creo poseer, no valía nada a la hora de recuperar a mi amada. Y al despertar me di cuenta que lo más valioso que casi perdí fue a mi amiga virtual. No me mientas… por favor.

La vida sacó su mejor reverencia irónica, la esbozó y luego con arrogancia le plantó un guiño sarcástico a la eternidad, le sopló irreverencia al destino y los archivos siderales se fueron al mismismo infierno en un dos por tres.
Esa velada de vigilia virtual, el chat jugó su mano más oscura y conectó en tácita alianza a dos que el tiempo tuvo a bien separar.
Por esas cosas que nadie sabe de dónde provienen, pero a que todos alguna vez nos atacaron a mansalva, una historia mal trazada zurció dos existencias que no tenían que toparse.
Cass se durmió apretando la almohada, cuando sus suspiros se hicieron cada vez más profundos y lentos, el sueño vino con su capa de imágenes extrañas y significados retorcidos a cubrirla completamente.
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Esta vez todo fue igual pero perturbadoramente diferente. Estaba de pie frente a un gran río que se separaba en dos brazos enormes. El que fluía a su izquierda era torrentoso y parecía cantar en un idioma desconocido, el de su derecha era silencioso y apenas se movía pero brillaba con todos los tonos de la plata. En el de la izquierda, el sol se hundía lentamente en un ocaso de mil colores. En el de la derecha, aparecía la luna llena más grande y bucólica que hubiese visto en su vida.
A su espalda sintió pasos y antes de que se girara para ver de quién se trataba, una voz conocida entró en su cuerpo. —Estoy aquí, date la vuelta y mírame… —Con un movimiento rápido que se fue ralentizando se enfrentó a esos ojos que la seducían con sólo existir.
Era Phillippe, de eso estaba muy segura, pero había rasgos distintos que no sabía como interpretar. Ahora su cabello no era rubio como el sol, a ratos le parecía castaño, o trigueño, o tan oscuro como el carbón. Pero si había algo que no cambiaba eran sus ojos del color de un bosque joven.
Su talle fue rodeado por las manos urgentes de ese hombre que se le hacía a cada momento más necesario e íntimo. Se vio desnuda y lo admiró desprovisto de ropas y máscaras, y sobre el césped más suave del mundo, Phillippe la amó.
Cass se movió con la levedad que da la satisfacción, tanto del alma como del cuerpo. En la penumbra que la rodeaba podía sentir el murmullo del agua de aquellos brazos de río, tan disímiles y a la vez tan unidos. A su espalda percibía la piel de Phillippe tan cercana como su propia respiración; él dormía aferrado a ella envolviéndola en su cuerpo, conteniéndola entre sus brazos, perfilándola con su aliento.
Se movió un poco para observarlo, quería ver su bello rostro dormido. Al girar la cabeza se encontró en su cama, con la presencia de alguien acostado con ella, sólo pudo ver su perfil por un instante, pero definitivamente no era ni Phillippe ni el “Homo Desechadus. Era alguien de piel mate y barba de un día. Cass lanzó un grito y se despertó con su propia voz. Estaba sola en medio de un océano de sábanas revueltas.
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Hicieron falta dos tazones de leche tibia para que recuperara la tranquilidad. Cada cierto rato miraba hacia su cama, claro que lo hacía sobre su hombro porque no podía de frente; aquel hombre que había percibido a su lado era demasiado corpóreo, demasiado real como para dejarlo sólo en el ámbito de un sueño macabramente innegable; pero era uno, eso se lo repetía una que otra vez cada segundo para mantener la cordura.
La mañana de víspera de navidad la atrapó en su carrusel de abrazos forzados, sonrisas de papel crepé y regalos inútiles que le ocupaban las manos y le aburrían el alma.
El mediodía llegó trayendo la pereza de treinta grados de calor, diez por ciento de humedad y un mensaje horroroso en su celular. El “Homo Insufriblus” volvía a establecer contacto aludiendo al espíritu navideño como mediador de buena voluntad entre amantes alejados.
Cass leyó el dichoso mensajito cuatro veces para convencerse que podía llegar a ser tan tozudo. “Estoy afuera del edificio, esperándote para almorzar juntos… Dame una oportunidad, por los buenos tiempos”.
La diseñadora iba a contestarle que se fuera al infierno, cuando lo vio aparecer con su mejor cara de “Hola nena, ¿Nos vamos ya?”
Ella le sonrió con los dientes de un escualo hambriento. Se levantó, tomó su cartera y el tropel de regalos inservibles y se le acercó caminando como panterita en celo. Apenas se detuvo a su lado, lo miró de arriba abajo y le murmuró. —Ni que estuviera loca. —Y siguió hacia el ascensor.
Él la alcanzó y se fue los diecisiete pisos rogándole que fueran a almorzar juntos; a lo que Cass se negó con terquedad casi infantil. Cuando llegaron al primer piso la diseñadora iba a salir huyendo pero chocó de frente con alguien que entraba, lo que el “Homo Hostigosus” aprovechó para tomarla del brazo y casi arrastrarla fuera de la jauría humana que se peleaba un milímetro de ascensor para huir rumbo a sus casas.
El camino hacía la salida del edificio fue un rosario de razones por las que deberían almorzar juntos y tal vez pasar la navidad muy juntos. Cass se detuvo en seco, echó fuego por los ojos y espumarajos de lava ardiente por la boca en forma de palabras. Le gruñó en su mejor español de bajo fondo que la dejara en paz, que nunca iba a volver a su lado y que si fuera el último hombre de la tierra seguiría sin darle ni media oportunidad porque se había farreado diez años de ocasiones para estar con ella y hacerla feliz. Hizo parar un taxi y se subió conteniendo la rabia que le provocaba esa actitud empalagosa de quien siempre fuera tan poco amelcochado.
Llegó a su departamento y tuvo la mala idea de revisar los mensajes de la contestadora telefónica. Había diez minutos de palabras del “Homo Agobiadurus” pidiéndole que reconsiderara eso de no pasar la navidad juntos. Ahí recién recordó que una de las fobias del susodicho “Homo” era tener que ir a la casa de sus padres solo. Ella solía ser su escudo para los eventos sociales y más aún, para las reuniones familiares que él odiaba más que a las mascotas.
La sonrisa que se le encendió en el rostro le duró toda la tarde. Se preparó una cena deliciosa, llamó a sus padres para decirles que no podría ir a celebrar la Navidad con ellos, se dio un baño caliente, se puso su pijama desarmado favorito, encendió todas las velas que tenía y se plantó frente al computador con aquella melodía incomprensible sonando majaderamente. Esa sería su celebración de navidad y le fascinaba la idea de no tener que soportar brindis, agradecer regalos que nunca quiso y cenar alimentos que al otro día la tendrían con una acidez de mil demonios.
Para que todo fuera perfecto, el Espíritu navideño le tenía un gran regalo virtual. Ahí estaba NAVEL36 esperándola con un enorme abrazo sólo para ella.
—¡Feliz Navidad! —Cass no tenía muy claro cómo debía iniciar su conversación, así que enarboló un mensaje archiconocido e imposible de desatender.
—¿? —NAVEL36 parecía flotar entre Neptuno y Plutón.
—Te deseo una maravillosa navidad, que el chico de rojo te lleve algo genial.
—¿Qué…? ¿Quién…?
—¿Estamos de bromas? Te deseo una feliz navidad, no me dirás que olvidaste la fecha.
—Ah… ¿Es hoy? Vaya, felicidades.
La vocecita majadera de Cass lanzó un chillido que superaba a las mejores alarmas contra robos. Había dado con algo que no esperaba y si era astuta le sacaría algo de información a ese “Ombligo Misterioso”. —¿No celebras la navidad por convicción o por religión?
—Ehhhh… ni siquiera lo intentes. No te voy a decir nada hasta que me digas en qué me mentiste.
—Oh, eso… Bueno, no tengo esa edad. Eso es todo, no hagas tanto escándalo.
—No lo hago, ¿Cuántos años tienes?
Cass tamborileó los dedos en las teclas que delataban su edad, respiró profundo y gimió antes de escribir. —Cuarenta y no te rías.
—No me río… —Y como era de esperarse todos los emoticones de carcajadas llenaron la pantalla de la diseñadora.
Ella ni siquiera se molestó en contestarle, dejó que se aburriera de mandarle tipos sonrientes y cuando su locura temporal cesó, tampoco hizo algo por comunicarse.
Pasó mucha agua bajo el puente hasta que NAVEL36 hizo contacto nuevamente. —Es que llegué a creer que eras un varón.
—¿Quieres que lo sea? —No supo por qué razón fue tan ácida su respuesta.
—¿Volvió tu mal humor?
—No esperaba que te rieras de mí. Eres muy desagradable cuando lo deseas.
—Lo siento, pero es que no entiendo por qué aumentaste tu edad. Las mujeres generalmente se quitan años.
—Eso es lo que los hombres creen.
—¿…?
—Olvídalo, contesta mi pregunta. ¿No celebras la navidad por convencimiento o por religión?
—OJOSOSCUROS no hagas esto, no empieces a husmear más allá de lo que yo te ofrezco de mí. ¿Acaso te importa mucho que la celebre, que no lo haga o que lo haya olvidado?
—¿Y para qué demonios quieres saber mi edad? O sea yo tengo que darte información y tú me la niegas descaradamente, vete al infierno, si es que crees en él.
—Auch, eso dolió. Lo siento, pero es mejor así… Prometo no indagar más allá de lo que tú quieras decirme y te pido lo mismo.
—Bien, eso me gustó, pero yo exijo una cláusula inamovible.
—¿Cuál?
—A cada información que yo te dé, estás obligado a dar una de igual profundidad y viceversa, sin mentiras, sin rodeos, ni respuestas odiosamente astutas. —Cass era buena negociando y había sacado su habilidad a relucir.
—Ehhhh… siento lástima del pobre tipo que acepte esto. Eres muy inteligente… Está bien, acepto el reto.
La diseñadora sonrió con todos los dientes, había obtenido su mejor regalo de navidad. —Estoy celebrando la navidad sola en mi nuevo refugio, con una cena a mi gusto y muchas velas. ¿Qué haces tú?
—Trato de terminar una canción, veo a mi perro comerse un hueso falso y me duele un poco la cabeza.
—¿Qué soñaste anoche?
—Mmm, no apto para niñas tan pequeñas.
—¡…!
Nuevamente la pantalla se llenó de carcajadas y Cass tuvo que soportar varios minutos de emoticones frenéticos. Hasta que su paciencia se agotó y le mandó un testamento en español donde le contaba su sueño y para que le prestara atención, puso la canción incomprensible en el chat.
NAVEL36 reaccionó de inmediato. —Saca eso por favor, se te van a podrir los oídos…
—Cosa mía, son mis dos orejitas y las torturo como yo quiero.
—Cosa tuya. Deja que meto tu testamento al traductor para entender qué dice, porque ese idioma tuyo es macabro.
—¿O sea que abandonaste el curso de español? —Si podía obtener datos de NAVEL36 lo haría por el método que fuera.
—Ehhh, si… pero fue por una buena razón. Casi tuvieron que amputarme la lengua tratando de pronunciar una letra con sombrero.
Las carcajadas de Cass de seguro despertaron al gato de su vecina. —La Ñ… ¿Y cuál es ese tercer idioma que hablas?
—Nah…. Buen intento pero no soy tan tonto.
La diseñadora se mordió la curiosidad y tuvo que aceptar que NAVEL36 estaba muy alerta como para emboscarlo. Él guardó silencio un rato y ella aprovechó para cenar, pero no fue tanto como para que paladeara esa exquisitez que había preparado.
NAVEL36 volvió al ataque con la certeza de un águila hambrienta. —Tenemos que hablar de estas coincidencias.
—No hay coincidencias en la coincidencia. Lo leí en algún lado y suena lógico. —Cass estuvo segura que los suspiros del “Ombligo No-Navideño” mecieron las cortinas de su departamento.
—No, no las hay… ¿Cómo eres?
—Estás desobedeciendo tus propias reglas. Olvídalo señor NAVEL36, no quiero saber nada de ti. Me basta con que estés en el chat y hablemos de todo y de nada. No me gusta mirar la eternidad, por muy claro que esté el día.
—Vaya que gran frase… Muchas gracias.
Cass tuvo ganas de meter la mano a la pantalla y sacarla por la pantalla de NAVEL36 para ahorcarlo; en su lugar se limitó a mandarle un emoticon que sacaba la lengua.
El “Ombligo Ladronzuelo” desenvainó su mejor frase y sin previos aviso la enterró en la desprevenida diseñadora. —Soñé que despertaba al lado de una mujer que no conozco… y exijo saber si eras tú.
Cass parpadeó rápido, muy rápido, jadeó y se descolgó del chat. No podía contestar aquello a pesar de que la respuesta estaba latiendo en su cabeza hacia horas.
Se metió a la cama temblando a pesar de los veinticinco grados que había. A pesar de que estaba segura que tenía fiebre, a pesar de que no tenía sueño, a pesar de que tenía miedo de dormir, a pesar de todos sus pesares se metió y se tapó hasta la cara con la sábana hasta que se durmió.
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Cass estaba de pie en el borde del abismo, abajo el mar rugía con tal fiereza que le despertó un miedo ancestral que alojado en su pecho, esperaba su momento de enterrarle las garras.
La noche sin luna era la más triste que recordara, su piel estaba fría, su alma solitaria y el camino abandonado.
Buscó el borde de la calzada y juntando toda la valentía que podía, miró hacía abajo. Allí pudo distinguir algo, un cuerpo, un despojo de lo que solía ser el dueño de los ojos más lindos del mundo.
La pena la alejó de la orilla, sollozando. Debía buscar su rumbo aunque estuviera sola, aunque no supiera hacia donde la llevaría esa senda, aunque se muriera de miedo.
Estaba segura que nadie estaba cerca pero a su lado percibió a alguien.
Cass negó con la cabeza y su llanto se hizo más profundo y lastimero. —No puede ser cierto… —susurró y unos brazos la acercaron a ese pecho que ya se le hacia necesario.
—Shhhh, no llores… Perdóname y dame otra oportunidad. Mírame a los ojos y créeme esta vez.
—No puede ser cierto.
—¿Crees en la magia?
La niña que era, negó con la cabeza, tenía los ojos cerrados porque no se atrevía a mirar a Phillippe, no quería verlo destrozado por la caída, no quería ver a la muerte reflejada en esa bella cara que tanto amaba.
A medida que sus lágrimas caían, se sentía mutar, su cuerpo de adolescente iba cambiando, ahora era Cassandra Songeur la que en brazos del Templario esperaba que su pedazo de inmortalidad se hiciera presente.
—Dime si crees en la magia —insistió él y Cass sintió como su barbilla era levantada suavemente—. Mírame… La eternidad es más bella de lo que crees.
Ella negó y se soltó de su abrazo. Le dio la espalda ahogándose en sus lágrimas. Iba a hablar cuando el sonido de explosiones lejanas la despertó.
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Cass siguió acostada hasta que los estruendos pasaron, su habitación dejó de iluminarse por los fuegos de artificio. Ahora estaba a oscuras y sólo se filtraban pequeños rayos de luz de luna por las rendijas que dejaba la cortina. Abrazaba la almohada y apenas parpadeaba, su respiración era mecánica y los pensamientos se deslizaban por su mente como los relojes blandos de Dalí. Las ideas, recuerdos y situaciones estaban desfilando en su cerebro al ritmo de una sonata febril
NAVEL36 y su exigencia, aquello de “Soñé que despertaba al lado de una mujer que no conozco… y exijo saber si eras tú. No tenía lógica, ni compasión.
¿Cómo podría ser ella? ¿Cómo se metía una en un sueño de alguien a quien no conocía? ¿Cómo se hacía para que dos desconocidos en dos esquinas del mundo, soñaran lo mismo? Y peor aún… ¿Era posible que NAVEL36 se metiera en su sueño y en su cama, conscientemente?
La noche se le hizo larga. Con cuidado fue desmadejando todas sus preguntas y se dio maña para contestarlas de mil maneras. A las cuatro de la mañana el sueño se hizo su amo y señor, y se durmió. Despertó con el sonido del teléfono que parecía aullar en sus oídos. Contestó por inercia y se llevó una pésima sorpresa. El “Homo Abandonadus” estaba ebrio y lloraba una confesión tardía a ritmo de bolero añejo.
Cass escuchó todas las barbaridades que le fue soltando con lengua traposa y aire destemplado. La aburrió hasta los bostezos recordando desde que se conocieron hasta la última semana que vivieron juntos. La diseñadora buscó la posición más cómoda que encontró y se fue adormeciendo con el ronroneo alcoholizado del que una vez fuera su pareja.
Despertó casi una hora después, el teléfono estaba a su lado tan dormido como ella y sólo transmitía los ronquidos lejanos del “Homo Borrachus”. Colgó y se acomodó para seguir durmiendo, sólo eran las seis treinta de la mañana y no pensaba moverse a ningún lado. Lamentablemente la magia de navidad estaba en su apogeo y la atrapó en el mismo sueño una docena de veces.
A las ocho veinte minutos, Cass, un vaso de leche fría con plátano, dos tostadas de pan negro y el peor humor del mundo se sentaron al PC a mandarle mensajes al “Homo Estupiduz” para que colgara el auricular y les devolviera la línea telefónica.
De pasadita, la diseñadora atisbó en el chat de NAVEL36 y se topó con un mensaje que el “Ombligo Exigente” había dejado en su ventanita.
—Quiero saber de ti, no me dejes esperando porque voy a creer que no existes y eso me quitaría las ganas de confiar en la magia.
Cass se largó a reír, no podía hacer nada más. Ese “Ombligo Manipulador” era increíble, daba lo mínimo de sí pero exigía todo a cambio. Dejó el chat abierto y se recostó en el montón de cojines que adornaban su living. El viento del ventilador jugueteaba en las cortinas, la leche dormía en su vaso y ella se sentía extrañamente en paz consigo misma y algo enojada con el universo o con quien estuviera a cargo de las coincidencias.
—“No hay coincidencias en la coincidencia… Las casualidades no existen, sólo las causalidades… En este mundo no existen las coincidencias, sólo lo inevitable… Las casualidades demasiado casuales suelen ser más bien causales… Desconfío de las casualidades, demasiado casuales… Las casualidades no existen, es el destino que las hace coincidir” —repitió de memoria una serie de refranes que había encontrado en la red, luego elevó su vaso de leche al cielo—. Salud. A quien corresponda le pido que por favor empiece a explicarme todo esto porque me está empezando a asustar. —Se tragó una lágrima y con voz cortada por la emoción siguió su monólogo—. No tengo idea qué significa todo esto, pero si de casualidad o por azar o por causalidad, NAVEL36, Phillippe y yo estamos, —inspiró profundo y cerró los ojos—, estamos relacionados, te suplico que me guíes en esto, porque no quiero… ya sabes, no quiero… —Dejó de hablar, se bebió de un golpe la leche y agarró un cojín, lo puso en su boca y gritó con todas sus fuerzas.
Se arrimó al chat y sólo le dejó un escueto mensaje al “Ombligo Místico”. —No hay coincidencias en la coincidencia. Las casualidades no existen, sólo las causalidades. En este mundo no existen las coincidencias, sólo lo inevitable. Las casualidades demasiado casuales suelen ser más bien causales. Desconfío de las casualidades, demasiado casuales. Las casualidades no existen, es el destino que las hace coincidir. Besos, OJOSOSCUROS.
No fue un buen día, cuando se alistaba para visitar a sus padres y cumplir el protocolo impuesto por la sociedad para “celebrar la navidad”, el teléfono volvió y no venía solo, traía de polizonte al “Homo Resacosus” que en su mejor lenguaje post borrachera le pidió disculpas por el bochorno y el mal rato; y como no podía dejar pasar la oportunidad, la invitó a almorzar.
Cass sonrió, “El gato no es gato si no se lame el trasero” —pensó antes de contestarle con toda la diplomacia del mundo, que mejor lo dejaban para otro día, cuando no tuviera jaqueca.
El “Homo Abochornadus” aceptó la postergación y volvió al ataque imponiéndole una fecha para almorzar juntos y recordar viejos tiempos; a lo que ella respondió que luego lo llamaba y sin más le cortó la llamada.
La noche era cálida y bostezada, había desperdigado sonrisas, sonrisitas, carcajadas y hasta un maullido tratando de explicarles a sus padres y demás familiares el porqué de su nuevo estado de soltería.
Se convirtió en el tema de conversación de la mesa de onces. Opinaron todos, desde las abuelas hasta la sobrinita de cuatro años que dijo que el “Homo” olía raro y que le caía pesado.
Cass aprovechó la divina intervención de la niñita para decir que a ella también y por favor no se metieran en su vida, porque estaba así de largarse e ignorarlos hasta la navidad siguiente. Las cejas arqueadas de su madre, el soponcio de sus abuelas, las carcajadas de sus sobrinos y la rodada de ojos de su padre, fueron suficiente broche de oro a una velada hostigosa y deprimente.
Luego de que las abuelas fueron convenientemente sentadas en el living, Cass se levantó, saludó a todo su morboso público y haciendo un fabuloso mutis por el foro, se fue de allí cual diva engreída y ofendida.
En su departamento el silencio por primera vez se le hizo agobiante y decidió mandarlo al divino carajo poniendo aquella canción de idioma desconocido una y otra vez y se prometió a sí misma, que si la viejita del frente venía a molestarla con el gato regalón, se los comería a ambos vivos; pero nada pasó, salvo que se conectó a la red y recibió un bello presente de la esquina desconocida del universo y su habitante misterioso.
—Desde que apareciste en mi vida, vivo de causalidades… Contéstame OJOSOSCUROS, si alguna vez haz creído que entras a mis sueños y me haces feliz.
Cass se sumergió en un ataque de tos seca, luego sudó frío y por último decidió que contestaría aquello acorde a las circunstancias: completamente desnuda con una copa de vino rosado en una mano, una barra de chocolate con avellanas en la otra y la musiquita incomprensible sonando a zafarrancho.
Se tuvo que tragar el contendido de la copa al seco cuando apareció NAVEL36 en el chat y para que todo fuera terroríficamente bizarro, el muy manipulador conectó la cámara web y puso al ombligo de su perro en un primerísimo primer plano.
—No hagas esto…, por favor.
—Hola, princesa de Ojos Oscuros, te presento a mi perro. ¿Ves que existe?
Cass maldijo en todo el espectro que su idioma le permitía. —Si no me muestras cómo eres entonces apagas la cámara o me largo… para siempre. —Sentía lo mismo que si estuviera parada descalza en la acera, en la peor nevada del siglo y mirara por una ventana una chimenea encendida y no la dejaran entrar.
El “Ombligo Tentador” apagó la cámara y se dedicó a mandarle emoticones de tipos enojados y desquiciados.
—He tenido un día pésimo, lo que menos necesito es tu humor negro para convertirlo en un día de mierda. —Por mucha navidad que fuera no estaba para empalagosas frases célebres.
—Hey, cálmate… ¿Qué te pasó? ¿Puede ayudarte en algo este humilde servidor?
Cass se quedó quieta releyendo lo que había escrito en el chat, se desahogó en una cascada de suspiros, le bajó el volumen a la cancioncilla y fue apretando las teclas como si fueran burbujas de jabón a punto de sucumbir. —¿Puedes dejar de decir que la magia existe?, ¿puedes dejar de decir que entro a tus sueños?
—Pero lo haces, si no es así, ¿Cómo explicas que soñemos lo mismo? —NAVEL36 agregó un angelito de lo más perverso a su comentario.
—Diciendo que eres tú quien entra a los míos y sin permiso. —No pudo evitar sonreír, sentía que alguien la empujaba a un abismo de respuestas sin preguntas coherentes y se sentía algo fatigada para ese trámite, pero su curiosidad era tan grande como su miedo a lo desconocido.
—O que entramos los dos al mismo sueño… Sonríe, poetisa mal humorada y déjame ver algo de la magia que forjas al escribir.
—Ja, ja, ¿Acaso necesitas una frase para terminar la canción que no existe? —Esa noche no pensaba ser ni amable, ni condescendiente, ni amorosa.
—¡¡Existe!! —bramó NAVEL36 y lo aderezó con un lindo color rojo escarlata.
Cass elevó una ceja y la comisura de sus labios en un gesto maquiavélico. Había logrado lo que hacía tiempo buscaba, sacarlo de sus casillas para conseguir alguna confesión. —Pruébamelo.
El “Ombligo Furibundo” estiró el tiempo, o al menos eso le pareció a la diseñadora, porque pasaron varios segundos en perfecta aglomeración antes de que le contestara. —No hagas esto, no desconfíes de mí, por favor.
—No puedo confiar en quien no sé si existe. Dame algo de ti, así como yo te he dado muchas frases para tu canción. —Cass dejó que su chat le comunicara a NAVEL36 la canción que oía.
—Arghhh ¿hasta cuando la oyes? La vas a gastar…
—Hasta que me digas en qué idioma está cantada, o me reveles algún dato de tu misteriosa vida.
—Está bien, te voy a confesar algo muy personal… Nunca me han roto el corazón.
La diseñadora se quedó sin aire, nadie podía ir y soltarle eso sin previo aviso. Se preguntó si habría alguien capaz de confesar aquello mirándola a la cara. Imaginó la expresión de NAVEL36 al reconocer ese espeluznante secreto: Llegó a la conclusión que, o era el arrogante más grande del mundo, o nunca se había enamorado, o… o tenía un harem para él solo.
Su piel volvió a llenarse se estremecimientos al figurarse el rostro de ese “Ombligo Virtual” y su mente le jugó sucio, porque, en lo que dura un parpadeo, vio el perfil del hombre que en sus sueños dormía junto a ella y que no era ni Phillippe ni el “Homo Abandonadus”.
—¿Cómo puedo creerte algo así?
—Porque es la verdad. Yo creí tu edad, cree tú en mi confesión.
—Está bien te creo… —A la diseñadora le rechinaron los dientes al aceptar aquello.
—Ahora dime, ¿Cómo te metes a mis sueños?
—¿Yo…? Tú eres el que… Espera un momento, no, no…, esto va muy rápido.
—Cobarde.
—Cautelosa querrás decir. No puedes afirmar que alguien a quien no conoces o que jamás haz visto, va y se mete en tus sueños. Eso es imposible y no me vengas con la tontería de la magia porque eso no es cierto.
NAVEL36 esgrimió toda su astucia para acorralarla. —¿Quién dijo que las casualidades no existen, sólo las causalidades?
—No uses mis palabras para emboscarme, ambos sabemos que ni siquiera te puedes meter en los sueños de quien conoces, menos podrías ir y meterte en mis sueños o en mi cama. —Cass estaba escribiendo con tal pasión que no se detuvo a leer lo que había puesto y cuando apretó enviar, recién se dio cuenta del asuntito de la cama.
Al igual que NAVEL36. —¡¿Cama…?! Ah, cama… WOW también lo soñaste. —Y aderezó su mensaje con una carita sonriente con demasiados dientes—. Así que por eso te fuiste de nuestra conversación. Eres una chica de cuarenta años muy tímida.
La rabia de Cass se le depositó en las mejillas y se las pintó de púrpura. Tuvo que recurrir a una serie de inspiraciones profundas para no lanzar el computador por la ventana. Cuando logró calmarse, decidió aceptar el reto y devolver estocada por estocada. —Sí, soñé que Phillippe y yo íbamos bien lejos, pero eso a ti no te incumbe. —Sin darse cuenta se puso el dogal al cuello y jaló levemente, lo que el “Ombligo Astuto” aprovechó con rapidez y eficacia espeluznante.
—Me incumbe si soy yo con quien despertaste.
Una bomba de neutrones habría causado menos estragos en Cass. Tuvo que levantarse, ponerse algo encima y llenar su copa de vino rosado por segunda vez. —No… —Le fue imposible digitar nada más.
—¿No, qué…? Vamos, no te escondas ahora. Lo haz pensado al igual que yo. En mi sueño desperté al lado de alguien a quien no conozco pero que me daba calor y paz, no era mi habitación y definitivamente no era mi cama.
Cass seguía parada frente al computador imposibilitada de moverse o contestar aquello. NAVEL36 por el contrario parecía dispuesto a develar el misterio esa noche. —Jamás me pasó algo así, pero estoy seguro que tiene que ver contigo, desde que te metiste a mi chat, mis sueños son trozos de magia que me tienen en permanente desasosiego pero a los que no puedo renunciar.
No hubo respuesta, el monólogo de NAVEL36 era catastrófico y Cass no podía siquiera imaginar algo coherente que escribir.
El “Ombligo Metafísico” siguió abriendo su alma en palabras simples pero descarnadamente honestas. —Nunca creí que el destino tuviera preparadas grandes sorpresas para mí. Después de todo, estoy bastante bien con lo que tengo; pero ahora no podría vivir sin lo que nuestras conversaciones me brindan y menos, con lo que traen mis sueños. Dime OJOSOSCUROS si no eres la mujer que irrumpe en mis sueños, ¿quién eres?
Era el momento de Cass de hablar, el guante había sido lanzado al medio de la pista y ella debía recogerlo y desplegar sus alas cual mariposa ingenua e inmolarse en ese altar de lo desconocido, en el fuego fatuo de las casualidades con aroma a causalidades; y lo hizo con la elegancia de un cisne que decide cuándo y cómo morir; porque corría el riesgo de no saber nunca más del “Ombligo Mágico”.
—Sólo soy alguien que un día por error se topó contigo. No importa el resto, no puedo meterme en tus sueños, no puedes meterte a mi cama ni a mi vida. Sólo son sueños, repítete eso en el maldito tercer idioma que hablas y deja de decir tonterías. —Lo envío y se sentó a llorar. Ella estaba de acuerdo en todo lo que NAVEL36 decía pero no podía aceptarlo, no porque fuera imposible, si no porque era doloroso creer que algo así pudiera pasarle y nunca se topara con el “Ombligo Compositor” en su vida.
—Chilla todo lo que quieras, pero tus palabras no hacen más que confirmarme que también crees que esto es algo “especial”.
Si había algo de NAVEL36 que desesperaba a Cass, era la forma en que daba vueltas sus palabras para adecuarlas a lo que él pensaba. Era odioso, pero a la vez le fascinaba su forma de ser.
—No lo es.
—Bien, no lo es… ¿Entonces qué es…? ¿Cómo es posible que soñemos lo mismo? ¿Cómo es qué me veo a mi mismo vestido de Templario? ¿Por qué sueño que me atan con siete cadenas? ¿Por qué en mis sueños amo a una mujer que no conozco y es tan placentero que deseo dormir eternamente para tenerla por siempre en mis brazos?
Cass quería bajarse del torbellino en que NAVEL36 la tenía atrapada y le dio rienda suelta a su lógica para que detuviera esa locura. —Porque me estás engañando, porque te burlas de mí simulando que soñamos lo mismo; porque lo único que quieres es que te dé frases para tu canción, que a estas alturas debe ser todo un disco y que cuando lo termines nunca más te veré. ¡¡Y DE SEGURO TE BURLAS DE MÍ CON TUS AMIGOS CONTÁNDOLES QUE UNA TONTA MUJER DEL SUR DEL MUNDO TE DA BELLAS FRASES PARA TU ESTÚPIDA CANCIÓN…!! Porque no puedes ser Phillipe… no puedes…
No era necesario tener una cámara web para saber que NAVEL36 estaba molesto y que Cass lloraba a mares, pero además de eso, ambos estaban asustados.
—Jamás te engañaría, pero estás en todo tu derecho a creerlo. No me conecto contigo para tener frases para mi canción, lo hago porque me gusta mucho hablar contigo, a pesar de que cada cierto tiempo tienes estallidos de mal humor que diriges hacia mí; supongo que me usas de muro de contención… Y respecto a las canciones, pues sí, estoy escribiendo muchas, miles, gracias a tus frases. Cuando las termine nunca más me veras, es más… jamás me veras, jamás sabrás quien soy, cómo soy o siquiera cual es el tercer idioma que hablo.
Cass seguía llorando y apenas leyó la respuesta de NAVEL36. Se levantó para ir a tomar agua y la copa cayó al suelo, como estaba descalza pisó los cristales rotos y se enterró varios en el pie. Como pudo se vistió, dando saltitos de rana coja se fue al hospital y allí, luego de ser interrogada, suturada y pinchada cruelmente por una enfermera con cara de Jack El Destripador, tuvo que comerse el orgullo y llamar al “Homo Abandonadus” para que fuera por ella, porque no le darían el alta si no había alguien que la acompañara y llamar a sus padres era peor que a su ex pareja.
El “Homo Asustadus” llegó como flecha y frente a ella, la enfermera con cara de asesina en serie, le soltó que había alcohol en su sangre y que debía irse con alguien responsable. Que debía guardar reposo por una semana, que no bebiera, que se tomara los medicamentos a la hora y que le habían inyectado un calmante porque lloraba sin parar.
Cass deseó con todas sus fuerzas que un rayo electrocutara a esa aprendiz de matasanos y a pesar de sus objeciones tuvo que aceptar que el “Homo Preocupadus” la llevara a su departamento porque así podría cuidarla como se merecía.
La cara de navidad que tenía el “Homo Odiosus” le daba más rabia a la diseñadora, pero entre la pena que le había provocado el chateo con NAVEL36, lo adormecida que la tenía el medicamento y las clavadas que a ratos sentía en el pie no fue mucho lo que pudo hacer para evitar que la raptara. Aunque luchó con todas sus fuerzas para que la dejara dormir en el sofá cama de la oficina hogareña, no aceptó ni siquiera mirar la habitación que hasta hacía poco habían compartido.
El “Homo Abnegadus” le prometió cuidarla hasta que pudiera caminar sin muletas y ahí volvió el llanto inconsolable a llenarle los ojos. Estaba inválida, raptada por el “Homo Abandonadus”, sin poder acceder al computador y para peor, había dejado a NAVEL36 sin respuesta. Lloró todos días de feriado navideño, lloró de noche a solas y de día cuando él no la veía, lloró por un solo motivo, NAVEL36.
Apenas se podía afirmar para llegar al baño, apenas podía disimular los ojos hinchados como mapache que tenía, apenas podía consigo misma, apenas sobrevivía pero siguió estoicamente adelante, repitiéndose que todo eso valía la pena.
Por fin, el último día del feriado, el “Homo Raptadorus” accedió a que volviera a su refugio y logró hacerlo sin él pegado a su sombra, pero con la compañía de una enfermera contratada para cuidarla.
Lo primero que hizo cuando llegó a su departamento fue ir al computador, necesitaba contactar a NAVEL36, pero él brillaba por su ausencia. Después de todo, hacía cuatro días que ella se había marchado sin decir siquiera chao o espérame un rato, voy a que me detengan la hemorragia y vuelvo.
Cass escribió un mail contándole lo que había sucedido, luego lo borró, luego lo escribió, lo borró y lo volvió a escribir. Cuando la enfermera la urgió para meterse a la cama, volvió a borrarlo y en un ataque de inspiración galopante escribió: —Mi nombre no importa, tampoco importa dónde vivo, ni qué hago ni mi edad; sólo importa que por las noches me siento sola y en las mañanas quisiera reinventar mi vida y hacerla mágica. No importa el color de mis ojos ni el largo de mis piernas, sólo importa que en estos días he llorado mucho y es porque quisiera saber quién eres. No importa como me dicen los amigos que no tengo, ni como me llamaban las amigas que perdí, sólo importa que quiero cambiar esta piel por otra que quiera ser feliz y no importa lo que hago en el día si no lo que sueño de noche y añoro cuando estoy despierta… Ese día tuve un accidente, sé que suena a disculpa tonta pero es cierto, mi pie está roto al igual que mi corazón. Besos, OJOSOSCUROS. —Se secó las lágrimas y apretó enviar.
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La noche era tibia, estrellada y sin luna, el pasto estaba lleno de rocío y mojaba el borde del vestido etéreo que llevaba.
Su piel se estremeció al contacto suave de unas manos que extrañaba más que a nada. Cuando se giró, se encontró con los ojos más lindos del mundo mirándola como si fuera una estrella recién bajada a la tierra.
No se detuvo a preguntar nada, se lanzó a sus brazos y lo colmó de besos, Phillipe le respondió beso por beso, caricia por caricia y mimo por mimo.
Ella buscó su mirada, él sonrió con un dejo de picardía, le guiñó un ojo y se alejó un paso. Ante la mirada atónita de Cass, el Templario fue cambiando, su cabello se oscureció tanto como la noche, sus rasgos se volvieron más perfilados y algo diferentes, la barba de un día se oscureció y pareció acortarse, y una sonrisa taimada brilló con desenfado en su rostro. Sólo sus ojos siguieron siendo iguales, tan verdes como dos bosques jóvenes y tan brillantes como las esmeraldas.
—¿Crees en la magia? —susurró ese desconocido haciendo que Cass negara con la cabeza y se moviera dispuesta a retroceder pero el dolor la frenó.
Phillippe o como se llamara, se agachó y tomó su pie con cuidado, depositó un tenue beso en él y Cass vio las vendas que le cubrían las heridas hechas por la copa.
—Dime que crees en la magia, OJOSOSCUROS. —Y eso fue suficiente para que la diseñadora gritara y la enfermera la sacara de su pesadilla.
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El llanto le duró hasta que la mujer la obligó a tomarse un calmante que la dejó inconsciente diez horas, sin soñar absolutamente nada y con una espantosa modorra que al despertar le parecía que flotaba en la luna.
Tuvo que soportar que la enfermera la bañara y sólo al prometerle que se portaría bien, la dejó meterse al computador. Cass estaba segura que era cómplice del “Homo Manipuladorus” y que su misión era joderle la vida en venganza por el abandono.
Se sentó como pudo y con temor casi reverencial se metió a su correo y a su chat, en ninguno había rastro del “Ombligo Ofendido”.
Para pasar la pena empezó a navegar por la red, nada parecía interesarle, nada era lo suficientemente brillante como las palabras que NAVEL36 desplegaba en su ventanita, cuando sus conversaciones eran adorables intercambios de frases astutas.
La enfermera usó a modo de oferta de paz, un trozo de pie de limón que el “Homo Pseudus-Adorablus” había pasado a dejar. Cass casi se murió al comprobar que el muy astuto ya sabía donde vivía y no podría sacárselo de encima nunca más. Con una mueca, pariente lejana de una sonrisa, rechazó el trozo de calorías, llevaba varios días con poco apetito, con la sensación de pena más honda que había experimentado en su vida y con la certeza que todo podría empeorar.
Cuando estaba por abandonar su viaje al mundo virtual y meterse a la cama para no salir jamás de allí, apareció NAVEL36 en el chat y Cass dio un grito que dejó a la enfermera con taquicardia.
—¿Estás bien? —NAVEL36 se leía apático y seguía enfadado porque en un acto de crueldad virtual, agregó: —Porque me estás engañando, porque te burlas de mí simulando que soñamos lo mismo; porque lo único que quieres es que te dé frases para tu canción, que a estas alturas debe ser todo un disco y que cuando lo termines nunca más te veré. ¡¡Y DE SEGURO TE BURLAS DE MÍ CON TUS AMIGOS CONTÁNDOLES QUE UNA TONTA MUJER DEL SUR DEL MUNDO TE DA BELLAS FRASES PARA TU ESTÚPIDA CANCIÓN…!! Porque no puedes ser Phillipe… no puedes…
—Repetir mis palabras no me ayuda a pedir perdón. —Cass estaba dócil y tenue.
—¿Te duele mucho?
—Sí, me duele el pie y el alma. Lamento todo lo que dije ese día.
—No lo lamentes, lo sentías y lo dijiste. —NAVEL36 podría ser un juez que dicta sentencia a cadena perpetua y habría sido un poco más amable.
—¿Nunca haz dicho algo que luego lamentes?
—No.
—¿Sabes qué? Me duele el pie, estoy vigilada por una enfermera más parecida a un cancerbero que no me deja ni soñar tranquila, quiero pedirte disculpas y tú te comportas como un rey ofendido. Cuando vuelvas a ser un ombligo adorable, me avisas. Chao.
—Espera, espera… lo siento… ¿Ombligo adorable? ¿Qué es eso?
—Eh… nada. Siento lo que dije ese día, por favor te pido que lo olvides y que no menciones el asunto de los sueños.
—No mencionaré lo que dijiste ese día, pero no puedo olvidar el asunto de los sueños, menos con el último sueño que tuve… tuvimos.
Cass se quedó de hielo, el “Ombligo Sincrónico” insistía con aquello y ella estaba irremediablemente igual de curiosa al respecto. —No puedes llegar y decir eso, no sabes lo que soñé. —Hizo como que no quería aunque si quería.
—Tu pie herido es el derecho, tienes una venda que sube hasta el tobillo y está cerrada por ganchos de color rosado, tienes cuatro cortes, dos están con suturas y uno es leve. Tus ojos son realmente muy oscuros, diría que negros si eso fuera posible… Y anoche soñé que besaba tu pie.
Cass leyó el mensaje y su rostro se contrajo. —Sólo dos personas saben tanto de las heridas de mi pie. O me dices quién eres o voy a creer que eres mi ex pareja y soy capaz de matarte por esto que haces. —Las sienes empezaron a martillarle, el pie le dolía como nunca y le temblaban las manos, de sólo pensar que el “Homo Manipuladorus” hubiese llegado tan lejos le provocaba náuseas; pero era posible, mas no probable. Aunque todo ese carnaval se justificaría si fuera él y no un desconocido de algún sitio del mundo. Después de todo el “Homo” hablaba inglés y alemán a la perfección, era muy hábil en asuntos de computadoras e Internet, y más de una vez a ella le quedó la duda que tan estricta eran su ética y su moral.
A NAVEL36 no le impresionaron sus palabras, al contrario lo hicieron reír y fue ahí que cayó la máscara de molestia e indiferencia que se había calzado. —Vaya que lo quieres… No soy él, soy yo.
—¿Y quién eres tú? —El suspiro de alivio de Cass se le atascó en el punto exacto donde conviven el consuelo, el susto y la pena.
—Soy con quien soñaste anoche. En mi sueño, frente a mí estaba la mujer/niña que me hace feliz. De pronto empezó a cambiar, a convertirse en ella misma pero de otra forma. Su piel fue de pálida a canela, su cabello dejó de ser como la miel y se volvió negro, sus rasgos se hicieron más intensos pero siempre fueron sus ojos los que me seducían. Tenía el pie vendado, tal como sé que tú tienes el tuyo.
Cass se sintió acorralada y recurrió a lo que siempre hacía cuando no tenía escape, tirarse de cabeza al abismo. —Bien, me convenciste, eres el tipo que se mete a mis sueños, hemos intimado y en sueños todo es perfecto… ¿Y qué con eso? Ni siquiera me haz dicho que otro idioma hablas.
—Tranquila, cálmate o el pie te va a doler más aún.
La enfermera se acercó a Cass cuando la vio golpear el escritorio y morderse los labios. NAVEL36 la sacaba de sus casillas y la obligaba a caminar la senda que él elegía en ese laberinto paradójico y desquiciado. La mujer la amenazó con otro sedante si seguía comportándose así y la diseñadora tuvo que calmarse casi a la fuerza. Su brazo fue capturado por la maquinita que verificaba la presión sanguínea y las cejas en perfecta formación de la matasanos a cargo, hicieron que se le diluyera muy rápido el enojo. —¡¿Cómo demonios sabes que me duele el pie?! —Pero no se lo comunicó al “Ombligo Sabelotodo”.
—Me lo imagino, fue un accidente tonto pero grave, ¿verdad?
—No te pases de listo. Fue por tu culpa, me asustaste, se me cayó la copa y me enterré los trozos de cristal en el pie.
—¡¿Mi culpa?! Hey… poetisa mal humorada, no me vengas con eso. Yo no te obligué a andar descalza y no mirar el piso. Pero si quieres voy a consolarte.
—¿…?
—¿No? Bueno, tú te lo pierdes.
Cass estaba frenética, el “Ombligo Odioso” había jugado todo lo que quería con ella y era hora de darle un sorbo de su propia medicina, así que puso la canción aquella y dejó que su chat le comunicara lo que oía.
—Y dale con eso… Hay miles de canciones bellas en cientos de idiomas ¿por qué tiene que ser precisamente esa la que escuchas a cada rato? Ni siquiera sabes qué dice.
—Por eso me gusta, la melodía es bellísima y como no entiendo qué dice, le pongo las palabras que yo necesito oír. Así la vida se me hace más llevadera.
De pronto la frustración de Cass se diluyó, la canción la calmaba aunque no entendía ni una sílaba de lo que decía. Los suspiros le llenaron la boca y el pecho, y se le prendió una sonrisa leve en el rostro.
—Gracias, me acabas de dar una gran frase para una de nuestras canciones.
—¿Sigues con eso? Usa la que quieras, pero a cambio quiero saber por qué odias esa canción.
—Porque me recuerda un momento muy malo de mi vida.
—No es culpa de la canción.
—No sabes eso.
—Touché… ¿En qué idioma está escrita?
—Olvídalo, no soy TAN tonto.
—¿Qué dice?
—Habla de una chica que se hirió un pie por no fijarse donde pisaba.
—¿Alguna vez te dijeron que eres odioso?
—No, pero me han dicho que soy lindo, sexy, guapo, sensual, angelical, que canto muy bien y varias cosas más.
—¿Olvidaron decirte que eres vanidoso y arrogante?
—Ehhh, eso dolió.
—Me alegro.
—Vamos poetisa malhumorada, no seas mala conmigo. Hablemos de nuestros sueños.
La enfermera le avisó a Cass que su turno terminaba pronto y que debía hacerle las curaciones correspondientes. La diseñadora asintió y entregó su pie a las manos crueles de esa mujer con cara de inquisidora.
—Dime algo bello, me van a curar las heridas y necesito pensar en otra cosa.
—Upss… bien, grita si quieres, por mí no hay problema.
—Gracioso, si llego a gritar esta bruja me dará otra pastilla y no me verás en días. Ya me ha sedado dos veces porque según ella estoy muy tensa.
—¿Bromeas? No puede hacer eso.
—Claro que puede, la universidad la autoriza para ser mala y fea.
—¿Duele?
—No tanto, pero ella se las arregla para dejarme muy adolorida.
—Luego voy y te quito el dolor. —NAVEL36 agregó una serie de emoticones de cariño, muchas rosas de distintos colores y un beso gigantesco.
—Te voy a cobrar la palabra. Ven a mi hogar, quiero conocerte, quiero saber qué otro idioma hablas, quiero ver cómo son tus ojos y quiero que me contestes un montón de preguntas que llevo atascadas en el pecho desde que te encontré en mi camino. —Cass agregó un emoticon que eran dos ojitos emocionados.
—Algún día, si te portas bien, vas a saber quién soy.
—Eso es lo que menos me interesa. Yo quiero saber cómo eres, no quién eres, para mí eres el alter ego de Phillippe y ya.
—¡¡¿…?!!
Cass no pudo contestar aquello porque la enfermera le comunicó que una de sus heridas no lucía bien y tendría que sacar la costra para curarla en profundidad. Las lágrimas se le escaparon cuando la bruja disfrazada de practicante empezó a escarbar en la lesión, el sonido del algodón y las pinzas paseándose por allí le daban escalofríos y le dolía hasta las pestañas.
NAVEL36 hizo vibrar la ventana del chat y la enfermera hundió la tenacita tan adentro de la llaga que Cass gritó y poco faltó para que la empujara. Fueron sólo diez minutos de curaciones, pero a la diseñadora le parecieron dos días. Cuando terminó se ofreció a acostarla con la sonrisa más cínica que encontró. Ella le agradeció y se negó, ya vería como arreglárselas para meterse a la cama. La mujer sonrió de nuevo con cinismo instantáneo y le comunicó que vendría su reemplazo nocturno, otra enfermera contratada por el “Homo Entrometidus”.
Cass iba a chillar pero el timbre se le adelantó. Unos minutos después, estaba frente a otra enfermera, que si tenía cara de amable, que le ofreció un té con miel y galletas, y la dejó en paz en el computador.
—¿Estás bien?
—No… me duele mucho el pie.
—Pobrecita, esta noche en nuestros sueños, prometo quitarte el dolor. —NAVEL36 acompañó la promesa con el ángel de cara pervertida y le sacó carcajadas a Cass.
—Si realmente eres tú el que inunda mis sueños, quiero que me reveles tres de tus verdades. ¿Por qué yo? ¿Por qué no quieres decirme cuál es ese tercer idioma que hablas? Y ¿por qué Navel?
—No sé porque tú, pero agradezco que lo seas. No es que no quiera decirte cúal es, sólo que no es el momento y porque me gusta mi ombligo.
Cass sintió que esas no eran las respuestas que buscaba pero daba igual, nunca le sacaría más información que esa al “Ombligo Encubierto”.
—No me siento bien, me voy a la cama. Buenas noches. —La diseñadora tuvo que aceptar que su pie necesitaba descanso y su mente también, NAVEL36 la había paseado por un laberinto dejándola mareada y asustada.
—Buenas noches, OJOSOSCUROS, sueña conmigo que yo lo haré contigo.
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Cass estaba de pie al lado de una ventana de piedra, desde donde podía ver la entrada al monasterio sin que nadie la notara. Los suspiros eran tantos que refrescaban el caluroso ocaso de la ciudad costera.
Abajo el ajetreo empezaba a disminuir y el silencio se iba adueñando de todo y de todos. La calma de la noche la envolvía en melancolía y se sentía muy sola. La oscuridad abrió sus alas y decoró de negro el lugar donde la niña de cabellos como la miel, que Cass era, se ocultaba.
Un ruido llamó su atención y miró a la puerta principal del Monasterio, allí se recortó la figura imponente de Phillippe, el Templario entró a caballo y fue saludado por los guardias de la orden.
El corazón de la chiquilla empezó a galopar en su pecho, la sonrisa que la envolvía la hacía lucir más mujer aunque sus mejillas se tiñeron del rubor más virginal. Bajó corriendo las escaleras con rumbo al salón principal donde, de seguro, Phillipe esperaría. Sus pies apenas rozaban las lozas de la escalinata de piedra sacándole un tintineo dulce y juvenil a los adustos peldaños. Cuando enfrentaba el último tramo de escaleras, una mujer de mirada dulce la detuvo.
—Quédate aquí. —Fue amable pero la tomó de un brazo y la encerró en otra habitación sin oír sus protestas.
Cass se removió, aquel sueño empezaba a angustiarla y no podía despertar.
Se vio golpear la puerta muchas veces, se sintió llorar, gritar y amenazar pero nadie vino a liberarla, gritó hasta que sus fuerzas menguaron y se sentó en el suelo, apoyó su cabeza sobre las piernas y dejó que las lágrimas la ayudaran a soportar ese aislamiento donde Phillippe la había condenado sin juicio ni sentencia justa.
La puerta se abrió y entró la mujer de rasgos dulces y mirada amigable. Le secó las lágrimas pero no le preguntó la razón de ellas. La llevó a la habitación que compartían en el piso más alto y le mostró lo que Phillippe había traído para ella. Eran ropas de hombre de estilo árabe, una chaqueta de tela verde con bordados de oro en los bordes, un pantalón bombacha de una tela muy suave y botas que parecían trocitos de nubes.
De pronto el sueño se volvió caótico y Cass volvió al momento exacto en que Phillippe caía por el borde del abismo, pero esta vez ella observaba desde arriba y la verdad brilló un segundo en sus pupilas, el Templario se había lanzado al abismo, no fue empujado ni se resbaló. Fue su decisión despeñarse.
No hubo grito ni lágrimas, no hubo angustia ni pena, sólo hubo parpadeos asustados cuando la enfermera la despertó con más dulzura que si fuera su abuela.
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Esa mañana no hizo esfuerzo alguno por levantarse, dejó casi todo el desayuno intacto en la bandeja, no protestó cuando la enfermera le hizo las dolorosas curaciones en el pie, no contestó el teléfono cuando la llamaron el “Homo Preocupadus”, su jefa, sus padres, algunas amigas y pocos amigos. Rechazó con una mueca triste todos los amables ofrecimientos que le hizo la enfermera y dejó que le tomara la presión y la temperatura cuantas veces quiso.
A la hora del almuerzo, la mujer se sentó a su lado con un gran trozo de pie de limón y un vaso atiborrado de jugo de frutas. Le sonrió con esa sabiduría de quien sabe mucho de la vida porque ha visto demasiadas muertes y fue hablando mientras le mostraba el tenedor donde brillaba un trocito del pastel.
—Esa tristeza no es por un pie herido. —Le acercó la golosina a los labios, haciendo que Cass recordara sus pataletas infantiles al negarse a comer garbanzos—. A veces es mejor dejar que la lengua hable y alivie el corazoncito.
La diseñadora se enarcó de hombros y olió el dulce y embriagante aroma del limón.
—Una frase por cada cucharada, se va sentir mejor, mi niña. Hágame caso. —Le ofreció el tenedor, pero Cass lo rechazó—. No sea terca, lo tiene atravesado y le duele más que el pie. Ya cuénteme y le juro por mis varices que no le digo nada a nadie.
El juramento le pareció tan ridículo a la diseñadora que sonrió y aceptó el trueque. Durante tres horas hablaron, se contaron sus respectivas vidas, se comieron el pie de limón, y dos barras de chocolate acompañadas de mucho jugo de frutas. Lloraron, se rieron y suspiraron, se consolaron y se aconsejaron.
La mujer resultó ser un compendio de sabiduría onírica y le confesó que no era la primera vez que oía de sueños sincrónicos. Lo que le parecía raro era el afán de ese caballero de ser tan misterioso y allí se largó a enhebrar teorías de por qué no quería mostrarse.
Cass se atragantó con cada una de las que la enfermera mencionó, algunas por divertidas, otras por espeluznantes y las menos, porque parecían demasiado probables. Al llegar el ocaso, la diseñadora tenía entre manos un abanico de preguntas certeras que junto a la buena mujer había redactado, se las pensaba lanzar todas al “Ombligo Impenetrable” y de una buena vez, saber algo concreto de él.
La buena mujer la llevó al computador y Cass le enseñó la canción incomprensible, tal vez ella supiera en qué idioma estaba escrita y pudiera ayudarla en su investigación. Ella la escuchó con mucha atención varias veces, luego elevó una ceja y cerró un ojo. Miró a la diseñadora como si fuera una niñita muy pequeña que no ve algo que tiene en la punta de la nariz y le dio un beso en la frente.
—Mi niña, yo he oído eso antes, no sé dónde ni cuándo, pero lo conozco. Ya me voy a acordar.
Cass parecía la dueña del boleto premiado de un sorteo millonario, sonreía como niña en Navidad y se relamía esperando su próximo encuentro con NAVEL36; pero no lo hubo, sólo una escueta carta en su correo. —La vida me atrapó de nuevo. Lo siento, ten paciencia, princesa, que en cuanto pueda reanudaremos nuestra charla. Cuida tu pie y no sigas escuchando esa porquería de canción. Nos vemos en sueños. NAVEL36.
La enfermera tuvo que llevar a Cass a la cama y ayudarla a acostarse, de pasadita la consoló porque la diseñadora lloraba a mares.
La fiesta de Año Nuevo llegó y se marchó con Cass inmersa en la misma tristeza agobiante. NAVEL36 no apareció por el chat, el “Homo Celebratorus” insistió con visitarla para cenar juntos, pero ella le dijo que se sentía muy mal y que tomaría una pastilla para el dolor. Y con eso pasó la noche de celebraciones acunada por el dios sedante sin soñar nada.
Durante la primera semana del nuevo año, cuando la licencia por su pie herido la mantenía sentada, sin salir de su departamento y con la sensación de ser una inválida, los turnos de las enfermeras se sucedieron como la noche y el día sin que nada variara.
Una de ellas era la Bruja Mala del Oeste y la otra la dulce Hada Madrina de Cenicienta, pero ni las cejas formadas para batalla ni los mimos de abuela, lograron sacarla de la melancolía que fue amortajándola durante esos días.
El “Homo Trabajolicus” apenas la llamó para contarle que debía ir a Europa de urgencia y que le traería algo bonito de regalo.
NAVEL36 no apareció en el chat y como no hubo recados en su e-mail, Cass apenas le dejó un triste y entumido mensaje.
—Aquí estoy esperándote, no voy a ningún lado que no sea a nuestros sueños y parece que allí tampoco estás. Besos.

El viernes el médico le quitó los puntos y le cambió el vendaje, ahora podría pisar con muletas y debía ir al kinesiólogo durante diez días porque uno de los cortes había sido muy profundo y había lesionado demasiadas cosas, que sólo los ejercicios apropiados recuperarían. Al término de esas diez sesiones, la revisaría para darle el alta.
Podría haberle dicho que le amputaría la pierna entera y Cass no habría mostrado más interés del que expresó. Asintió, sonrió mecánicamente y se largó acompañada del Hada Madrina que empujaba la silla de ruedas en que la tenían confinada.
NAVEL36 tampoco apareció esa noche de viernes caluroso ni la del sábado en que Cass escuchó la canción incomprensible hasta que las lágrimas la hicieron naufragar en un sueño doloroso.
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Cass estaba de pie al comienzo de un endeble muelle. Frente a ella el mar se encabritaba al son de la melodía incomprensible, sólo que ahora ella comprendía lo que decía. Pasó un segundo y la luna emergió del mar entre destellos de plata y todo fue quietud cuando la música se silenció.
En el borde del muelle se recortó la silueta imponente de Phillippe pero le daba la espalda y Cass temerosa de que se lanzara al agua, fue hacia él intentando hacer el menos ruido posible. Cuando iba a la mitad del camino, la melodía comenzó de nuevo y el Templario notó su presencia, negó con la cabeza y se alejó de ella.
La niña que Cass era, corrió para alcanzarlo pero sus pies fueron retenidos por manos que salieron de entre las maderas del muelle afianzándose en sus tobillos desnudos, salvo por la venda que llevaba en el derecho.
Phillippe desde un pequeño bote observaba la escena con sus bellos ojos ahogados de pena. Mientras las manos seguían deteniéndola, Cass gritó llamándolo.
—Es por tu bien, respeta mis razones… respeta mis siete razones. —Fue el susurro del Templario.
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Fue tal la angustia que la envolvió que la enfermera tuvo que despertarla y darle un abrazo bien apretado que duró mucho rato. Los sollozos fueron remitiendo hasta que el Hada Madrina la soltó y la obligó a beber agua con azúcar.
—Esto ya está poniéndose feo. ¿Por qué llora tanto? —La mujer tenía ojos de comprensión y sonrisa de abuela capaz de entender cualquier barbaridad y más aún, apoyarla.
Cass sólo la miró a los ojos y le fue contando en detalle su último sueño y el último e-mail del “Ombligo Fugitivo”, claro que le tomó varios gimoteos y sollozos lograr armar la historia de forma coherente.
—Haga una cosa, mi niña, vaya y le cuenta todo eso que me dijo al caballero y así se saca la pena del corazón, o se me va a enfermar.
La cara que le puso Cass al consejo le sacó una carcajada a la buena mujer. La diseñadora chilló, maldijo, sollozó, suspiro y le reclamó. Llegó a decirle que la estaba obligando a dejar un testimonio de patetismo último de ordinario. No hubo caso, ella sólo sonrió con esa sabiduría de conocer el final de la vida y le susurró un: No haga tanta alharaca si total no lo va a mirar a la cara cuando lo lea.
A buen entendedor pocos disparos bastan, Cass tuvo que aceptar que la enfermera tenía razón y fue desovillando sus sentimientos para plasmarlos en anodinas y pequeñas letritas moradas.
Sus dedos se negaron a escribir al principio, pero un tazón de chocolate caliente bastó para que olvidaran sus aprensiones y dieran rienda suelta a su “pas de deux” al ritmo de la canción incomprensible.
En largas y tristes palabras del más castizo español, Cass le fue contando al “Ombligo Romántico y Desaparecido” lo que pasaba con ella, la pena que tenía y como se le había ido convirtiendo en melancolía, dejándola atada a un sentimiento que ni siquiera podía nombrar o verbalizar. No le pedía nada, salvo que la visitara en sueños maravillosos y no sólo en pesadillas que convertían su noche en condena y su día en vacío.
No fue capaz de escribir nada más, cada vez que armaba una frase le parecía que era demasiado doliente, emocional, turbadora o tonta, la borraba y volvía a enhebrarla para suprimirla al segundo siguiente. Y cuando estaba por apretar enviar, apareció el “Ombligo Mutante” y Cass gritó de susto y alegría.
—¿Cómo estás, princesa? —Parecía que NAVEL36 retomaba una conversación cortada diez segundos antes. Claro que esta vez no había ni conmoción, ni flores, ni emoticones.
—Aquí ¿y tú? —Cass adoptó la modalidad: “me he topado contigo de casualidad, ni creas que me emocionó verte”.
—Apuradísimo, sólo pasé para ver si estabas y decirte cuanto te extraño. Cuídate y hablamos cuando la vida me dé un respiro. —Esa frase le desarmó todo a la diseñadora.
—¿Te vas? ¿Por qué? ¿Acaso estás en prisión o algo así? —De haber podido lo habría gritado.
—Ja, ja, ja, touché… Algo así, lo siento, me quedaría pero me esperan con urgencia. Un beso, nos vemos en sueños. —Y se desconectó de la red.
Cass se quedó parpadeando frente a la despedida más sosa que alguien le había soltado en la cara. Recorrió la breve conversación varias veces para sentir que NAVEL36 no estaba aunque estaba pensando en ella. Luego de la décima vez que leyó sus palabras, decidió enviar su “cartita patética” como la llamó y lo hizo con los ojos cerrados y un “Ay” en el corazón.
Los días se estiraron hasta la abulia, Cass se dedicó a sus ejercicios kinesiológicos con la misma pasión que le dedicó a sus clases de inglés, odiando cada uno de ellos. No es que fueran aburridos o inútiles, pero eran dolorosos. Además eran a media tarde y con un kinesiólogo que de seguro venía derechito de un campo de tortura, porque además de parecer disfrutar cada quejido de la diseñadora insistía en exigirle el triple cada vez.
Al final de los diez días de martirio el médico le dio el alta y su pie estuvo listo para volver a la normalidad, lo que coincidió con el regreso del “Homo Viajerus”. Sin previo aviso se le materializó en su departamento con un ramo enorme de rosas rojas, un regalo y una invitación a cenar.
Cass lo habría asesinado pero tuvo que aceptar la invitación, después de todo, él había estado a su lado cuando lo necesitó y no puso ningún reparo. La llevó a un restaurante exclusivo, la colmó de atenciones y le contó en detalle de su viaje a Europa. Cosa que a Cass la tenía sin cuidado alguno, pero sonrió hasta que se le acalambraron las mejillas, le hizo preguntas leves y le regaló comentarios casi profundos. Y para que todo fuera aún más bizarro, se interesó por el ciento de fotos que él traía en su muy nueva cámara digital. A medianoche se disculpó aludiendo cansancio, lo que era en parte verdad, estaba harta de compartir una protocolar cena con él y le pidió que la acompañara a tomar un taxi.
El “Homo Ofendidus” casi se murió cuando ella insistió en lo del taxi, porque aceptar que la llevara a su departamento incluía café y quizás qué otra cosa; y logró zafarse de él con un despliegue de cejas arqueadas y sonrisas tercas.

Se acostó sintiendo que tenía mil años y que novecientos noventa y nueve de ellos había estado sola, triste y abandonada. Como no pudo conciliar el sueño, se metió al computador a comprobar que NAVEL36 seguía desaparecido, puso la canción odiada por el “Ombligo Fugitivo” y navegó un rato por la red.
Eran las tres de la madrugada cuando el sueño la venció, hizo una reverencia al “Ombligo Ausente” y cuando iba a apagar todo, apareció la ventanita del chat.
—¿Te quedan oídos después de escuchar esa porquería de canción? —NAVEL36 parecía sonreír a través de las letras de su mensaje.
Cass entre que sonreía y lloraba al leerlo. —No es asunto tuyo… ¿Huiste de prisión?
—Sí, por fin tengo de vuelta mi vida. ¿Cómo está tu pie? —Acompañó el mensaje con un emoticon que lanzaba flores a manos llenas.
—Mejor que mi corazón y tú, ¿qué cuentas?
—No mucho, trabajo, trabajo, trabajo… Te extrañé, poetisa mal humorada.
—Yo también, ni siquiera me visitaste en sueños. No eras tú después de todo.
—No digas eso, yo recuerdo haber soñado contigo.
—¿Seguro que fue conmigo? Tal vez aterrizaste en los sueños de alguien más y me estás confundiendo. —La piel se le erizó a la diseñadora y sintió que el piso huía de sus pies, pero no acusó recibo.
—Confundirte a ti, imposible. Estabas en un muelle y cientos de manos te alejaban de mí. Eras tú, esos ojos no los tiene nadie más, esas miradas son sólo mías y de eso estoy más seguro de lo que puedas llegar a creerme.
Las mejillas de Cass se convirtieron en dos incendios y tragó grueso antes de contestar a la altura de esa maravillosa declaración de lo que fuera.
—No me alejaban de ti, Phillippe huía de mí. No cambies el relato del sueño para parecer inocente. —Después de apretar enviar, Cass se arrepintió con toda su alma de lo que había escrito pero no había vuelta atrás, así que sólo le sonrió al universo rogando porque NAVEL36 no notara el pequeño error.
—¿Inocente? ¿De verdad crees que hago eso? OJOSOSCUROS, en mi sueño me subían a un bote a la fuerza y la mujer que sé que eres tú, se quedaba llamándome con tal angustia que desperté en un océano de sudor, con mi perro ladrando como loco por mis gritos y con las sábanas en el piso. Los del hotel creían que me habían asaltado o algo peor.
—¿Hotel? —Cass se atragantó con su propia respiración al leer aquel despliegue de honestidad, jamás el “Ombligo Misterioso” había soltado tanto de sí mismo en una conversación sin mediar amenazas o trueques.
—Ehh, sí, estaba en un hotel… viaje de negocios. No me cambies el tema.
—Ohhh, ¿y a qué negocios te dedicas? —Hablar de cualquier cosa era mejor que seguir aquella otra conversación.
—Ni siquiera lo intentes. Cuéntame tu sueño.
Cass sonrió, era imposible emboscarlo. —No hay mucho que decir, estaba Phillippe, un muelle, yo, el mar y muchas manos dispuestas a separarnos, algo que yo no iba a permitir, pero el muy… me salía de nuevo con esa bellaquería de que: era por mí bien.
—Tal vez lo sea, princesa, a veces alejarse un poco es lo mejor.
—Oh, sí, por supuesto, si eres un drogadicto sin ganas de dejarlo, o si eres un asesino en serie que —Cass apretó enviar por error y se quedó helada al leer sus propias palabras, una de las teorías de la enfermera buena era que NAVEL36 era una especie de psicópata que a veces era bueno y otras malo, y que cuando eso pasaba desaparecía de la red.
—Voy a simular que no leí eso último. No sé que me ofende más, que me creas mayor y de barba blanca o un asesino en serie.
—Perfectamente podrías serlo. —Cass puso la melodía aquella y sonrió con un bostezo de osa en celo.
—Me voy a convertir en uno si sigues escuchando eso… ¿No te cansa?
—Me va a cansar el día que sepa lo que dice, la he buscado en la red pero no hay trazas de ella. —Y agregó una carita que sonreía con dientes de vampiro.
—Está bien, ganaste, habla de un amor roto. ¿Contenta?
—Nop… Quiero detalles, algo como, qué demonios dice y en qué idioma está.
—Ja, ja, ja… Poetisa mal hablada, no evadas el tema. Si me crees un asesino en serie, ¿por qué sigues hablando conmigo?
Cass viajó al lugar más honesto de su alma y pintó una sonata trágica, desnuda y brutal. —Porque no espero que lo seas, quiero que seas Phillippe, ese hombre de los ojos más lindos del mundo, que en sueños me hace muy feliz y muy triste a la vez. Que me ama como nadie nunca lo ha hecho y luego me abandona como un cobarde. Quiero conocerte, quiero sinceridad de tu parte pero sé con certeza dolorosa, que nunca tendré lo que te pido. No tengo idea de por qué, por eso invento teorías. Imagino que eres mayor de barba blanca y canción inconclusa, o que eres casado con cien hijos, o que eres un niño pervertido que juega a molestarme por el chat, o que eres mi ex que se divierte a mis costillas, o que eres un mago aburrido que se mete a mis sueños y también he llegado a creer que no existes, que esto es sólo una alucinación producto del estrés, o que eres un alguien de algún sitio del mundo donde hablan un idioma ininteligible, que un día en el pasado remoto compartió una vida conmigo en la que me abandonó y hoy vuelve a mí y no sabe cómo pedir perdón por dejarme sola en un camino peligroso.
No había palabras de menos o de más, Cass había vaciado su alma en ese mensaje y se sentía limpia y renovada, había usado toda la honestidad que poseía para hablar desde su rincón del mundo. Ahora faltaba la respuesta de NAVEL36 y esperaba que a diferencia de Phillippe, no huyera sin dar explicaciones.
—No soy mayor ni de barba blanca, la mayor parte del tiempo llevo barba pero es oscura. Sí hay canciones inconclusas y son las que he ido armando con tus frases. No tengo hijos, no soy un niño pervertido, ni tu ex, ni un mago, aunque me gustaría mucho serlo. Existo, de eso al menos estoy seguro, tal vez no de la forma como tú quieres que sea, pero tengo una vida y no está mal. Y respecto a ser un alguien de algún sitio del mundo donde hablan un idioma ininteligible, que un día en el pasado remoto compartió una vida contigo, en la que te abandoné y hoy vuelvo a ti y no sé como pedirte perdón por dejarte sola en un camino peligroso… pues, perdón.
Cass abrió los ojos como farolas, NAVEL36 se las arreglaba para usar sus propias palabras en su contra. Era odioso y de algún retorcido modo, adorable.
—¿Cómo haces para que una respuesta sencilla se convierta en un laberinto que al final no dice nada?
—Es parte de mi encanto. ¿Aceptas que soy o fui, o lo que sea, ese Phillippe?
—Sólo si me dices que otro idioma hablas.
—El idioma del amor…
—¡¡…!!
Las carcajadas llenaron la ventanita del computador y Cass deseó con todo su corazón tener una bola de cristal mágica para saber qué otro idioma hablaba el “Ombligo Odioso” y darle por su lado.
—¿Lo aceptas?
—Aceptar qué… que una vez hace mil años la persona que amaba me abandonó… ¡¡ADEMÁS YO NO CREO EN LAS VIDAS PASADAS!!
—¿No? Pues yo diría que crees en eso, en el karma y en todo lo demás. Creo que estás aterrada como asustado estoy yo, pero estamos juntos en esto. Eres esa preciosa Susan que en sueños me cuenta una historia de amor que pasó hace mil años, pero que sigue tan viva y presente como nosotros ahora.
—¿Sussan…?
—Sí, ese es el nombre de la jovencita que eres en mis sueños.
—NAVEL36 estás jugando un juego peligroso y te estás olvidando varias cosillas. Primero, en mis sueños, ese Templario cobarde se suicidó y me abandonó. Segundo, no puedes saber si soy yo porque no me conoces. Tercero, no puedo saber si eres tú porque yo no te conozco. Cuarto, no puedes saber si sucedió o no. Sexto, ¿qué es eso de siete cadenas, siete muros y siete razones que hacen que se aleje, y quinto, ¿por qué te escudas en tanto misterio? ¿Qué hay de malo contigo?
Cass esperó que NAVEL36 huyera como siempre hacía cuando lo acorralaba, pero esa madrugada las cosas serían muy distintas para ella.
—Primero, no juego, esto es muy serio para mí. Segundo, ¿de dónde sacaste eso del suicidio? Tercero, te conozco, tal vez no físicamente, pero sé más de ti que ese pobre tipo al que abandonaste. Cuarto, me conoces, sólo que no me has visto. Quinto, en eso tienes razón, no puedo saber si sucedió o no, pero estoy seguro que así fue. Sexto, tampoco sé a qué se refiere eso de los siete muros, siete cadenas y siete razones, pero en mis sueños siempre se repite aquello. Y por último, no hay nada malo conmigo, pero prefiero el anonimato.
—Te llenas la boca con eso de la confianza y al final no confías ni un gramo en mí. Me pides todo y no me das nada, no eres muy diferente a mi ex. Todos los hombres son iguales, seres inflexibles que estrujan a las mujeres que los aman sin darnos nada a cambio. Quédate con tu idioma incomprensible, tus canciones inconclusas y tus sueños raros, me harté de tu juego. Hasta nunca.
—¡No! No, espera no te vayas… por favor. ¿Qué quieres saber de mí?
—Nada, chao… que tengas una maravillosa vida. —Cass no cerró el chat, se puso invisible y se quedó allí, en silencio virtual, esperando un milagro o al menos una demostración de confianza de parte del “Ombligo Receloso”.
—Nunca voy a decirte el idioma que hablo porque quiero que me conozcas a mí y no a quien parezco ser. No me gusta esa canción porque me es muy cercana y la forma que tendrías de llegar a lo que simulo ser. Soy una persona que ha sido malinterpretada muchas veces, me han juzgado y condenado sin oír mi verdad. Cuando te conocí en el chat buscaba a alguien que no se dejara llevar por las apariencias que dan las imágenes porque eso es lo bueno de no mirarse. Y la vida me puso en tu camino y te me hiciste imprescindible. Mi vida transcurre como una seguidilla de cosas locas, lo único real y sincero con lo que cuento son tus palabras en el chat. No puedo exigirte confianza porque no puedo darte lo que me pides para tenerla, pero si de algo sirve, te suplico que creas en mí, en lo que te he mostrado porque es lo más honesto que poseo.
Cass lo leyó y antes de que NAVEL36 desapareciera le envió una carita que sonreía y saltaba como rana desquiciada. —¿Qué tiene que ver el idioma con…? ¡¡TU ESCRIBISTE ESA CANCIÓN!! —No lo podía creer, la evidencia había estado en su nariz saltando como la carita y ella recién se daba cuenta.
NAVEL36 no contestó, se descolgó del chat y dejó a Cass en un silencio virtual que le heló la sangre. Se metió a la cama cuando los pajaritos empezaban a trinar. Se durmió conteniéndose las ganas de gritar llamando al “Ombligo Compositor” y saber quién y cómo era de una buena vez.
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Cass estaba descalza en un prado, era un día nublado y ella caminaba aguantándose la pena. En su sueño todo era blando, descolorido y triste.
Sus pies sangraban y tenía las manos frías, el vestido que llevaba estaba mojado, sucio y en algunas partes lucía desgarros.
El prado se convirtió en calzada de piedra y sus pasos la llevaron a una fortaleza de piedra, pero estaba en ruinas, no había techo y sólo algunas paredes seguían en pie. Entró descuidadamente y se sentó al abrigo del único rincón que había allí.
Estaba concentrada en limpiar la sangre de sus pies con algunos pedazos de la tela de su vestido cuando alguien llegó a su lado. Levantó la vista y se topó con Phillipe, pero había algo diferente en él.
Cass se levantó con toda la intención de huir pero él la tomó de un brazo para retenerla, al volver a mirarlo era Phillippe en pleno, quien le sonreía para calmarla.
—No huyas, por favor. No me dejes.
Cass negó. —Tú siempre te vas, me abandonas… me mientes. ¡¡Me dejas sola!!
Phillippe la abrazó y le habló con la voz cortada por la emoción. —Perdóname, no sabía qué hacer.
Y cuando ella levantó la mirada, ya no era Phillippe, al menos no completamente, sus ojos seguían allí, pero algo de él lucía distinto. Su cabello se había oscurecido al igual que la incipiente barba.
Cass dejó de luchar y se entregó. —¿Quién eres?
Él suspiró. —Soy yo, confía en mí. —Y la besó, borrándole de un plumazo cualquier atisbo de reclamo u oposición.
El mundo se diluyó a su alrededor y el vestido de Cass al igual que las ropas de Phillippe volaron por los aires. Las manos se hicieron urgentes y los besos más demandantes, la pasión creció en ambos y explotó tragándoselos en el torbellino que sus cuerpos idearon.
Si los sueños anteriores habían sido raros, excitantes y divertidos, este los superaba con creces. La ternura de ambos, la pasión, el amor y la pericia en el sexo sobrepasaron cualquier límite que sus experiencias anteriores les hubiesen dejado. Al llegar a la cima de sus expresiones sensuales, todo empezó a cambiar a su alrededor.
—No me hagas esto, no me niegues conocerte. —Fue lo único coherente que Cass pudo hilar cuando su compañero de lecho se fue diluyendo en la bruma, al final, igual que con el gato de Alicia, se esfumaron sus ojos.
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La diseñadora despertó en un ataque de llanto. La cama era cualquier cosa menos un lugar ordenado. Había sábanas, almohadas, cobertor y cojines desperdigados por todos lados, delatando las actividades oníricas de su dueña.
Cuando logró calmarse, se levantó directo al computador y le envió un mensaje a NAVEL36.
—No tengo idea si volveré a verte en el chat, pero después de anoche, aunque no sé cómo luces, sé cómo besas y sé como amas… Y con eso me basta, al menos por ahora.

El primer día de regreso al trabajo se le hizo largo y fastidioso. El calor decoraba su ciudad con destellos de bronce bruñido y todo se derretía al amparo de enero.
Esa tarde la clase de inglés fue aburrida hasta los bostezos, y para rematarla, al profesor se le ocurrió que debían elegir un libro, leerlo y luego contarlo al resto de la clase. Los títulos no eran para nada conocidos y Cass tomó el primero que le dieron. Resultó ser una novelita de lo más emotiva. Hablaba de amor, de muerte y de reencuentro.
La noche la encontró metida en la cama muy temprano, había evitado el computador porque estaba segura que NAVEL36 no aparecería y no quería llevarse la desilusión de comprobarlo.
El “Homo Olvidadus” la llamó para preguntarle si le había gustado el regalo que le había traído de Europa y Cass dio un salto tratando de recordar dónde había puesto la caja aún cerrada. La encontró en una repisa de la logia y mientras le contaba con exagerado lujo de detalles de su curso de inglés al “Homo” para ganar tiempo, la abrió.
La barbilla le dio bote y medio al sacar un globo de nieve donde una dama vestida como una princesa medieval, bailaba mientras nevaba a su alrededor, y no era todo, porque además era una caja de música. Cass le dio cuerda y se emocionó cuando una de sus melodías favoritas emergió llenando el ambiente de magia.
—Gracias, es un regalo muy bello. —Su voz salió entrecortada y el “Homo Pseudo Tiernus” sonrió, le dijo que la había comprado en Alemania y que la muñequita era igual a ella. Cass volvió a agradecerle y en una zancadilla del destino aceptó cenar con él un día de esos.
Se sentía extrañamente emocionada, había sido una jornada rara, primero aquel ardiente sueño con Phillippe, luego el libro de la clase de inglés y finalmente el precioso globo de nieve con princesa incluida.

Fueron siete ocasos sin chat, fueron siete noches de soñar ardientes encuentros con Phillippe, que algunas veces lucía como el rubio Templario y otras veces algo en él cambiaba. Cass estaba segura que esos cambios lo asemejaban a como lucía NAVEL36, pero aún no tenía una imagen completa de él, sólo trozos brumosos de un bello rostro. Fueron siete mañanas de despertar llorando a mares por la forma como los sueños terminaban, fueron siete días raros y siete noches agotadoras.
El último viernes de enero, Cass estaba extenuada, física, emocional y mentalmente exhausta. Extrañaba a NAVEL36 más de lo que quería reconocer, pero aún no se atrevía a visitar el chat para comprobar que él brillaba por su ausencia. El pie le molestaba a ratos y si bien no le dolía había algo raro allí.
A las doce de la noche no pudo más, su curiosidad en complicidad con la vocecita majadera que cada cierto tiempo chillaba en su alma y un llamado de la enfermera buena, la convencieron de ir al chat; y casi se cayó de la silla cuando lo abrió y aparecieron veinte mensajes de NAVEL36, veinte ventanitas que decían lo mismo.
—Soñé contigo y necesitamos hablar. Es muy importante, te lo suplico OJOSOSCUROS, comunícate con este Ombligo Abandonado.
Cass entró al chat y a la carita que sonreía se le unió una que lanzaba besos y otra que aplaudía. Al parecer NAVEL36 si que estaba feliz de verla.
—¿Princesa, crees en la magia?
—Hola, ¿cómo has estado? —Cass tenía ganas de gritar, pero una vez más se guardó sus emociones y jugó a parecer controlada.
—Extrañándote mucho, ¿dónde te habías metido?
—Mi trabajo me atrapó, no eres el único a quien la vida lo secuestra de vez en cuando.
NAVEL36 enarboló una carita de ángel con alas y caireles. —¿Crees en la magia?
—No.
—¿Qué pasa? ¿Estás bien? ¿Por qué estás así?
—¿Por qué no me dijiste que la canción la escribiste tú? —Cass tenía tantas emociones apretadas en el pecho que apenas podía entenderlas.
—Ah, era eso. No tiene importancia, es más importante lo que ha sucedido en nuestros sueños.
—No tengo idea de a qué te refieres.
—¡¡¿NO?!! No juegues conmigo, princesa, hemos tenido sueños maravillosos.
—No puedes saber lo que he soñado ni con quién.
Y una vez más, el Ombligo Astuto esgrimió sus palabras para emboscarla. —No tengo idea si volveré a verte en el chat, pero después de anoche, aunque no sé cómo luces, sé cómo besas y sé como amas… Y con eso me basta, al menos por ahora.
Cass quedó al borde de una pataleta cuando leyó su propio mensaje, pero como siempre, la dignidad que le habían inculcado a la fuerza desde niña, vino en su ayuda. —Está bien, reconozco que escribí eso, pero no es por lo que te imaginas.
—¿Y qué crees que me imagino? Vamos poetisa mal humorada, acepta que soñaste más de una vez algo muy ardiente conmigo.
—¡¡¿…?!!!
Miles de besos vinieron a decorar su pantalla y NAVEL36 continuó su vehemente declaración de lo que fuera. —He soñado siete noches contigo, he soñado que eres mía y estoy seguro que soñaste lo mismo… No son sueños, princesa, estuve buscando por allí y eso que hacemos de noche tiene otro nombre.
Lo que NAVEL36 quería decir no era lo que Cass entendió y todo se hizo un lío. —¿Qué bicho te picó? ¿Te volviste loco? ¿Cómo puedes decirme algo así? Aumenta tu dosis de lo que sea que tomas para la locura y… y deja de decir esas cosas.
—Princesa, tranquila… no quise decir eso, o sí, cálmate. Me refiero a que no son sólo sueños.
—Lo son y ya… ¿podríamos hablar de otra cosa? Por ejemplo de por qué no me dices de lo que habla esa dichosa canción…
—Eres muy majadera cuando quieres. Esa canción es algo que me pasó hace muchos años y que intento olvidar, pero tú insistes en refregármelo en los oídos.
—Entonces si tienes otra canción que hayas escrito y que te guste, dámela y la escucho en su lugar.
—¡¡…!!
—Egoísta.
—Mala.
—Tengo miedo.
—No temas, prometo no dejarte sola esta vez.
—No hagas promesas que no vas a cumplir, deja de jugar conmigo. No eres capaz de darme una canción y dices que estarás conmigo. Olvídalo señor Ombligo Compositor, ya copé mi cuota de creerle a los hombres.
—¿No me crees?
—No me haz dado nada en que creer. Así vinieras a tocar mi puerta tampoco te creería. Sólo te dedicas a hablar de lo que sueñas y envolverme en tus tonterías.
—Cree en mí, necesito que creas, por favor.
—Jamás, no voy a creer nunca en ti porque no tengo nada en qué creer, sólo te dedicas a pedirme cosas, frases, sueños, que no escuche esto, que no te haga preguntas, que te diga cosas y no das nada de ti. Debes ser una persona muy egoísta en tu vida diaria, porque si no eres capaz de decirme algo tan sencillo como el color de tus ojos, no quiero saber lo que le niegas a quienes te rodean. —Las lágrimas se le caían a Cass y aunque deseaba dejar de decir todo aquello no podía evitarlo.
NAVEL36 cambió el color y el tamaño de sus letras, las volvió enormes de un verde furioso. —¡¡VERDES!! MIS OJOS SON VERDES, PERO ESO YA LO SABÍAS, ME HAS VISTO EN SUEÑOS, ME HAS AMADO EN SUEÑO Y ME HAS ROGADO QUE NO TE ABANDONE, AHORA SOY YO QUIEN TE SUPLICA QUE NO SIGAS, QUE CREAS EN MI Y QUE DEJES DE HABLARME ASÍ.
Cass cerró los ojos y apretó las teclas una a una, estaba llorando a sollozos y no sabía ni quería entender por qué lo hacía. —Es muy tarde, no me interesa su color, ni que idioma hablas, ni que dice la canción, no quiero volver a soñar contigo, no quiero volver a saber de ti porque no te creo absolutamente nada de lo que escribes en este maldito chat.
—No hagas esto, por favor. No me dejes. Pregunta y yo prometo contestar lo que sea.
La diseñadora seguía llorando, no podía detenerse, sus emociones la habían superado, su lógica le había jugado sucio y ahora no sabía qué era cierto y qué era falso. Las palabras de NAVEL36 le parecían la jugarreta de un desconocido en la red, no podía ni quería confiar en él; pero a la vez se sentía traicionándolo, desgarrándose por dentro, jamás en toda su vida las sensaciones habían sido tan intensas, nunca sus sentimientos se le habían encabritado de tal forma que la dominaban y la descontrolaban.
Y en una jugada osada y desquiciada, se lanzó al abismo sin paracaídas. —Me llamo Cassandra Songeur, tengo cuarenta años, soy diseñadora, vivo en una de las capitales más australes del mundo, hace poco volví a ser soltera. Mis ojos son negros, al igual que mi pelo y mi piel es lo que algunos llaman canela, soy artista de medio tiempo y asalariada de tiempo completo. Esta es mi verdad, a ver qué haces con ella. La tuya, guárdatela, ya no me interesa… Que tengas una buena vida. —Se puso invisible en el chat y dejó que el llanto la inundara como las olas ahogan la playa en una tempestad.
Y tal como esperaba, no hubo respuesta de NAVEL36, no hubo emoticones, ni flores, ni perro lamiendo la pantalla ni nada, el “Ombligo Compositor” desapareció del chat sin decir adiós.
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La noche era cerrada, no había luna ni estrellas, Cass montaba a caballo con el miedo atado a su espalda. Podía sentir su vientre abultado y el dolor que le provocaba el golpeteo del trote.
El camino por el que huía no era más que una huella polvorienta que corría paralela a un abismo, abajo el rugido del río la llamaba con el seductor lenguaje de lo prohibido.
El caballo parecía ser el único que conocía el destino al que iban, porque sus pasos resonaban seguros contra las piedras del sendero.
Cass jadeaba, el temor a ser descubierta le dolía más que el apriete de los aperos contra su cuerpo de adolescente embarazada.
Mientras los guijarros caían al abismo pensaba en Phillippe, en su abandono, en el bebé que llevaba en el vientre, en que había prometido jamás revelarle a nadie quién era su padre, y en su destino, París, el hogar de los Saint Paul.
El camino describía una curva que apareció de pronto a los ojos de la fugitiva, el caballo relinchó y se encabritó cuando ella apretó la brida y todo fue caos. Jinete y corcel se despeñaron al abismo.
Cass se sintió caer y gritó llamando al único amor de su joven vida. Mientras su cuerpo de madre adolescente iba a dar al fondo, contra las piedras, contra el agua, a la muerte.
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Las sábanas estaban mojadas de sudor, Cass tenía el pie derecho hinchado y acalambrado y le dolía tanto que no podía más que gemir. Se levantó y apenas pudo dar dos pasos, el dolor en el pie la hizo caer de rodillas y las náuseas la atacaron con violencia.

El diagnóstico fue desalentador, una de las suturas de su pie se había quedado dentro y la infección estaba en pleno desarrollo.
El médico que le hizo la mini operación para sacarle el punto olvidado fue cuidadoso en extremo, pero eso no evitó que las lágrimas salieran en chorros, pero no eran por la cirugía, eran por NAVEL36.
El “Homo Preocupadus” se peleó con medio hospital por el descuido y logró, bajo amenazas de abogados y juicios, que todo fuera gratis, desde la operación hasta los honorarios de la enfermera.
Cass se aseguró que fuera el Hada Madrina de la Cenicienta la que la cuidaría esos nueve días de reposo absoluto, porque esta vez no podría siquiera usar las muletas, porque no podrían vendar su pie ya que el calor y la humedad podrían jugarle en contra, así que los cuidados debían extremarse.
Estaba cansada, triste y sobrepasada por las circunstancias, parecía que la vida se entretenía pateándola en el piso. Primero el pie, luego NAVEL36 y ahora el pie nuevamente.
Lo bueno de todo eso era que el “Homo” creía que estaba deprimida por el asunto de la operación y la licencia, y no le preguntaba a qué se debía su cara de homicidio frustrado, ni la docena de suspiros por minuto que emitía, ni porqué tenía ojeras que la hacían lucir cual mapache con insomnio.
La enfermera buena llegó con su carga de palabras cálidas y mimos de abuela, apertrechada con termómetro y suficientes golosinas como para poner celoso al conejito de pascua.
El dolor oscilaba entre lo soportable y lo desquiciante, tenía el pie inflamado, el estómago lleno de antibióticos y el alma aplastada. Deseaba con todas sus fuerzas volver a charlar con NAVEL36, pero eso y bailar salsa eran, en ese momento, dos cosas imposibles.
Esa noche de enero fue especialmente calurosa, los veinticuatro grados no querían abandonar la ciudad y Cass se movía en la cama al sudoroso amparo de la fiebre y el calor estival.
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Las imágenes eran sabidas, a los participantes Cass ya los conocía de otros sueños. La historia se repitió al dedillo, sólo hubo un detalle diferente, fue de principio a fin sin darle respiro y con ella como única espectadora de esa vida del Reino de Jerusalén del 1100.
Se vio niña en brazos de James, su hermano mayor. Se vio adolescente fugitiva, se vio jovencita en el momento que se entregaba a Phillippe y se vio morir al despeñarse su caballo. Y se vio reír, llorar, gritar, rogar y gemir en una seguidilla de escenas que le dolían en el rincón más frágil del alma.
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Despertó cuando la enfermera la meció, eran las siete de la mañana y la buena mujer llevaba media hora tratando de sacarla de esa seguidilla de imágenes que la hacían llorar a mares.
Cass le contó todo su sueño y ella le regaló un desayuno digno de una reina, del que sólo probó la leche tibia y el jugo de naranjas.
Aunque el pie le dolía como si le enterraran agujas, por razones de exceso de trabajo su jefa la convenció de diseñar desde su casa al amparo de la enfermera y de sus mimos. Cass aceptó más que nada para no pensar en NAVEL36, le quemaba el corazón cada vez que recordaba sus conversaciones o los sueños ardientes que habían tenido, porque eso si lo había aceptado, Phillippe y NAVEL36 eran la misma persona de alguna retorcida forma, pero lo eran.
Lamentaba profundamente la forma en que lo había atacado en su última conversación, pero no sabía o no quería saber como buscarlo y pedirle disculpas.
A ratos sentía que ya estaba todo dicho y le parecía que estaba bien dejarlo atrás y terminar su extraña relación virtual; pero en otros momentos al recordarlo, las lágrimas se le asomaban a los ojos y se las tragaba con un esfuerzo supremo. Lo extrañaba como si fuera el oxígeno que necesitaba para vivir, deseaba conocer a ese “Ombligo Compositor” que algún día se le había metido bajo la piel y se le había hecho imprescindible, pero ya no podía. No iba a llorar su pérdida porque así lo había decidido, pero le dolía, le escocía más que el pie inflamado.
Esa mañana despertó con tanta la pena que decidió darse un pequeño regalo, dejó que la canción incomprensible sonara bajito en su computador y que su chat la delatara. Total, el “Ombligo Lejano” ya no vendría a reclamarle que la oyera.
A media jornada una de sus compañeras de trabajo la pinchó en el chat y le dijo que tenía mal escrito el nombre de la dichosa cancioncita. A Cass se le detuvo el corazón, alguien además de NAVEL36 la conocía y tal vez por fin sabría qué idioma hablaba su amigo desaparecido.
La chica le mandó el nombre de la canción bien escrito y el idioma, además de un link con la traducción y algunos de los intérpretes que la habían cantado, lo que no pudo encontrar fue el nombre del compositor.
Cass se ahogó en lágrimas al descubrir una mentira más de NAVEL36, la canción si hablaba de algo parecido a lo que le sucedía a ella en ese momento. Las palabras interpretaban a la perfección sus sentimientos, a pesar de estar escrita en un idioma inescrutable, que por fin supo cual era, esa bendita canción parecía ser la banda sonora de ese instante de su vida.
Corrigió el nombre en su chat, bajó todas las versiones que encontró y las escuchó durante toda la tarde. Por fin sabía cual era el tercer idioma que hablaba NAVEL36 y lloró al comprobar que sólo había sido una entretención para el “Ombligo Mentiroso”.
La noche fue un momento suspendido entre dos alegorías a la melancolía. El pie le dolía tanto que la enfermera se vio obligada a darle medicamentos para que pudiera dormir. Ella lo agradeció sin verbalizarlo, no quería soñar y menos recordar lo que soñaba, porque NAVEL36 se le había transformado en algo triste y vergonzoso. Tampoco quería saber nada de Phillippe y sus ardientes encuentros. Quería seguir una vida rutinaria y plana, tranquila y en abúlica soledad. La magia la reservaría para los magos de fiestas infantiles, no para ella.
Despertó al amanecer, el pie le lastimaba menos pero el tobillo le dolía como si lo tuviera fracturado y para que su vida fuera aún más patética, no podía dejar de oír en su cabeza la dichosa cancioncita con ecos dramáticos resonando en las cuatro paredes de su ser.
La enfermera le examinó el tobillo con etéreo cuidado y la miró con las cejas en perfecta formación.
—No tiene nada, al menos no físico. Esto es pura pena. Hable con el caballero y sáquese ese dolor que la está enfermando.
Cass insistió en que a ella nada le molestaba, que no había tal pena y un montón de justificaciones que no hicieron más que darle la razón al Hada Madrina de la Cenicienta.
Se metió al computador dispuesta a intoxicarse trabajando y lo único que logró fue una jaqueca de proporciones bíblicas. Le daba miraditas suspicaces cada cierto rato al chat, por si acaso el “Ombligo Tramposo” se aparecía por allí, pero al instante se amonestaba por seguir necesitándolo. NAVEL36 no apareció y la noche la encontró con la melancolía haciendo volutas en sus suspiros y se durmió aguantándose las ganas de llorar.
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Cass tenía los pies metidos en el riachuelo que estaba frente a ella, el frío del agua se los había adormecido y se había llevado la sangre que los manchaba. Tenía recogido el vestido y observaba sus rodillas con la vista fija y las lágrimas decorándole el rostro.
Frente a ella apareció Phillippe y se arrodilló para tocar sus pies, pero antes de que pudiera hacerlo, ella se levantó y echó a correr en dirección contraria al dueño de los ojos más lindos del mundo.
El pie la lastimaba tanto que quería detenerse pero la rabia que sentía contra Phillippe era tal que le daba fuerzas para correr y alejarse de él. Hasta que sus pasos se hicieron lentos debido al barrial en el que se había metido.
El Templario la alcanzó y la tomó de un brazo, Cass luchó contra él para que la liberara incluso dándole palmadas en el pecho.
—Tranquila, escúchame… no podía hacer nada más. Era la única salida. Fue un error. —Phillippe la liberó y Cass se quedó jadeando frente a él.
—¿Un error? ¿Yo fui un error?
No fue necesario que él contestara, sus ojos dijeron todo y la niña que Cass era, cayó de rodillas en el barro. El silencio se hizo dueño de sus sentimientos y se tragó sus lágrimas, su pena y sus ilusiones.
Phillippe se arrodilló a su lado. —Yo soy un caballero del Temple, debo permanecer casto y célibe. Tocarte fue un error, no podía enfrentar la deshonra, no podía hacerle eso a mi familia.
Cass no pudo contestar, se sentó en el barro y le mostró los pies heridos. Él se los besó y los limpió con su manto blanco. —Yo debía protegerte, no lastimarte. No cumplí mi encomienda, no fui un buen guardián.
La niña que Cass era no lo miraba, no podía, sus palabras eran dagas que le destrozaban algo más que la vida, se llevaban por delante su esperanza, su ilusión y sus ganas de creer en la magia.
Cuando Phillippe dejó de hablar, fue el momento para que ella despeñara su verdad, pero antes su cuerpo cambió, dejó de ser la jovencita de pie herido y se convirtió en Cass, en la diseñadora atrapada en esa pesadilla. —Maldigo el día en que mi camino se cruzó con el tuyo. Si algo he aprendido en mi vida, es que amar nunca es un error, así te caiga el mundo encima debes ser fiel a ese amor, pase lo pase debes jugarte la existencia por él. No quiero verte nunca más, no quiero saber de ti, de tu Temple o tu honor, ni siquiera quiero saber de qué color son tus ojos.
En el segundo que lo dijo, vio como las manos de Phillippe empezaban a cambiar, la piel se volvió del color de las avellanas y las ropas dejaron de ser de un Templario. Cass cerró los ojos y negó con todas sus fuerzas. —¡¡No quiero!! ¡¡No quiero saber quién eres!!
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Despertó con sus propios gritos, la enfermera que estaba a su lado la abrazó bien fuerte. —Dígale lo que le pasa… No ve que tiene el corazoncito roto.
Cass se justificó con mil razones, le dijo que sólo lo conocía del chat, que bien podía ser un asesino en serie, que se había reído de ella, que le había mentido y un montón de cosas más. El Hada Madrina de la Cenicienta sonrío de esa manera que tienen las Hadas Madrinas de sonreír y le soltó que era eso o que le amputaran el pie.

La diseñadora no se atrevía a entrar en el chat, por un lado agradecería que estuviera igual de vacío que siempre, por otro le aterraba la idea de encontrarse con NAVEL36, pero el miedo no era por lo que él pudiera decirle, más bien era por lo que a ella se le antojaba gritarle.
Luego de poner la canción, ahora entendible, en el chat, entró con los ojos cerrados. Sabía que su actitud chorreaba infantilismo pero no podía evitarlo, el susto le hacía cosquillas en las manos y le apretaba el alma. Tenía calambres en el corazón y los oídos tristes. Cuando abrió los ojos, se encontró con un emoticon que tamborileaba los dedos sobre la nada y la miraba feo.
—Ho-Hola… —tartamudeo el saludo mientras sonreía como tonta.
—¿Puedo llamarte Cassy o Cass? —NAVEL36 estaba allí, como si nada hubiese pasado o al menos así lo parecía.
—Cass, todos me llaman así. ¿Cómo estás? —Hasta ahí todo iba bien.
—¡¡Furioso contigo!! ¡¿Cómo me dices eso y luego me dejas hablando solo?! ¡Además, me tienes con el corazón en la boca! ¿¡Qué rayos fue lo que le pasó a tu pie?!
—¿Furioso? ¿Mi pie?, ¿cómo sabes lo de mi pie? ¡¡Y NO ME GRITES!! —La diseñadora olvidó su rabia con NAVEL36 turbada por su actitud de papá molesto.
—No te grito, pero te vi en sueños, estuviste en mis sueños como siempre. ¿Cass, qué le pasó a tu pie?
Las pestañas le dieron botes cuando leyó la declaración de preocupación del “Ombligo Reaparecido”. Después de todo y nada, la tormenta parecía menor a lo que ella había esperado. —Se infectó una de las suturas y estoy casi inválida. Me duele mucho y… olvídalo, ¿Por qué estás furioso conmigo?
—¿Y te atreves a preguntarlo? estoy furioso porque no crees en mí… me gritaste muchas cosas, luego desapareciste y ahora… ¿Cómo que casi inválida?
—No puedo pisar, tengo el tobillo muy adolorido y permanezco en la casa en una silla de ruedas, por orden del médico… así de inválida. —No se trataba de inspirar lástima, pero un poquito no le hacía mal a nadie.
—Lo siento…, siento mucho lo de tu pie ¿Qué tengo que hacer para que creas en mí?
Cass parpadeó una centena de veces antes de concentrarse en mandar al demonio a NAVEL36. —Nada, ya supe que hablas ruso, que me mentiste sobre lo que decía la canción y varias cosas más que me hacen odiarte.
—¡¡¿ODIARME?!! ¡¡¿RUSO?!! ¡¡¿DE DÓNDE SACASTE ESO?!! —Si Cass estuviera frente a NAVEL36 no habría cerrado los ojos de la forma que los cerró cuando leyó el griterío que el “Ombligo Frenético” desperdigo en la ventanita del chat.
—La canción está en ruso, una amiga me lo dijo y me dio los links para ver a todos los que la han cantado, tengo también la traducción, sólo me falta el nombre del compositor, o sea tu nombre, sólo eso. —Fue honesta, asertiva y un poquito cruel, él se lo merecía.
—Ehhh, pues yo no estaría tan orgulloso de ello. Yo no hablo ruso. —NAVEL36 agregó un emoticon que se hacía el inocente.
Y Cass chilló en rojo furioso. —¡¡NO TE ATREVAS A MENTIRME!!
—Cálmate. Es verdad, no hablo ese idioma. Escribí esa odiosa canción hace mucho tiempo, alguien la vio, le gustó y la grabó en ruso. Muchos otros la grabaron… eso es todo, te juro que no hablo ruso. —El Ombligo Compositor se atarantó para escribir su descargo.
—No te atrevas a hacer esto. ¿Por qué me dijiste que la canción no decía nada que tuviera que ver con mi situación de ese momento?
—Porque cualquier cosa que te lleve a saber quién soy me aterra. Créeme o no, pero es así. No quiero que sepas quién soy porque no quiero que me juzgues como lo hacen todos a mí alrededor.
—No necesito imitar a los que te rodean, te puedo juzgar por como has sido conmigo… ¡¡Y ERES ODIOSO!! —Cass jadeaba y le gritaba al computador lo mismo que estaba escribiendo. La enfermera a su lado optó por tomarle la presión y hacerle un pequeño masaje en el cuello para que se calmara.
—¿Qué quieres de mí? —Había un tinte de zozobra en las palabras de NAVEL36 que ella no fue capaz de notar.
Cass se demoró en responder, entre otras cosas porque el Hada Madrina de la Cenicienta le tenía atrapado el brazo con la maquinita de la presión no dejándola apretar las teclas y porque así aprovechaba de pensar bien en lo que iba a decirle a ese “Ombligo Detestable”.
—Nada, lo que quiero no pretendes dármelo. Fue interesante conocerte, pero no puedo seguir charlando contigo y soportando tu rara forma de relacionarte. Estoy pasándola muy mal y lo que menos necesito es este juego macabro que te has empeñado en crear a mí alrededor. Los sueños han sido muy esclarecedores, no sé como lo hiciste, pero por favor, no lo hagas más.
—OJOSOSCUROS, no lo hago a propósito, siempre me han juzgado y no quería que tú lo hicieras. Los sueños no los manejo yo, ¿cómo podría hacer algo así?
La enfermera escuchó lo que NAVEL36 había escrito cuando Cass se lo leyó aguantándose las lágrimas. Le hizo una seña para que escribiera lo que ella le decía y la diseñadora aceptó porque lo único que ella quería era ahorcar a ese odioso NAVEL36.
—¿Quién eres?
—Un compositor. —El “Ombligo Suspicaz” era más duro que la roca al momento de revelar su identidad.
—¿De dónde…? —Cass era tan persistente como el océano si de respuestas se trataba.
—De un lugar donde hablamos un idioma ininteligible.
—Olvídalo, no estoy para acertijos, me duele el pie y me cansé de jugar al gato y al ratón. —La enfermera le dio pañuelos desechables porque la diseñadora estaba pronta al naufragio en sus propias lágrimas.
—Lo siento… pero no me hagas preguntas así de directas, te lo suplico.
Cass se demoró en contestar, a cada segundo las ganas de cortar con todo se le hacían inmensas. —¿Qué quieres de mí?
—Tu amistad, sin preguntas personales, tu lealtad y a ti. —NAVEL36 agregó un emoticon de lo más exasperante, una pelotita con ojos risueños que abrazaba a otra por la espalda.
—A mi no me puedes tener. Disfrutar de mi amistad sin preguntas personales, es imposible; no sé como ser amiga de alguien en quién no confío ni que confía en mí. Y respecto a mi lealtad, para tener algo así debes cruzar muchos muros y tú ni siquiera tienes invitación para esa competencia. —De pronto la diseñadora dejó de llorar, los suspiros le llenaron la boca y la enfermera le sirvió un té caliente que ella fue bebiendo en pequeños sorbitos.
—Si hay algo de ti que me fascina es la forma como usas las palabras, el adorable modo que tienes de bajarme de mi nube y mostrarme qué tan duro es el suelo.
Si bien NAVEL36 parecía relajado y feliz de volver a conectarse con Cass, ella estaba furiosa y pensaba seriamente nunca más hablar con ese “Ombligo Engreído”.
—Si te gusta me parece bien, si no, pues vete al infierno, si es que crees en él.
—Creo en ti, eso es lo más importante. Y te lo voy a demostrar, voy a ir a tu país.
—Que te aproveche, trae bufanda porque hace frío.
—No es cierto, están en verano. Si voy a tu país, ¿compartirías una taza de chocolate conmigo y me darías tu amistad?
—No tienes idea de en qué país vivo, así que no vendrás… Además, si llegaras a hacerlo, no serviría de nada, no sé como eres, ni como luces, ni como te llamas, no sé que idioma hablas, ni de qué color es tu barba…
—Cass, dame el beneficio de la duda, sé donde vives. Voy a ir y cuando esté allá voy a llamar a tu teléfono, vas a gritar y me vas a contestar en un inglés que me va a costar entender y nos vamos a tomar una taza de chocolate caliente.
—No sabes en qué lugar vivo.
—Buenos Aires.
—No, lo siento señor Ombligo Odioso, te equivocaste un poquito.
—Montevideo.
—No…
—¿Brasilia, Lima, Quito, La Paz, Asunción…?
—¡Esto no es un juego!
—Lo siento pero se me acabaron las capitales australes.
—¡¡¿…?!!
—¿Queda alguna? Cass, en serio… no se me ocurre otro lugar en el que puedas vivir.
—¿Sabes qué…? estoy cansada, si no eres bueno en geografía busca en la red, hay mapas de excelente resolución y déjame en paz. Me cansé de ser tu entretención. Hasta Nunca.
—¡¡OJOSOSCUROS!! ¡¡No…!! ¡No te vayas por favor!
Cass no contestó, mantuvo en silencio su parte de la ventanita de chat y esperó.
—OJOSOSCUROS, voy a ir a Buenos Aires en menos de un mes, si no vives allí, dime dónde, por favor y me reuniré contigo.
—No…, si no eres capaz de decirme tu nombre por el chat ¿cómo pretendes que confíe en que vendrás a reunirte conmigo?
—Mi nombre significa Ombligo de Fuego en mi idioma.
—Mentira.
—Es verdad… yo escribo canciones y a veces las canto. Tengo treinta y seis años y un perro. He soñado cosas maravillosas en concordancia contigo, de eso estoy seguro. También he soñado como eres, he visto tus ojos, tus lágrimas y tus sonrisas. Cass cree en mí, por favor.
—¿Ombligo de Fuego? ¿Qué idioma es ese…? Nah, estás jugando conmigo.
—Es verdad.
—Y como se dice tu nombre en el idioma normal, porque no creo que te llamen Ombligo o Navel por la vida.
—No te lo voy a decir hasta que me prometas que compartirás un chocolate caliente conmigo y me digas dónde vives.
—En mi departamento.
—Cass, por favor.
—No te creo, haz usado demasiadas mentiras para ocultarte y ahora decides venir así sin más… No, copé mi cuota de creerle a los hombres y a los Ombligos Virtuales.
—Me oculto porque me malinterpretan en cada cosa que hago o digo, no me dejan en paz y no quiero que eso te envuelva.
—Hablas como si fueran un tipo famoso al que los paparazzis no lo dejan tranquilo. —Cass apretó enviar y se ahogó en un ataque de tos, aquello sonaba demasiado lógico como para ser irreal.
No hubo respuesta de NAVEL36 y a la diseñadora el susto se le convirtió en una clavada en el tobillo que la hizo tambalearse en la silla.
—Por favor dime que es una broma.
—Es una broma.
A Cass le quedó la duda anclada en un dolor agudo en el pie, pero decidió que era mejor seguir el juego del “Ombligo Más Raro del Mundo” y no entrar en detalles.
—Estoy cansada, me duele el tobillo y no sé como seguir esta charla.
—No te vayas por favor, esta tarde es difícil para mí, te necesito cerca.
—¿No te importa mi cansancio y mi tobillo?
—Sí, pero… tienes razón. Que descanses.
—Tú también, adiós.
Cass jamás se despedía de esa forma, para ella decir “adiós” era algo demasiado tajante, algo para siempre y era eso lo que sentía respecto a NAVEL36, sentía que lo había dejado ir para siempre.
La enfermera le dio una mirada de Hada Madrina y le tomó las manos. —¿Se da cuenta que se enamoró de una quimera?
—Mi abuela siempre dice que un clavo saca a otro.
—Clavito que se fue a buscar. Olvídese de este caballero, mire que es bien raro. Capaz que ni sea de verdad.
—Ese es el problema, es más real que cualquiera que me rodea, pero no puedo tocarlo.
—¿Entonces, para qué quiere un hombre que no puede tocar? Si esa es una de las gracias que tienen.
La diseñadora no pudo sonreír, trató con toda su pasión y su entusiasmo, pero en lugar de una bella sonrisa se le aguaron los ojos y se deshizo en lágrimas.

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Cass se encontró de pronto de pie en la entrada a un castillo de piedra, era oscuro, frío y enorme. Su vestido rozaba el suelo y estaba descalza, el cabello le caía por la espalda en total desorden y tenía las manos frías.
Entró buscando algo o alguien, no lo tenía claro, tampoco quería saberlo, sólo quería caminar, avanzar y dejar tras de ella el dolor que le consumía el corazón.
Sus pasos leves no hicieron mella en el silencio sepulcral que invadía ese lugar con aroma a sacrosanto.
A medida que se internaba en las fauces de ese gigante de piedra, el miedo se le iba trocando en pena. Sus pies apenas tocaban el suelo y de ser posible habría creído que volaba.
Cruzó una puerta en forma de arcada y se encontró en un salón de dimensiones formidables absolutamente vacío, salvo por la silueta de alguien que sentado en el suelo, era iluminado por la luz argentina que entraba por la única ventana del sitio.
Cass convirtió su miedo en esperanza y avanzó hasta aquel que parecía una marioneta de hilos cortados, el cabello oscuro le caía sobre la cara y miraba sus manos que descasaban sobre sus muslos como cuervos heridos de muerte.
Unos pasos antes de llegar la soñadora se detuvo, extendió su mano y lo llamó. —¿NAVEL?
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Decir que despertó aterrada era poco, estaba horrorizada. La esfera del reloj apenas llevaba medio camino hacia la medianoche y la luna se metía a hurtadillas en su habitación de reciente soltera.
Se bebió el agua de su vaso de noche con la certeza de que ese había sido el peor sueño de toda su vida. A pesar de que no quería, el cansancio convenció a sus parpados y se durmió aferrando la almohada y rogando por no soñar nada con nadie.
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El viento le desordenó el cabello, sus ropas se agitaron danzando al son de esa tibia caricia alada y se sintió bien.
Ya no tenía miedo, ni frío ni dolor, sólo unas manos alrededor de su cintura que le acariciaban el vientre. Cass cerró los ojos y apoyó la espalda contra el cuerpo que allí le esperaba.
—Dime que crees en mí, que me perdonas y que me esperaras.
—Necesito una prueba de que eres real.
—Todas las que quieras.
Cass sintió los besos suaves en su cuello y se dejó llevar por esas caricias que mimaban su cuerpo y arrullaban a su alma. Las manos eran las de Phillippe, él tenía esa forma de desdibujarla cuando la acariciaba. Los besos le pertenecían al Templario, sólo él le entregaba tanto con algo tan pequeño. La piel era sin duda la del joven caballero, nadie más podía enervarla y seducirla con el leve roce de sus cuerpos, pero Cass jamás abrió los ojos para comprobar que fuera él quien la poseía de aquella manera. No fue capaz de mirar a su onírico amante, prefirió que sus otros sentidos la guiaran y le contaran esa historia de amor con final desconocido.
—Espérame, tus deseos se volverán realidad…, espérame. —Fue lo que oyó cuando la consciencia del día a día se hizo dueña de su ser.
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Su tobillo estaba sano, su pie no le dolía, su corazón latía de forma perfecta, la enfermera la esperaba con un desayuno digno de la Bella Durmientes y aún así, había algo que no encajaba y no la dejaba sonreír como quería.
A media mañana el “Homo Solitarius” hizo acto de presencia y la invitó a almorzar, como Cass no podía caminar, se ofreció a comprar comida y llevarla al departamento para hacer todo más fácil, pero ella decidió que era mejor ir al restaurante. Estaba harta de ese claustro y necesitaba recordar lo que era el aire libre.
El “Homo Sorprendidus” fue solícito con ella toda la tarde, la mimó como hacía años no lo hacía, se comportó como antes, como cuando recién se conocieron.
Cass sonrió de corazón y participó del galanteo que él desplegó cual pavo real. Y cuando la fue a dejar al departamento aceptó el suave beso en los labios que le brindó, aunque cuando el “Homo Astutus” iba por más, ella se retiró con elegancia y le agradeció su amistad desinteresada.

Los días empezaron a amontonarse alrededor de su licencia por invalidez y el trabajo se convirtió en un buen refugio para su soledad autoimpuesta. La enfermera fue su aliada y cómplice cuando de lágrimas se trató y el chat fue un páramo que visitaba tres veces al día para verificar que el “Ombligo Virtual” no era más que una quimera, una burbuja de jabón que se había reventado después de su última conversación.
El “Homo Solitarius” la llamaba todos los días y la invitaba a todo lo que podía interesarle, desde conciertos hasta obras de teatro. Cass accedía a veces, le parecía increíble como ese “Homo” había transitado de “Homo Aburridus” a “Homo Entusiastus” sólo por el hecho de querer reconquistarla.
Si bien sus días eran de rutinaria tranquilidad, las noches eran fuego líquido. Sus encuentros con Phillippe sobrepasaban cualquier cosa que pudiera imaginar en la vigilia. La pasión los desbordaba, en el amor sensual era la máxima expresión de sí mismos y se amaban sin decir palabras. Cass no lo permitía, no dejaba que él hablara, ni para pedir perdón, ni para prometerle nada, sólo se relacionaban con el efímero contacto de noches ígneas y cuerpos hambrientos por el otro.
Y su pie mejoró, la enfermera pasó a ser su amiga y confidente y el “Homo Mutadus” empezó a visitarla una vez al día, con cualquier excusa, desde acompañarla del trabajo a la casa hasta ir juntos al cine o al teatro.
NAVEL36 no apareció en su chat durante veinte días y Cass tuvo que aceptar que había sido la ilusión más bella de su vida. Aquella quimera con nombre de “Ombligo Romántico” se le había escurrido entre los dedos sólo por pedir demasiadas verdades.
A principios de febrero el sol derretía todo lo que se asomaba a un centímetro del suelo, la abulia era su guía espiritual, la soledad su amante exigente y la nostalgia su acompañante sempiterna.

Cass estaba en la cama aburrida, triste y extrañando como nunca a NAVEL36, así que se dio gusto fantaseando sobre él, total no dañaba a nadie y eso le sosegaba el alma por un rato.
Quería imaginarlo viviendo en un lugar excéntrico, algo como un vagón de tren o un ático lleno de plantas, pero la imagen de un enorme departamento con muchos ventanales no la dejó ni por un segundo. Cuando quiso suponer el largo de su blanca barba se le apareció una cara con barba muy oscura de pocos días y cuando buscó sus ojos, le surgió la mirada de Phillippe y decidió que ya era mucho.
Se levantó y visitó el chat sólo para rehogarse en patetismo, pero esa mañana el destino tenía preparada una tormenta de magia que se derramó sobre ella sin previo aviso envolviéndola en un tornado precioso.
Había un mensaje de NAVEL36, escueto, intenso y seductor, tal como era él.
—Cass, te extraño, te hice una promesa y voy a cumplirla. Iré a tu país en una semana, sólo por unas horas. Nos vemos… NAVEL36.
La diseñadora tuvo que usar dos traductores para convencerse que el “Ombligo Extraño” volvía a las andadas enarbolando aquellas palabras. Tragó grueso y tecleó su propia versión de extravagancia. —No sabes dónde vivo, no sabes cómo luzco, no me mientas más y en un viaje a lo digno, háblame de ti con la verdad, si no lo haces, no te molestes en hablarme y menos en visitarme.
Pasaron tres días de silencio virtual, pero tres noches tan ardientes que Cass pensó que una mañana despertaría convertida en un montoncito de cenizas gracias a los encuentros furtivos con Phillippe. El Templario era un volcán y sacaba de ella tal calor que se sentía plena, a pesar de que esos encuentros eran sólo en sueños.
El cuarto día empezó raro, esa noche no soñó con Phillippe ni con nadie. Cuando se bajó de la cama, sintió un clic en el pie que le recordó el dolorcillo que la había torturado. Se le quemó el pan en la tostadora, derramó el jugo de naranjas, se le quebró una uña, se atrasó y para terminar un día pésimo, le adelantaron las vacaciones en su trabajo sin previo aviso ni posibilidades de negociar.
Cass no lo podía creer, todo lo que podía salir mal empeoraba. Era casi el mediodía cuando el “Homo Mutadus” la llamó para contarle que debía salir de la ciudad en un viaje de negocios relámpago y le pidió que se encargara de las plantas, los peces y de cuidar el departamento. No alcanzó a protestar cuando él le agradeció y cortó la comunicación. Poco le faltó para lanzar el teléfono por la ventana, el “Homo Abusadorus” jamás cambiaría.
Visitó el chat y su correo sólo para tener una razón por la que despotricar contra el universo y el encargado de turno, pero se encontró la gran sorpresa de su vida. Había otro mensaje de NAVEL36.
—Cass, cree en mí. La segunda semana de febrero el grupo con el que trabajo dará una entrevista en la televisión. Sólo estaremos unas horas en tu ciudad, ven a mí y compartamos ese chocolate caliente que tanto nos merecemos. NAVEL36.
La diseñadora no se sorprendió como se suponía que lo hiciera, al contrario, un sentimiento nacido de la frustración, la rabia y el desengaño tomó asiento en su corazón y le ordenó a sus manos que digitaran un réquiem para ese “Ombligo Mutante del Espacio Exterior”.
—Termina con eso, no sabes dónde vivo así que no puedes decir que vendrás. Y aunque lo hagas, no te conozco como para arriesgarme a acercarme a ti ni a un kilómetro. Las oportunidades que tenías de ser honesto las derrochaste. Ya aprendí a vivir sin ti, no necesito que juegues a enviarme ilusiones, ya no creo en ti.
Y como el universo tenía otros planes para la diseñadora y el “Ombligo Compositor”, en cuanto Cass mandó su mensaje, NAVEL36 apareció en el chat con la carita que saltaba como rana drogada.
—Hola, poetisa mal hablada. ¿Cómo estás?
Cass no contestó, se mordía la rabia y las ganas de soltarle en su mejor español de bajo fondo un par de verdades a ese “Ombligo Exasperante”, pero a la vez un calorcito conocido iba creciendo en su corazón, lo había extrañado demasiado y una parte muy pequeña de su alma estaba feliz de volver a verlo.
—Sé que estás ahí, vamos Cass, habla conmigo, prometo muchas verdades sólo para tus ojos oscuros.
Cass estaba que estrangulaba el teclado, pero la vocecita majadera que llevaba mucho tiempo en silencio, salió en defensa de NAVEL36 como la mejor leguleyo del planeta.
—Te odio.
—No es cierto. Sé que he sido detestable contigo, dame la oportunidad de resarcirme.
—No me hagas esto.
—Princesa, no pretendo hacerte daño… Cree en mí, por favor. Voy a tu ciudad por tres horas, voy a un programa en vivo. Una pequeña entrevista y algunas canciones. Nos vemos en la estación de televisión estatal.
—¿Ya descubriste en qué ciudad vivo?
—Sí, pero concédeme el hecho de que es un lugar muy angosto para poner un país.
—¡¡…!!
—Lo siento… fue una broma de mal gusto.
—¿Por qué tantas mentiras y tantos silencios? ¿Qué te hizo cambiar de opinión como para que ahora me permitas conocerte? ¿Por qué ahora confías en mí y antes no?
Cass se había desligado de cualquier sentimiento que NAVEL36 pudiera inspirarle, los había guardado en el bolsillito más pequeño de su corazón. No podía permitirse sentir nada por una burbuja de jabón tan efímera como un parpadeo.
—Porque además de que nuestros sueños han sido tan ardientes que estoy seguro que un día de estos despertaré convertido en un montón de cenizas, te extraño demasiado, mi vida no es la misma desde que no están tus palabras para alegrarla.
Las mejillas de Cass estaban rojas como tomates exageradamente maduros y fue incapaz de contestar con palabras, apenas le envió un emoticon de un tipo que negaba con cara de desesperación.
—Al principio no confiaba en ti, no porque fueras tú, si no porque muchos en los que confié me han traicionado y han vendido partes importantes de mi intimidad a los medios y la he pasado muy mal. Luego empezaron los sueños y te me hiciste imprescindible. Confía en mí, te lo pido desde lo más honesto que poseo.
—Pides demasiado y das nada. Lo siento… que tengas una buena vida.
—¡¡Cass!! Estoy siendo honesto. ¿Qué más quieres de mí?
—¿Honesto? ¡¡HONESTO!! Ni siquiera me dices tu nombre, ni que maldito idioma hablas, ni quién demonios eres y te impones el título de Señor Honestidad… ¡¡MIS PANTUFLAS!!
—Ah, eso… es que quiero darte una sorpresa.
—Ni siquiera eres bueno mintiendo. Te avergüenzas de quien eres o… Oh, no confías en mí, crees que voy a contarle al mundo que vienes y que voy a sacar provecho de ello.
—Cass, es que… entiéndeme, me han traicionado y aún…
La diseñadora se descolgó del chat sin agregar nada más, no había palabras en ningún idioma que ella conociera para contestar algo así. No podía jugar el juego de NAVEL36, ella no caminaría la senda retorcida que él le trazaba. Cerró los ojos para aguantarse las ganas de gritar, suspiró profundo y volvió al trabajo sin dispensarle ni un pensamiento al “Ombligo Más Desconfiado del Mundo”.
No visitó el chat durante toda la tarde, se anestesió trabajando, oyó música clásica hasta que sus tímpanos parecían borrachos y no se permitió sentir nada.
En la noche, luego de atender el pedido del “Homo Viajerus” y cuidar de los peces, las plantas y recordar sin nostalgia, cómo era vivir en ese enorme departamento. Llegó a su refugio y a regañadientes entró al sitio de la estación de televisión, sólo para dejar callada a la vocecita majadera que oficiaba de abogada de NAVEL36. Buscó y rebuscó y no encontró nada sobre ningún grupo o solista o cantautor extranjero que visitara el estudio en esos días. Otra mentira de NAVEL36 y Cass se fue a la cama auto-denominándose la estúpida más grande del mundo por creer en quimeras.
La noche la encontró agotada, su cuerpo, su mente y su espíritu pedían a gritos descanso. Habían sido tres meses tan arduos que ya no podía más, se había separado de su pareja por diez años, había construido un refugio para ella y su soltería, había conocido a un tipo muy extraño en la red, había tenido un tonto accidente que le había dejado dos cicatrices en el pie y se había enamorado en sueños de un caballero Templario.
Su vida nunca había sido tan intensa y jamás se había sentido tan cansada. Cerró los ojos y se entregó al sueño, pero justo un segundo antes de dormirse tuvo un pensamiento para NAVEL36/Phillippe.
—Que tu vida sea perfecta y si es posible, vamos a amarnos en sueños, porque es el único lugar donde tendrás algo de mí.
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Cass estaba en un bosque, la mañana apenas empezaba y la vida fluía por todo su cuerpo como un manantial que jamás se acabaría.
Estaba vestida con ropas de hombre, las mismas con las que huyera del monasterio Templario, las que le había regalado Phillippe, su cabello caía suelto y los tirabuzones iban adornados con flores blancas.
Las hojas secas crujían al leve contacto de sus pies de niña a punto de ser mujer y el aroma de la floresta lo inundaba todo.
A su lado llegó Phillippe pero esta vez no llevaba las ropas de Templario, en su lugar vestía jeans y una camisa abierta hasta la mitad del pecho. Apenas alcanzó a enfrentarlo cuando él empezó a cambiar, sus cabellos rubios se volvieron oscuros como una noche de tormenta y su piel blanca como la leche se hizo del color de las avellanas, Cass gritó y le dio la espalda pero él no la dejó huir.
—Conóceme, déjame mostrarme cómo soy. —Le tomó la barbilla con cuidado y levantó su rostro para enfrentar sus ojos.
Cass seguía con los ojos cerrados y él depositó un beso en cada uno de sus parpados, tan etéreos como el aleteo de una mariposa.
—No quiero, no puedes obligarme. —Sentir esos besos fue peor que una tortura, era tan delicioso el contacto que sus piernas apenas la sostenían.
—No te obligo, te suplico que me mires, ya es tiempo de que nos conozcamos.
Sus ojos desobedecieron la orden de quedarse cerrados y se clavaron en las pupilas de Phillippe o de NAVEL36, perdiéndose en el verde de un bosque joven que resplandecía en ellas.
“•”•“•”•“•”•“•”
Hizo sus maletas en un silencio que daba susto, visitó el departamento del “Homo Viajerus” y dejó todo preparado como para que los peces no se murieran de hambre y las plantas no se disecaran. Le escribió una nota al “Homo Explotadorus” en la que le sugería que no contara tanto con ella, porque tenía una vida que vivir y a eso se dedicaría de ahora en adelante.
Abordó un bus con destino a la playa y se asiló en una cabaña con todas las comodidades que se le antojaron, desde chimenea hasta TV cable.
Los primeros dos días de sus solitarias vacaciones los dedicó a vagabundear por los bosques cercanos y a no pensar en nada específico. Simplemente divagaba sobre cómo quería que siguiera su vida. Analizaba, conjeturaba, imaginaba y alucinaba, pero nunca en esos dos días se permitió ni un mísero pensamiento para NAVEL36. El “Ombligo Desconfiado” la había herido tan profundo que no podía pensar en él sin sentir que se desangraba por dentro.
El tercer día recibió una llamada del “Homo Viajerus” pidiéndole que se conectara al chat porque quería decirle algo muy importante. Cass se rehusó lo más que pudo pero los ruegos fueron tan dramáticos que aceptó y buscó el menos expuesto de los ciber cafés para conectarse con su ex pareja.
De casualidad no tan casual, entró al correo que había hecho especialmente para NAVEL36 con toda la intención de borrarlo y se topó con un mensaje de esos que erizan la piel y perturban el alma.
—Cass no desaparezcas de mi vida, en cuatro días voy a estar en tu ciudad, juntémonos en la estación de televisión estatal. Tus datos están allá, ellos te dejaran entrar. Por favor, cree en mí.
Aquel mensaje sobrepasaba los límites de broma macabra y se encumbraba directamente en las cimas de crueldad absoluta. Cass iba a ignorarlo como se lo había planteado, pero la vocecita majadera se había convertido en el Jurado de la Corte de Apelaciones pro NAVEL36, la convenció de revisar el sitio web del canal de televisión.
La diseñadora lo hizo muy a su pesar y una vez más no encontró seña alguna que pudiera relacionarse con el “Ombligo Compositor”. Se regañó por idiota y confiada, se conectó con el “Homo Virtualus” y casi se muere cuando él le pidió matrimonio con anillo y rodilla en el piso a través de la cámara web. Estaba en París y con la Torre Eiffel de cómplice y madrina de bodas, le pedía que fuera su esposa para el resto de su vida.
Cass no sabía cómo mandarlo al demonio, jadeó, se afirmó de un sentimiento que no sabía que tenía y le dijo que muchas gracias por el ofrecimiento pero que a él sólo lo quería como amigo. Que no pensaba volver a unir su vida a un tipo que al mes se volviera aburrido, trabajólico y un energúmeno si no consumía colesterol a raudales.
El “Homo Despreciadus” le contestó que había cambiado, que ahora era casi vegetariano, que entendía sus aprensiones y que al volver al país le demostraría que era su hombre ideal.
Cass estuvo a punto de gritarle que su hombre ideal era un Templario que en sueños la hacía muy feliz pero se aguantó las ganas para que no la tildara de loca esquizofrénica. En cambio, le sonrío, aceptó encontrarse con él cuando ella volviera de sus vacaciones y se fue a la cabaña maldiciendo a la mala estrella que la iluminaba con los hombres.
Los siguientes tres días el tiempo en la playa hizo uno de sus típicos virajes al frío y la lluvia se descolgó con violencia sobre la cabaña de Cass. Cada gota de agua trajo un montón de nostalgia, melancolía y pena que se le amelcocharon en el corazón para tenerla al borde de las lágrimas y al filo de la zozobra.
El cuarto día el sol más tímido que Cass hubiera visto en pleno verano, se asomó entre las nubes y entibió todo lo que besó, excepto su corazón.
A las doce del día, ella, un tazón mega gigante de leche con chocolate, algunas galletas y su pijama favorito se sentaron a ver televisión y dejar que sus neuronas descansaran. Ya había pensado demasiado, era tiempo de descansar y olvidar. Lo que duró exactamente doce segundos, porque en cuanto encendió el televisor empezó a sonar la canción incomprensible y el mundo se volvió un carrusel de locos con ella en medio.
Apareció un comercial que anunciaba un programa especial para los enamorados, en la segunda señal del mismo canal. Anunciando con bombos y platillos a un cantante del más puro romanticismo que venía por primera vez al país. El programa empezaba en algunos minutos y Cass quería morirse ahí mismo. Voló al baño, se dio la ducha más corta y exhaustiva de su vida y se plantó frente al televisor mientras se vestía para la ocasión.
Justo cuando terminó de engalanarse, agarró el tazón para beber algo de leche y pasar la angustia, y los primeros acordes de la dichosa cancioncita empezaron a salir del aparato de televisión. La leche decoró el piso, las galletas volaron por los aires y la respiración le colapsó en el pecho porque la conductora anunció al cantante y su grupo.
Junto a la música las lágrimas empezaron a manar, después de todo, NAVEL36 le había dicho la verdad, de un modo retorcido pero verdad al fin y al cabo.
Y la realidad se desnudó frente a sus mojados ojos al aparecer en la pantalla el cantante, exactamente igual a como lo había visto en su último sueño. La emoción la estranguló cuando le hicieron un close up a la cara, allí estaba el dueño de esos ojos imposibles, NAVEL36, cantando para ella, en perfecto inglés, la canción incomprensible.
Cass buscó el número del canal y llamó bordeando la desesperación, se identificó y la dejaron esperando con la sensación de estar a punto de sucumbir a sus propios sentimientos. Al mismo tiempo NAVEL36 terminaba la canción y le guiñaba un ojo a la cámara y la diseñadora estaba segura que ese guiño le pertenecía sólo a ella.
Mientras hacía malabares con sus pestañas anegadas para seguir observándolo, él anunció que presentaría un estreno que sólo su grupo conocía, una canción nueva y especial. Cass sintió que el día era muy claro y podía ver los confines de la eternidad, porque la voz desnuda de NAVEL36 fue susurrando las palabras que ella alguna vez le dijera al amparo de los preciosos acordes de una guitarra y algo parecido a una flauta.
Aún no podía creerlo, el “Ombligo Compositor” existía, era una persona de carne y hueso y estaba en la capital, sólo había un pequeño detalle en contra, ella no estaba en esa ciudad.
Se dio cuenta que la vida era especialmente cruel con ella, todo lo que él le había contado sobre su intimidad y el acoso de los paparazzis justificaba la forma que se había ocultado. Le había mostrado sólo lo necesario para ir seduciéndola con lo más honesto que tenía, a sí mismo. Cass se arrepintió de todas las veces que le pidió que creyera en él y ella lo ignoró. En ese instante asumió con estoica dignidad el caudal de emociones y sentimientos que se le dispararon mientras escuchaba la canción.
Fue recordando todo lo que había pasado en esos meses entre ellos, tanto en el mundo virtual como en el onírico y aceptó, entre sollozos, que aún si nunca lo hubiera visto, ya estaba enamorada del dueño de los ojos más lindos del mundo.
El Hada Madrina de la Cenicienta tenía razón, su corazón tenía razón y ahí estaba ella deleitándose con lo que NAVEL36 era, con su voz y con sus ojos, con la forma como cantaba y como se movía, y sobre todo con el modo que tenía de sonreír, era Phillippe y era él, en pleno.
El programa fue interrumpido por comerciales y Cass se enfrentó por primera vez a la voz de NAVEL36 en un inglés sacado de libro de terror.
—¿Me crees ahora?
—Hola, yo… sí. Gusto en conocerte.
—¿Dónde estás?
—A tu lado…al menos mi corazón está allá, pero mi cuerpo está algo más lejos. Estoy en la playa, a dos horas de donde tú estás.
—Cass, no puedo esperarte, te lo dije, te supliqué que vinieras a mi… Nunca me creíste.
—¿Cómo querías que creyera en nada? No me dabas nada a qué aferrarme.
—No puedo esperarte, si no estás en dos horas en el aeropuerto no nos veremos.
—¿No puedes demorar el viaje?
—Ojos oscuros, de aquí vuelvo a Buenos Aires y de allí a Europa, me espera una gira de seis meses por el mundo. Lo siento, hice este viaje sólo para conocerte y llevarte conmigo para que finalmente creas en mí.
Cass tomó la decisión más drástica de su vida, ni siquiera cuando resolvió abandonar al “Homo Olvidadus” había sido tan radical como en ese instante. —Bien, nos vemos en el aeropuerto.
—No puedo retrasar el vuelo, si no estás en el aeropuerto en dos horas, voy a entender el mensaje y sólo nos cruzaremos a veces en el chat y en nuestros sueños.
—Voy a estar allí, como sea. Hay un par de cosas que quiero decirte personalmente. Ya veré si me subo al avión contigo, pero de que vamos a hablar cara a cara, vamos a hablar.
—Confío en ti, nos vemos y Cass…, espero que te haya gustado nuestra canción.
La diseñadora no alcanzó a contestarle porque lo llamaron a escena. Fue extraño dejar de hablar con él para verlo sentarse a responder el tropel de imbecilidades que la conductora del programa le fue soltando en un inglés patético.
Cass corría por la cabaña armando su maleta y organizando todo para salir volando a cancelar su estadía, agarrar el primer taxi que se le cruzó y ordenarle con tiránica certeza al conductor que la llevara volando al aeropuerto capitalino.
Tenía los segundos justos para llegar a su meta antes de que NAVEL36 desapareciera de su vida. Y al parecer el destino estaba de su lado porque no hubo demoras en la carretera, ni tacos ni accidentes. Los segundos se suicidaban en su reloj con la sincronía letal del tiempo justo y ella le rogaba al encargado de turno que le permitiera usar un poco de la magia de la que NAVEL36 tanto hablaba.
Llegó al cruce más cercano al aeropuerto con quince minutos exactos y ahí la magia desapareció porque el taxi pinchó un neumático y eso si que no estaba en sus planes. Pagó el importe del viaje y rogó por un milagro, pero no apareció nada en lo que pudiera transitar los escasos kilómetros que la separaban del dueño de los ojos más lindos del mundo y de su corazón.
Decidió que caminar era en ese momento la mejor alternativa y fue contando los segundos mientras imaginaba que el camino era más corto, que NAVEL36 retrasaba el vuelo y que alguien le regalaba un milagro, como un taxi salido de la nada. Y así fue, apareció la versión tercermundista de una limosina para la Cenicienta y Cass le suplicó que la llevara al aeropuerto en seis exactos minutos.
Llegó en ocho minutos y entró corriendo casi al borde del colapso. No supo cómo llegó a vuelos internacionales y casi se murió cuando se enteró que ya todos habían abordado y que el avión carreteaba por la pista.
El mundo se convirtió en un lugar horrendo y las ganas de llorar le colmaron las cuatro esquinas del corazón. NAVEL36 se había marchado y de seguro ni en sus sueños se encontrarían.
Le sonrió a la chica del mesón con la poca energía que le quedaba, se tragó las primeras lágrimas y orientó sus pasos al segundo piso del Terminal aéreo desde donde podría ver como el avión se llevaba al dueño de su amor.
La pista parecía pequeña desde su posición, el avión se le asemejó a un ave de rapiña que le arrancaba lo más precisado que poseía y que con la crueldad de los finales trágicos, se elevó en el instante exacto que una catarata de lágrimas vino a decorarle el rostro.
Vencida por las circunstancias apoyó las manos en el ventanal y susurró desde lo más profundo de su corazón un mensaje de despedida para el “Ombligo Amado”. —Que tengas una vida maravillosa, nos vemos en la siguiente.
Bajó por las escaleras mecánicas arrastrando su maleta y sus ganas de seguir participando en la vida.
Cuando sólo siete metros la separaban de las puertas de salida y del resto de su solitaria existencia, alguien la llamó desde atrás.
—Ojos Oscuros, estoy aquí, date la vuelta y mírame.

FIN
Marzo 2009

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